¡Ay, chicas, no puedo creer lo que me pasó anoche! Después de cenar en el centro, el aire de verano me rozaba la piel, suave, cálido… Paseaba por las callejuelas estrechas y de repente, ¡pum! Vi el letrero del sauna ese que visito de vez en cuando. Sentí un cosquilleo en el coño, como un pinchazo de deseo. Mañana no curraba, ¿por qué no? Empujé la puerta, el corazón latiéndome fuerte.
En el vestuario, me quité todo, servilleta alrededor de la cintura. El pasillo olía a jabón y sudor, luces tenues, música suave de fondo. Directa a las duchas. Y allí… un par maduritos, unos cincuenta, pero bien puestos. Ella le enjabonaba la polla gorda, dura como piedra, besándole el cuello. Él gemía bajito, ‘Mmm, sí, así…’. Me mojé el coño solo de verlos. Me metí en la ducha de al lado, quité la serviette, agua tibia cayendo por mis tetas, mi mano bajando a mi clítoris, frotando despacito.
La tentación bajo la ducha caliente
Los pillé mirándome. Ella sonrió pícara, siguió con la mano en su verga, pero me hizo un gesto. ‘Ven, preciosa…’, susurró. Me acerqué, temblando de ganas. Él tenía los ojos cerrados, disfrutando. Ella se arrodilló, se metió su polla en la boca, chupando profundo, slurp slurp, saliva brillando. Con la otra mano, agarró mi coño, dedos resbalando por mis labios hinchados. ‘Estás empapada, zorrita…’, me dijo al oído, su aliento caliente en mi piel.
Me arqueé, pellizcándome los pezones duros. ‘Sí… no pares…’, gemí. Ella sacó la polla de su boca, brillante de saliva, y me la puso en la mano. ‘Chúpala tú ahora’. La polla era gruesa, venosa, olía a jabón y hombre. La apreté, subí y bajé, masajeando sus huevos peludos. Él abrió los ojos, ‘Joder, qué buena mano…’. Ella volvió a mi coño, dos dedos dentro, chapoteando en mis jugos. ‘Tu culito también quiere, ¿eh?’, y rozó mi ano, presionando.
Me abrí más, ‘Sí, métemelo…’. Su dedo entró suave, jabonoso, tocando mi punto G interno. Ondas de placer me subieron por la espalda. Me puse de rodillas, tragué esa polla hasta la garganta, gagging un poco, saliva cayendo por mi barbilla. Él agarró mi pelo, ‘Buena chica, succiona…’. Ella me follaba el culo con dos dedos ahora, ‘¿Te gusta ser nuestra puta?’. Asentí, mamando fuerte, lengua en el glande salado.
De repente, él se apartó, ‘Luego nos vemos, guapa’. Se fueron riendo, dejándome jadeante, coño palpitando. Agua fría para calmarme, pero me metí un dedo en el culo, recordando, gimiendo sola.
Al sauna. Calor asfixiante, sudor perlando mi piel. Me senté arriba, piernas abiertas, serviette suelta. Ojos cerrados, fantaseando… Hasta que sentí una lengua en mi coño. Abrí los ojos: un tío joven, arrodillado, lamiéndome el clítoris, chupando mis labios. ‘¡Dios!’, grité. Su lengua era experta, círculos rápidos, sorbiendo mis jugos dulces. Me empapó la polla al instante, no, mi clítoris hinchado. Agarré su cabeza, ‘Más profundo… lame mi culo también’.
Entraron dos más, se tocaron viéndonos. Yo les branqué las pollas duras, calientes, venosas. ‘Qué pollas tan ricas…’, murmuré. El del lengua se levantó, ‘Vamos a una sala, hace mucho calor’. Su polla larga asomaba bajo la serviette.
El clímax en la sala de espejos
Entramos en una habitación con espejos, colchón grande. Ya había un par follando: uno a cuatro patas, el otro embistiéndole el culo, plaf plaf, sudados. Olía a sexo puro, esperma viejo. Mi lengua-guy se sentó, polla tiesa. Me puse a cuatro patas, la chupé: glande salado, vena pulsando, huevos firmes en mi boca. ‘Mmm, succiona como puta…’, gimió.
Sentí manos en mi culo. Uno de los del sauna, capote puesto. ‘No te muevas, te voy a follar ese coño mojado’. Me abrí, ‘Sí, fóllame fuerte… ¡dame esa polla!’. Entró de golpe, gruesa, llenándome. ‘¡Aaaah!’, grité, placer quemando. Embistió, piel contra piel chapoteando, mis tetas balanceándose.
Miré los espejos: mi coño tragando polla, jugos goteando. ‘¡Más duro! ¡Rompe mi coño!’, supliqué. Él me azotaba las nalgas, rojas. Los otros se branlaban, ‘Mira cómo se deja follar esta puta…’. El de mi boca explotó primero, semen caliente en mi cara, salado en mi lengua. Lo tragué, ‘¡Más, dadme más leche!’.
Mi follador me giró, piernas en alto, espejo mostrando mi coño abierto, rojo. Entró de nuevo, profundo, tocando mi cervix. Me pellizcaba el clítoris, ‘Córrete, zorra’. Ondas me subieron, grité, coño contrayéndose, squirteando un poco. Él gruñó, ‘¡Me corro!’, llenando el capote.
Los otros eyacularon sobre mí: tetas, vientre, pringosas de semen espeso, olor fuerte a macho. Me unté todo, frotando mi clítoris. Ellos se fueron, yo sola, dedos en coño y culo, masturbándome furiosa. ‘¡Sííí!’, exploté, jugos mezclados con semen, cuerpo temblando.
Ducha final, piernas flojas. Volveré, ¡qué noche! Aún huelo a sexo.