Confesión ardiente: Mi follada salvaje con el vecino joven en la playa belga

Ay, amiga, si supieras lo que me pasó este 15 de agosto en la Costa belga… El sol pegaba fuerte, la playa llena de gente, risas, el mar revuelto por los bañistas y windsurfistas. Yo acababa de cumplir 28, mi marido se fue una semana al curro y mi hijo de 15 a un campamento de buceo. Alquilamos una cabina en una playa privada, y yo sola, ¿sabes? Con mi piel de pelirroja llena de pecas, pelo castaño oscuro, curvas generosas pero no gorda, en mi bañador de una pieza granate.

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El vecino de la cabina de al lado era un chaval de 18, guapo, moreno, con ese aire de vacaciones. Sus padres no estaban mucho, él solo, como yo. Me pilló mirándolo mientras paseaba por la playa, espiando entre las piernas de las tías topless. Su bañador se hinchaba… mmm, qué vista. Yo, que adoro el sexo, el deseo que quema, ya me mojé un poco imaginándolo.

El sol abrasador y el primer contacto

Al día siguiente, temprano en la playa. Intentaba clavar los piquetes de la lona anti-viento sola, sudando, el olor a sal y crema solar en el aire. Él se acercó: “¿Necesitas ayuda?” Su voz joven, tímida. Sonreí, el corazón latiendo fuerte. “¡Sí, gracias! Soy Denise, pero llámame Dani.” Le ayudé a poner mi hamaca. Me quité la falda y el bolero, mi culo redondo apretado en el bañador. Vi cómo se le ponía dura la polla bajo el slip. Ay, qué olor a mar, a piel caliente…

“¿Quieres un Coca Lemon? Está fresquito”, le dije. Compartimos espacio bajo la lona, aislados. Me tumbé boca arriba, piernas un poco abiertas, sintiendo su mirada en mi entrepierna. Hablamos de todo: mi marido empresario de techos, calmado, poco fogoso en la cama. Yo 28 años, casada 10. Abría y cerraba las piernas, el roce del tejido húmedo contra mi coño. El sol calienta, sudamos, olor a aceite…

Me puse boca abajo, solté las tiras del bañador. “¿Me echas aceite?” Le tendí el bote. Se arrodilló, manos temblorosas en mi espalda, nuca… bajó al borde del bañador. Mi piel suave, caliente. Luego, “¿las piernas también?” “Oh, sí, por favor…” Abrí las piernas, sus dedos subiendo por pantorrillas, rodillas, muslos gorditos. Rozando el interior, tan sensible… Ronroneé, mmm, como una gata. Su polla dura tocaba mis muslos, el glande asomando, olor a excitación masculina, salado.

“¿Está bien así?” murmuró. “Sí… gracias…” No aguantaba más, mi coño chorreaba.

Por la tarde, “Voy a nadar”, dije. “¡Te acompaño!” Corrimos al agua, fresca, deliciosa. Olas golpeando, sal en la piel. Me cogió la mano, jugamos como críos. Me puse detrás suya, accidentalmente le agarré las nalgas. Él, osado, me manoseó los pechos bajo el agua. Pesados, firmes. Su mano rozó mi slip… prolongado. El agua fría, pero yo ardiendo.

Luego, juguetona, le toqué la polla dura. “Para… exagera”, le dije riendo, pero besé su mejilla, labios… dulce, húmedo.

De vuelta, mojados. “Me cambio, odio el bañador húmedo”, dije, entro en la cabina, puerta entreabierta. Él entra: “Yo también…” Estaba desnuda, tetas grandes blancas, areolas marrones grandes, pezones duros. Pubis con vello espeso rubio ceniza, olor a coño excitado, almizclado.

El éxtasis en la cabina: penetración y orgasmos

Sus ojos devorándome. Hice un paso, bajé su slip: polla gruesa, venosa, glande brillante. “Cierra la puerta”, susurré ronca.

Nuestros cuerpos chocaron, piel sudada, calor. Su mano en mi teta, suave, pesada. Yo agarré su polla, dura como piedra, palpitante. “Te vi… tu slip hinchado… me puso cachonda”, confesé pegada a él, lengua en su boca, chupando como si fuera su verga. Saliva goteando.

Mis manos en sus huevos, suaves. Él bajó a mi coño, tosa rizada, húmeda. Levanté la pierna en el baúl, dedos en mi clítoris hinchado. “Ahh… sí…” Gemí, cadera ondulando, jugos calientes bajando muslo. Olor fuerte, sexo puro.

“Fóllame…”, jadeé. Agarré su polla, la metí en mi coño ancho, profundo. Entró fácil, chapoteo húmedo. Besos salvajes, lenguas enredadas. Él embistiendo lento, manos en mis caderas carnosas, amasando culo. Yo moviendo pelvis, clítoris frotando.

Orgasmos míos uno tras otro, temblores, “¡Sí! ¡Joder!” Cambié: mano en baúl, tetas colgando, culo abierto. Él entró por detrás, polla golpeando fondo. Manos en tetas, espalda sudorosa. Ruido de carne, chapoteos, gemidos. “¡Córrete dentro!” Gritó casi.

Él explotó, chorros calientes llenándome, yo corriéndome fuerte, piernas temblando. Quedamos unidos, besos, caricias. “Nunca follé tan bien…”, susurró. “Yo tampoco, chaval.”

Nos vestimos, playa hasta las 19h, agotados. Antes de irnos, beso en cabina, manos errantes. “¿Cuándo más?” “Mañana en mi piso de la digue, mi suegra no está. Horas de placer…” Ay, qué ganas…

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