Desnuda ante el conserje: mi secreto caliente del confinamiento

Estaba en la ducha, el agua caliente resbalando por mi piel, jabón perfumado con vainilla llenando el baño. Suspiré, relajándome después de días eternos de encierro. Mi marido, Martín, había bajado al sótano a ordenar su caos. ‘Por fin sola’, pensé. De repente, ¡ring! La maldita soneta. ‘Seguro que Martín olvidó las llaves otra vez’, murmuré, molesta.

Salí empapada, gotas cayendo de mis pechos, entre mis piernas. Ni me sequé. Caminé desnuda por el pasillo, el suelo frío bajo mis pies húmedos. Abrí la puerta de golpe: ‘¡Otra vez las llaves, amor?’. Silencio. No era él. Era Bautista, el conserje nuevo, alto, musculoso, con ojos que siempre me devoraban en el ascensor. Llevaba un paquete. Sus ojos se abrieron como platos, bajando por mi cuerpo desnudo: tetas firmes, pezones duros por el agua fría, mi coño depilado reluciente.

La versión light que le conté a mi marido

—Ehh… un paquete para tu marido, señora…

Balbuceó, rojo como tomate, pero vi su polla endureciéndose bajo los pantalones. Olía a sudor masculino mezclado con colonia barata. Mi corazón latió fuerte, un cosquilleo en el estómago. En vez de cerrar, sonreí.

—¿Nunca has visto una mujer desnuda, Bautista?

Él tragó saliva, mirada fija en mis tetas.

—S-sí… pero usted… es… joder, está buenísima.

Me reí bajito, sintiendo el calor subir por mi vientre. El pasillo vacío, confinamiento total. ‘¿Por qué no?’, pensé. Le quité el paquete, girándome despacio. Mis nalgas redondas, húmedas, a centímetros de su cara. Escuché su respiración agitada, un gemido ahogado.

Me volví, apoyada en la puerta.

—Pasa, antes de que alguien vea.

Entró rápido, cerrando tras él. El aire se cargó de tensión sexual. Olía a mi jabón y a su excitación. Se quedó mirándome, polla tentadora bajo la tela.

—Solo un beso en cada teta, ¿vale?

Asintió, arrodillándose. Sus labios calientes rozaron la curva inferior de mi pecho izquierdo, succionando suave. Peso pesado sobre su boca. Gemí bajito, pezón endureciéndose. En el derecho, lamió el pezón, lengua juguetona, saliva tibia. ‘Mmm, qué bien lo hace’, pensé, piernas temblando.

Se levantó, ojos hambrientos.

—¿Puedo más? Tus nalgas… tu coño…

Dudé un segundo, pero el deseo ardía. Lo empujé al sofá del salón. Me senté a horcajadas sobre él, frotando mi coño húmedo contra su bulto duro. Olía a testosterona pura.

La verdad salvaje: besos, lamidas y más

—Quítate los pantalones.

Se los bajó rápido. Su polla saltó, gruesa, venosa, cabeza brillante de precúm. La agarré, piel suave y caliente, palpitando en mi mano. La masturbé lento, arriba-abajo, sintiendo cada vena. Él gruñó, manos en mis caderas.

—Joder, Capu… déjame lamerte.

Me puse de pie, abriendo piernas. Se lanzó, lengua en mi clítoris, chupando fuerte. ‘¡Ahh!’, grité suave. Sabor salado mío en su boca, ruidos de succión húmeda. Dedos dentro, curvados, tocando mi punto G. Jadeé, tetas rebotando, olor a sexo llenando la habitación.

No aguanté. Lo empujé boca arriba, montándolo. Su polla entró de golpe, llenándome. Estrecha, caliente, rozando paredes. Cabalgué salvaje, clac-clac de piel contra piel, sudor mezclándose. Él amasaba mis tetas, pellizcando pezones.

—Más rápido… ¡sí!

Gemí alto, orgasmo acercándose. Él empujó desde abajo, gruñendo. Eyaculó dentro, chorros calientes inundándome. Yo exploté, coño contrayéndose, jugos chorreando por sus bolas.

Jadeantes, nos separamos. Semen goteando de mí, olor intenso a corrida y coño.

—Vete ya, Martín sube.

Se vistió rápido, beso fugaz.

—Otra entrega pronto…

Se fue. Minutos después, Martín entró. Le conté la versión light: servilleta caída, risas. Él sonrió.

—¿Más paquetes?

Reí, secreto guardado, coño aún palpitando.

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