El collar del panda: mi confesión erótica con Bruno

Lorena entró en mi oficina esta mañana, con esa sonrisa curiosa. —¡Oye, Nadia, ese collar con el panda! ¿Es nuevo? —Sí, regalo de Bruno. Me miró bajando la vista al colgante, los ojos del panda moviéndose con cristales líquidos. —¡Los ojos se mueven! Qué mono. Me sonrojé un poco. —Sí, dice que cambiará la pila en unos meses. Hablamos de cómo él sabe que adoro los pandas, me ha regalado libros, posters, tazas… Lorena se rió. —Tienes suerte, pocas chicas aquí reciben regalos de él. Bajé la mirada. —No sé por qué… no pido nada.

Días después, en la terraza del quinto piso, solas, me pinchó de nuevo. —Apuesto que duermes con él. —Ehh… sí, casi siempre, menos en la ducha. Suspiré soñadora. —Si pudiera pedir lo imposible… ser suya, día y noche, su pandita. Lorena exclamó: —¡Eso es adoración! Le conté que lo seguiría al fin del mundo. Pero yo, ¿por qué yo? Me veía simple, no como esas diosas que lo persiguen.

El regalo que lo cambió todo

Lunes, después del finde, Lorena notó mis ojos brillantes. —¡Algo grande pasó! —¡Bruno! Salimos juntos. Se sentó atónita. —¡¿Qué?! Cuéntame. Juró secreto. Vendredi tarde, me invitó a cenar casual. Fuimos al restó, charlamos, me hizo hablar de mí. Después, paseo por los muelles… de repente, me abrazó y besó. Sus labios calientes, áspera barba rozando mi piel, olor a colonia masculina mezclada con vino. Me quedé helada, luego lo besé yo, hambrienta. —¡No lo vi venir! Terminamos en su piso. Sus manos grandes bajando mi blusa, pezones endureciéndose al aire fresco. Me tumbó en la cama, lamía mi cuello, mordisqueando suave. Olía a sudor limpio, excitante. —Me tocó y exploté, Lorena. Nunca había gozado tanto. Sus dedos en mi coño mojado, chapoteando, mi clítoris hinchado palpitando. Gemí fuerte, arqueándome.

Entró en mí despacio, su polla dura, gruesa, llenándome. —¡Ay, dios, qué grande! —susurró él, empujando profundo. Ritmo lento al principio, piel contra piel slap-slap, mis uñas en su espalda. Cambiamos: yo encima, cabalgando, tetas rebotando, sudor goteando entre nos. Su olor almizclado subiendo, probé su piel salada besándolo. Vine tres veces esa noche, gritando su nombre. Mañana, otra ronda: perrito contra la pared, sus bolas pesadas golpeando mi culo, olor a sexo puro. Me folló anal por primera vez suave, lubricado, sensación ardiente estirándome, placer prohibido. —¡Sí, así, mi pandita! —gruñó, corriéndose dentro, caliente chorro llenándome.

Todo el finde así, desnuda en sus rodillas comiendo, follando sin parar. Lunes vinimos juntos al trabajo. Lorena flipó. —¡Vives con él ya! —Quiere conocerme mejor… ya conoce cada rincón.

Miércoles, restó griego. —Sin bragas ni sujetador bajo el vestido —me ordenó. Coño expuesto, aire fresco rozando labios hinchados, humedad bajando muslos. En la mesa, su mano subió, dedos hurgando mi humedad pegajosa. —Hueles delicioso —dijo lamiendo jugos de sus dedos, sabor salado dulce mío. Me masturbó bajo el mantel, clítoris latiendo, mordí labio para no gemir. Casi vengo allí, piernas temblando. En el coche, apartado, me folló sobre el capot. Noche estrellada, metal frío en espalda, él embistiendo salvaje, gruñidos animales, olor a gasolina y sexo. —¡Eres mía! —Sí, fóllame duro. Polla palpitando, bolas contra mi culo, vine gritando, él eyaculando dentro, semen goteando.

Noches de sexo desenfrenado y revelaciones

En cocina, desnuda haciendo tarta. Chantilly como lubrificante anal. Sus dedos untados entrando mi culo, frío cremoso derritiéndose caliente. Me folló por detrás, agarrando tetas, besos en cuello, jadeos míos ahogados. —¡Qué apretada, joder! Placer intenso, vientre cosquilleo, vine temblando, sintiendo su corrida caliente profunda. Extraordinario.

Traje de sirvienta: tetas al aire, falda micro, sin bragas, tacones. Me folló toda la noche así: oral arrodillada, su polla venosa en boca, bolas pesadas lamiéndolas saladas; misionero con faldita arriba; 69, su lengua chupando coño, yo tragando hasta garganta. Fessée suave, nalgas vibrando calor picante, mariposas en estómago.

Gala lujosa, vestido escotado fendido, tetas casi fuera. Bailamos, miradas calientes. En coche, mamada rápida, luego cama salvaje. Venecia sorpresa: gondola, hotel, folladas románticas bestiales, agua lamiendo canal, gemidos eco.

Ahora propone matrimonio. Yo, rendida. Pero el collar… descubrí el secreto. Escucha todo. Me enfadé, pero… me excita más. —Eres perfecta para mí —dijo. Lo perdoné follándolo loco. Soy su pandita, suya forever.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *