Ay, chica, no sabes lo que me pasó el otro día en esta playa de Haití. Estaba sentada en la arena húmeda, haciendo líneas con una concha, el sol pegando fuerte, el mar dejando espuma blanca como encaje. No quería ponerme el sombrero, ese que aprieta el cuello, solo quería sentir el calor en la piel. De repente, veo a Aristide, el jardinier, alto, moreno, con esos músculos duros del trabajo. Me hace señas desde el parasol, pero yo… yo solo lo miro, mordiéndome el labio.
—Ven, mi princesita —me dice con esa voz grave, ronca—. El sol quema, ponte el sombrero.
La tentación bajo el sol caribeño
Pero yo levanto la vista despacio, y veo su pecho sudado, brillando, olor a sal y tierra. Me acerco, fingiendo obediencia, pero mis ojos van directos a su paquete, marcado en el short raído. Él ríe bajito, eh… sabe lo que quiero. Me agarra la mano, tira de mí bajo el parasol. El aire huele a coco y mar, pero ya siento su sudor acercándose, ese aroma macho, fuerte.
Sus manos en mi cintura, ásperas del secateur, me suben la camiseta. Mis pechos saltan libres, pezones duros como piedras por el viento. —Joder, qué tetas —murmura, chupando uno, lengua áspera girando, succionando fuerte. Gimo, ay…, el sonido de su boca, slurp slurp, mezclado con las olas rompiendo. Le bajo el short, su polla salta, gruesa, venosa, goteando precum salado. La huelo, umm, a mar y deseo puro.
Me tumba en la arena, aún tibia, pegajosa. Abre mis piernas, bikini a un lado. Su lengua en mi coño, lamiendo clítoris hinchado, chupando labios mojados. —Estás empapada, puta —dice, riendo contra mi piel. Siento su barba raspando, dedos entrando, dos, tres, curvándose, tocando ese punto que me hace arquear. Jadeo: —Sí, Aristide, come mi chochito, no pares… El sabor de mí en su boca, salado, dulce.
El clímax en la arena mojada
Me pone a cuatro patas, arena clavándose en las rodillas, dolor placentero. Su polla empuja, despacio al principio, estirándome, llenándome hasta el fondo. —¡Ahhh! —grito, él tapa mi boca con mano sudorosa. Empieza a bombear, fuerte, chap chap chap de sus huevos contra mi culo. Olor a sexo, sudor, mar. Agarra mis caderas, marca dedos en piel. Cambio posición, yo encima, cabalgándolo, pechos rebotando, él pellizcando pezones. Siento cada vena de su verga frotando paredes, clítoris rozando su pubis peludo.
—Fóllame más duro —le suplico, voz entrecortada. Él se incorpora, me besa, lengua invadiendo, gusto a mi coño en su saliva. Me da la vuelta, misionero salvaje, piernas en hombros, penetrando profundo, golpeando útero. Gemidos míos, suyos, gruñidos animales: —Te voy a llenar, zorra española… Sudor goteando de su frente a mis tetas. Olas lamiendo nuestros pies, arena en todo, pegada.
El orgasmo llega como tsunami, coño contrayéndose, chorros calientes saliendo, empapándolo. Él ruge, polla hinchándose, semen caliente disparando dentro, chorro tras chorro, desbordando, chorreando por muslos. Nos quedamos jadeando, abrazados, olor a semen y mar. Me besa cuello, susurra: —Vuelve mañana, mi conchita.
Me levanto temblando, bikini deshecho, arena por todos lados. Camino a la casa, piernas flojas, sonrisa pícara. Chica, fue… inolvidable. Como la mer en la concha, siempre en mi oreja.