Mi noche prohibida en el establo con él durante el stage de equitación

Estaba en un stage de equitación en la Moselle, un club tranquilo, con caballos perezosos que solo querían trotar despacio. Yo era la única chica entre cuatro chicos adolescentes y un monitor vago. Nada emocionante de día, pero las noches… ay, las noches prometían algo.

El segundo día, después de la cena pesada de fondue, me acerqué a uno de ellos, se llamaba… bueno, digamos Pablo. Tenía esa mirada curiosa, inocente. Hablamos de mi familia snob, mis estudios, mi pasión por los caballos. Mi camisa aún húmeda de la ducha, el pelo suelto oliendo a champú fresco. Él me miró diferente. Hablamos de sexo, abiertamente, sin tabúes. Nuestros labios se juntaron en un beso profundo, húmedo, con lengua explorando. Mi mano bajó a su entrepierna, sentí su polla endureciéndose bajo el pantalón. ‘Buenas noches’, le susurré, sonriendo pícara.

El stage y el primer roce

Al día siguiente, miradas calientes durante las clases. Los otros chicos bromeaban: ‘¡Tienes un lío con ella!’. Acordamos no hablar en cena, pero vernos después en la pista de dressage. Llegué con un vestido largo, levantándolo para no mancharme con el estiércol. Caminamos, visitamos los boxes. No aguanté más. Su mano se coló bajo mi falda… nada de bragas. ‘Has tardado en comprobarlo’, le dije riendo. Metió un dedo en mi coño húmedo, resbaladizo. Me escapé corriendo hacia las habitaciones, pero no, imposible follar allí con la pared fina.

‘Hors de question que follemos aquí’, le dije. El jueves era nuestra última noche. A caballo, durante un ejercicio aburrido, le susurré: ‘Esta noche, en el box de la mía’. Mi yegua se llamaba Ondina.

Pero la fiesta del último día lo complicó todo. Alcohol, tarot, los chicos y el monitor me acosaban. ‘¡A por ella!’, gritaban. A las tres, un juego tonto, mi turno de prenda. ‘¡Desnúdate!’, coreaban. El monitor los calló. ‘No, algo suave’. Yo: ‘Vale, os enseño las tetas’. Me quité la chaqueta, mis pechos firmes a la luz de las velas titilantes. ‘Ahora a dormir todos, ¿ok?’. Gritaron sí. El monitor: ‘Buenas noches, ni una palabra mañana o me echan’.

Corrimos al box de Ondina. Extendí paja fresca, heno oloroso, dulce, terroso. Nos pusimos a cada lado de la yegua, acariciándola para tocarnos. ‘Pon las manos en su lomo’, le ordené. Pasé por debajo, le desabroché el pantalón. Su polla saltó, dura, venosa, oliendo a sudor masculino. La chupé despacio, lengua girando en el glande salado, succionando con ruidos húmedos ‘slurp, slurp’. Él gemía bajito, ‘Dios, Aurore…’. Temía que Ondina se moviera.

La pasión desatada bajo la yegua

Lo tiré sobre la paja punzante, áspera en la piel. Le abrí las nalgas, lamí su ano apretado, rosado, con sabor almizclado, terroso. ‘¿Qué haces?’, jadeó sorprendido. ‘Déjate llevar, rico’. Le metí la lengua profunda, él se retorcía, ‘Ahh… joder… no pares’. Luego me tocó a mí, torpe pero ansioso, lamiéndome el culo mientras yo me frotaba el clítoris hinchado.

Follamos como animales. Yo encima, cabalgándolo, tetas rebotando, coño tragándosela hasta el fondo, jugos chorreando por sus huevos. ‘¡Más fuerte!’, gritaba. Rodamos por la paja, sudor mezclándose con olor a heno y sexo. Terminamos bajo la yegua, entre sus patas. ‘Peligroso’, dijo él. ‘Justo retorno: de día ella entre mis piernas, hoy nosotros entre las suyas’, respondí.

De repente, un chorro caliente, amarillo, potente. Ondina meaba. Olor fuerte de amoníaco, pis tibio empapándonos la piel, el pelo. Intentó salir, lo retuve: ‘¡Quédate!’. El calor líquido nos cubría, resbaloso. Él eyaculó dentro de mí con un grito ronco ‘¡Aaaargh!’, yo grité agudo, orgasmo explotando, coño contrayéndose, leche caliente llenándome.

Nus hasta las duchas, goteando. Al día siguiente, miradas raras. Temí que oyeran nuestros gritos. En el tren con un chico, me pinchó: ‘¿Tuviste lío con él, eh?’. Negué. ‘Sabemos todo. Hay cámaras en el establo, se activan con ruido. Lo vimos todo’. Me sonrojé, pero sonreí. Qué noche inolvidable.

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