Ay, chicas, no aguanto más. Tengo que contároslo todo, como si acabara de pasar. Soy María, 27 años, española hasta la médula, y en esta corte francesa me volví loca de deseo. Ayer, en la caza real en el bosque de Montmorency, con el rey Luis y toda esa gente noble… uf, el corazón me late solo de recordarlo.
Estábamos galopando, el aire olía a tierra húmeda y hojas podridas, los perros ladraban como posesos. De repente, ‘¡Jabalí delante!’ grité yo, excitada, el sudor me corría por la espalda bajo el corsé. Espoleé mi yegua, el viento me azotaba la cara, y vi al monstruo, ojos rojos, colmillos brillando. Cargué con mi lanza, el corazón en la garganta. ¡Crac! La lanza se rompió en su lomo, el bicho rugió, un sonido gutural que me erizó la piel. Mi caballo se encabritó, caí al suelo, barro pegajoso en las manos, el olor a miedo y sangre en la nariz.
La Emoción de la Caza y el Rescate
El jabalí se giró hacia mí, bufando, espuma en la boca. Pensé ‘esto es el fin’. Pero entonces… él apareció. Pharamond de Merville, el caballero alto, moreno, con esa mirada que quema. ‘¡No, María!’ gritó su mentor, pero él ya saltaba. Su caballo lo llevó justo entre nosotros, luego bajó de un brinco, me agarró por la cintura con manos fuertes, callosas, olor a cuero y hombre. Me levantó como una pluma, me puso en el talud. Su cuerpo pegado al mío, pecho ancho contra mis tetas, aliento caliente en mi cuello. ‘Estás a salvo’, murmuró, voz ronca. Yo temblaba, no de miedo, sino de algo más profundo, húmedo entre las piernas.
Los otros mataron al bicho, pero nosotros… nos miramos. Sus ojos, oscuros, sabían demasiado. Yo reconocí esa fuerza, era él, el Caballero Negro que me había… visitado en sueños. O no sueños. ‘Gracias, señor’, susurré, rozando su brazo. ‘No podía dejar que una española tan fogosa muriera así’, rió él bajito. El rey se acercó, pero nosotros ya planeábamos escaparnos.
Más tarde, cuando el sol bajaba, el bosque quieto salvo por el ulular de un búho, lo seguí a un claro escondido. ‘Ven, María, hablemos’, dijo, pero sus ojos decían otra cosa. Me acerqué, olía a sudor fresco, a caballo, a deseo. ‘Sabes quién soy, ¿verdad?’, pregunté, voz temblorosa. Él asintió, me atrapó contra un árbol, corteza rugosa en la espalda. ‘Y tú… me has vuelto loco desde la primera vez’, gruñó, besándome. Sus labios duros, barba raspando mi piel suave, lengua invadiendo mi boca, sabor a vino y sal.
El Placer Desatado en el Bosque
‘Pharamond… ay… fóllame’, gemí, manos en su polla ya dura bajo los calzones. La saqué, gruesa, venosa, palpitante, olor almizclado que me mareó. ‘Eres una puta española caliente’, dijo riendo, mordiendo mi cuello. Me bajó la falda, bragas rasgadas de un tirón, dedos en mi coño empapado. ‘Mira cómo chorreas por mí’, metió dos, curvados, tocando ese punto que me hace gritar. ‘¡Sí! Más fuerte… oh Dios…’, jadeé, uñas en su espalda.
Me giró, cara contra el árbol, culo al aire. Escupió en su mano, lubricó su verga enorme. ‘Te voy a partir en dos’, avisó, y entró de golpe. ¡Aaaah! Dolor y placer, estirándome, llenándome hasta el fondo. Golpes secos, piel contra piel, chapoteo de mi jugo. ‘¡Fóllame como al jabalí!’, grité. Él aceleró, una mano en mi clítoris frotando, la otra pellizcando tetas. Olor a sexo crudo, hojas machacadas bajo nosotros, gemidos ahogados para no alertar a nadie.
Cambié de posición, lo empujé al suelo, hierba húmeda pinchando rodillas. Me subí encima, cowgirl salvaje, polla hundiéndose más. Rebotaba, tetas saltando, él chupando pezones duros como piedras. ‘¡Córrete dentro, lléname!’, supliqué. Sus caderas subiendo, gruñendo como animal. Sentí el orgasmo venir, olas, contracciones, ‘¡Me corro! ¡Sííí!’, chillé bajito, coño apretando su verga. Él explotó, chorros calientes inundándome, semen goteando por muslos.
Quedamos jadeando, sudor mezclándose, besos suaves ahora. ‘Eres el Caballero Negro, y yo tu presa eterna’, susurré. Él sonrió: ‘La caza continúa, María’. Uf, chicas, aún siento su polla dentro. ¿Quién quiere más detalles?