Estaba en el establo, mirando cómo mi lipizzano cojeaba. Estefanía, mi amiga de la infancia con la que cabalgo, me recomendó a un curandero. ‘Es el hombre perfecto’, me dijo con esa sonrisa pícara. Llegó sin decir mucho, me miró de reojo y fue directo al caballo. Me irritó al principio, no me gusta dejar a mi animal con extraños.
Pero cuando puso las manos sobre él… Ay, Dios. Esas manos. Anchas, fuertes pero no gruesas, dedos largos y rectos, con las yemas carnosas. Le di un ocho en nuestra escala erótica de manos, como le contamos siempre. Stéphanie… digo, Estefanía, sabe que me vuelven loca. Las movía con maestría: suave al principio, presionando fuerte después. Encontraba cada punto doloroso, calmando al caballo con esa seguridad. Me quedé hipnotizada. Imaginé esas manos en mí, palpando mis caderas, amasando mis nalgas… Uff, sentí un calor entre las piernas.
El encuentro con el curandero y sus manos hipnóticas
‘¿Ves aquí?’, me dijo con voz suave, profunda como un ronroneo. ‘Presiona así cada día’. Asentí, con la boca seca. Olía a cuero y tierra húmeda, mezclado con su sudor masculino. Terminado el masaje, me miró por fin. ‘Estará bien’. Me dejó temblando, deseando más.
Semanas después, el caballo tuvo cólicos y lo perdí. Me hundí. Sin ejercicio, mi cuerpo se resentía. Estefanía insistió en su fiesta ‘sabor en la oscuridad’. Inspirada en un programa de TV: comen a ciegas, sin saber quién es quién. Al final, votan si encienden luces o no.
Acepté, curiosa. ‘No te arrepentirás, te prometo un bombón’, dijo ella guiñando. Llegué, un amigo nos guio con gafas nocturnas a la mesa. Cuatro: Estefanía, dos hombres y yo. Tanteando cubiertos, reíamos. ‘Cuidado, no tires el vino’, bromeó mi vecino de derecha. Voz cálida, familiar…
Hors d’oeuvre delicioso, pero tensión en el aire. Hablamos de comida, luego Estefanía viró a lo personal. ‘¿Sabéis lo que nos excita? Las manos de hombres. Mi amiga se volvió loca con las de un curandero de caballos’. Describió lo que le conté: cómo me masturbé pensando en él. ‘Sus dedos… presionando, masajeando… Me corrí como nunca’, confesó ella. Los hombres callaron, excitados. Oí respiraciones pesadas.
Platos llegaban, nos tocábamos al buscar. Piel contra piel, accidental… pero no tanto. Mi vecino derecho: ‘Prueba esta fruta, huele a mujer en celo’. Me la acercó, rozando mi hombro, cuello… labios. Dulce, exótica, con su olor salado. ‘Mmm, ¿qué es?’, pregunté jadeando. ‘Secreto’, susurró.
La cena a oscuras y el clímax frustrado… hasta el establo
Estefanía propuso bailar esperando cafés. Me levantó él. Sus manos… ¡las reconocí! El curandero. Corazón latiendo fuerte. Sin sostén bajo mi vestido de verano, pezones duros. Rozó mi pecho ‘sin querer’. ‘Estás… libre’, murmuró. Fingí sorpresa, pero me abrí.
Bailamos pegados. Sus manos bajaron por mi espalda, ahuecando nalgas. ‘Qué suave’, gruñó. Olía su excitación, erección contra mi vientre. Yo gemí bajito: ‘Más… tócame más’. Dedos entre muslos, rozando mi humedad. ‘Estás empapada’, dijo. Lamí su cuello, salado. Se apoderó de mis tetas, chupando pezones con hambre. Dolor-placer. ‘¡Sí, así!’. Casi exploto.
Sus dedos entraron en mí, curvándose. ‘Joder, qué apretada’. Bombeaba lento, mi clítoris hinchado frotándose en su palma. Gemía: ‘No pares… por favor’. Él jadeaba: ‘Quiero follarte ya’. Estefanía gritó: ‘¡Luces!’. No quisimos. Ella separó, terminando la noche. Me dejó al borde, vulva palpitando.
Furiosa, salí. No bastaba masturbarme sola. Fui al picadero. Noche quieta. Caballo de Estefanía me olió. Lo bridé, sin silla. Me quité el tanga. ‘Vamos, guapo’. Trotamos, galope. Aire fresco, pelaje cálido contra mi coño desnudo.
En el bosque, paso lento. Su lomo presionaba mi raja a cada paso. Imaginé al curandero follándome. ‘¡Entra en mí!’. Froté duro, pezones rozando crin. Olor a sudor equino, mi jugo chorreando. ‘¡Ahhh!’. Orgasmo brutal: olas, temblores, grité al vacío. Colapsé en su cuello, sudada, satisfecha.
Volvimos. Mancha roja en su garrot: mi corrida, su sudor. Mañana, vientre nuevo. ¿Para un nuevo amor? Sonrío.