Ay, chicas, tengo 28 años, soy de España pero vivo en estas tierras locas de Canfre. Muy abierta al sexo, ¿sabéis? Adoro el deseo que quema, las sensaciones que te hacen temblar. Os cuento lo que me pasó anoche, como si estuviera susurrándooslo al oído. Fresco, crudo, real. Acabo de vivirlo.
Era mi noche de bodas con el caballero Des Dombes. Me había mimado bien. Sus manos en mi piel… su lengua lamiendo mis pezones duros, bajando por mi vientre. Llegó a mi monte de Venus, olía a mi excitación, salado y dulce. Me abrió las piernas, su boca en mi coño. Lamía despacio, chupaba mi clítoris… aaaah, casi exploto. Gemí bajito, mordiéndome el labio. Una hora así, sudada, jadeante.
El secreto de mi marido y mi huida al placer
Pero luego… se fue a la habitación de al lado. Oí voces. Curiosa, eh… entreabrí la puerta. ¡Madre mía! Mi marido desnudo, a cuatro patas en la cama. Su valet Martin detrás, follándoselo fuerte. El culo de mi esposo abierto, la polla gruesa entrando y saliendo. Slap slap… gemidos graves, “más profundo, joder”. Olor a sudor masculino, semen viejo. Me quedé paralizada, el corazón latiéndome en la garganta.
Cerré la puerta. Puse mi camisola. Corrí por el pasillo oscuro, pies fríos en la piedra. Nadie. Llegué a la habitación de Henri de La Tiémont. Entré sigilosa. Él dormía, pecho subiendo y bajando.
Lo besé suave en los labios. Se despertó, ojos brillantes. “Audrey… ¿qué?”
—Mi amor —susurré—, mi marido dice que busque un hijo. No dude en buscarlo… aquí.
Sonrió pícaro. “No te decepcionaré. Sé dónde cavar.” Se incorporó, su polla ya medio dura, vena palpitando.
Me quité la camisola. Desnuda total. Mi piel erizada, pezones tiesos por el aire fresco. Olía a mi coño mojado, listo. Me arrodillé entre sus piernas. Tomé su verga en la mano, caliente, pesada. Lamí la punta, sabor salado de precum. La metí en la boca, chupando hondo. Glup glup… saliva bajando. Él gruñó: “Joder, Audrey, qué boca… sigue, amor.”
Se puso como hierro. Me tumbé en la cama, piernas abiertas ancho, rodillas al pecho. Mi coño expuesto, labios hinchados, jugos brillando a la luz de la vela.
—Fóllame ya, Henri. Lléname de leche para mi marido.
Se colocó encima. La cabeza de su polla rozó mi entrada. Empujó de un golpe. ¡Aaaah! Me llenó hasta el fondo, estirándome delicioso. Dolor-placer. Empezó a bombear, fuerte, rítmico. Chap chap chap… mis tetas rebotando, slap contra su pecho. Sudor goteando, olor a sexo crudo. Gemí: “Sí… más hondo… me partes en dos.”
Me volteó. A cuatro patas. Agarró mis caderas, uñas clavándose. Me taladró salvaje. Sus bolas golpeaban mi clítoris, eléctrico. “Tu culo perfecto… tan apretado.” Arqueé la espalda, empujando contra él. Olor a nalgas sudadas, su aliento caliente en mi cuello.
Sacó, tomó una vela gruesa de la mesita. Tres dedos de diámetro. “Para empujar mi semen adentro.” La metí yo misma, fría al principio, luego caliente con mis jugos. Vaivén… él frotaba mi clítoris con dedos expertos. “Mira cómo te lubrica tu coño.” Explosé: piernas temblando, grito ahogado, chorros mojando las sábanas.
La follada épica que no olvidaré: posiciones, sensaciones y orgasmos
Volvimos al misionero. Él encima, besos húmedos, lenguas enredadas. Sabor a mi coño en su boca. Bombeó lento, profundo. Suspiré: “Otra vez… dame más leche.” Se corrió gruñendo, caliente dentro, pulsando.
Tercera ronda: yo encima, cabalgando. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones. Rebotaba, polla rozando mi punto G. Gemidos sincronizados. Sudor resbalando, cama crujiendo. Él: “Córrete conmigo, puta… espera, no, amor mío.”
Exhaustos, dormimos enredados. Al amanecer, me escabullí. En el pasillo, ¡zas! Léonore saliendo de su cuarto.
—Buenos días, Madame Des Dombes. Veo que cumplisteis el deber con mi hermano.
Me sonrojé. Pero ella sonreía maliciosa. “¿Bien? ¿Pusisteis el heredero en marcha?”
—Eh… sí. Todo por contentar a mi esposo.
Ella insistió, curiosa. Yo, vengativa, le conté todo. “Entré desnuda. Lo chupé hasta que gimió. Me folló misionero, luego perrito… la vela en mi coño, frotando clítoris. Tres corridas profundas. Se dormí con ella dentro aún.”
Sus mejillas rojas. “¡Tres pulgadas! ¿Dolió?”
—Al revés, delicioso. Tú también prueba, con dedos primero… luego más.
Se mordió el labio. “Instructivo… gracias.”
Fin de la noche más loca. Aún siento su semen dentro. Mañana, más. El deseo no para.