Confidencia española: Extraje su semen con una cánula en pleno salón

Ay, chicas, no os podéis imaginar lo que pasó ayer por la tarde. Sola en el salón, con las persianas abiertas, la luz del sol calentando la piel. Mi hombre entra, mi amante sumiso, el que me obedece ciegamente. Lleva la camisa abotonada, pero sé que pronto estará desnudo para servirme. Yo, con mi bata blanca de doctora, desnuda debajo. Mis tetas pesadas se marcan, los pezones duros rozando la tela. Huelo mi propia excitación, ese aroma dulce y salado entre mis piernas.

Lo miro de arriba abajo, inspeccionándolo. Él tiembla un poco, frunce el ceño. Espera mis órdenes en silencio. Su piel huele a jabón fresco, mezclado con ese sudor nervioso que me vuelve loca.

La espera y la desnudez

—Desnúdate. ¡Ya! Te quiero tal como me prometiste, desnudo y listo para mí.

Se desabrocha la camisa despacio, botón a botón. Sus ojos no se apartan de los míos, insistentes, hambrientos. La camisa cae al suelo con un ruido suave. Luego la cinturilla, el zipper rasgando el silencio. Los pantalones bajan por sus muslos firmes, hasta los tobillos. Huele a hombre, a deseo contenido. Su polla ya medio dura asoma bajo el bóxer.

Sonrío, un rictus juguetón. Sé que le gusta esto, el dulce-salado, las caricias que arañan, el placer que duele. Ha visto mis videos SM, ha leído mis cuentos de sumisión.

—¿Ya estás excitado, mi amor? Date prisa, tengo trabajo.

Bajo la bata un poco, dejo que vea mis axilas suaves, ese olor almizclado que tanto le gusta lamer. Mis tetas, con areolas grandes y oscuras. Su polla salta, se tensa. Imagina mi coño depilado por sus manos, esos tijeretazos en mis pelos rizados, mi piel suavizada por su lengua áspera.

Sigue desnudándose, el bóxer baja lento. Su vello recortado, huevos lampiños colgando pesados. La polla semierecta, venosa, goteando ya un hilo precúm.

—Bien, perfecto. Acércate.

Da un paso, inseguro. Su piel erizada de goosebumps.

—¿Recuerdas que lo decidimos juntos?

—Sí, cariño, pero…

—Vale, separa las piernas y enséñame el glande.

Agarra su polla con la mano derecha, la empuja hacia arriba. La piel del prepucio se tensa, el glande rosado brilla.

—Másturbate, hazla dura. Si no, dolerá mucho.

Se acaricia, mano apretando y soltando. Juega con el prepucio, masajea las bolas con la izquierda. Yo lo miro, silencio, mordiéndome el labio. Me mojo los labios con la lengua, excitada. Pienso en el olor de mi coño, esa humedad espesa, blanca, que tanto le gusta chupar.

Impaciente, le pellizco el pezón izquierdo. Lo estiro, lo rasguño. Él gime bajito, ‘ahh…’, su polla se pone como piedra. Nuestros ojos se clavan, él entre dolor y placer.

—Siempre te ha gustado que te trate así, ¿verdad, pequeño vicioso?

La inserción y el clímax explosivo

—Oh, sí, mi amor…

Lo descubrí yo, le enseñé a pedirlo. Ahora es nuestro ritual, como cuando jugaba con mis amigas de adolescente, tocándonos los pechos.

Agarro la cánula con una mano, gimo suave para calmarlo. ‘Hummm, estoy orgullosa de ti’.

Unto gel en su glande, lo masajeo, resbaladizo. Le clavo la uña en el prepucio, él tiembla, ríe nerviosa yo. Pellizco el glande, abro el agujerito. Froto la cánula en la punta. Él se contrae, jadea.

Despacio, empujo. Él siente el tubo entrar, raspa, tira. Grita bajito, ‘¡ay!’. Le duele, quema, pero se excita.

—Hummm, déjate hacer, amor. Eres mío, me pone cachonda. Pellízcate los pezones.

El tubo se hunde más, su aliento entrecortado. Yo tiro de sus bolas, las aprieto suave. Mano al perineo, piel lisa. Dedos al surco…

—¿Qué esperas? ¡Ni lo sueñes!

Siempre lo ha rechazado, pero sé que lo desea.

—¿Te apetece?

—No sé, no debería…

¡Zas! Le meto el dedo en el culo de golpe. Él se sorprende, duele, pero se relaja. Bolas contraídas, ano apretado. El orgasmo sube.

Lo beso, lengua en su boca, bebo su saliva. Él ruge, eyacula fuerte. El semen corre por la cánula, llena el tubo. Caliente, espeso.

Saco la cánula despacio. Su prepucio dilatado, huevos vacíos.

—Hummm, perfecto, mi amor. Me voy al laboratorio con tu leche.

Me voy, bata ondeando. Él solo, exhausto, oliendo a sexo y sumisión. Yo sonrío, aún sintiendo su pulso en mis dedos.

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