Mi novia me había dejado hace tres semanas y no había tenido ni una sola oportunidad de calmar mis ansias sexuales. Cada día, en el periódico, devoraba las pequeñas anuncios de masajes eróticos. Uno me llamó la atención de golpe.
‘Bella black, culo de ensueño, tetas infernales, sin prisas, acaricia y se deja acariciar.’
La llamada y la llegada al paraíso prohibido
Era una tarde soleada de junio. Decidí lanzarme. Marqué el número y una voz grave, suave como miel, contestó. Se presentó como Cindy, me dio la dirección, confirmó que podía ir ya y, con un tono pícaro, dijo: ‘Te espero con muchas ganas, guapa.’
Emocionada, caminé hasta allí, fantaseando sin parar. ¿Sería tan perfecta como prometía? Llegué al edificio elegante, introduje el código y subí las escaleras despacio, sintiendo mariposas en el estómago.
Llegué a la puerta, toqué el timbre. Sentí que me observaban por la mirilla. La puerta se abrió.
Cindy asomó solo la cara. Pelo rizado y espeso enmarcando un óvalo perfecto. Sonrisa blanca cegadora contra su piel negra profunda. Su lengua rosada asomó entre labios carnosos. Un cosquilleo me recorrió el vientre. Quería ver más.
Se apartó para dejarme pasar y cerró. Dios… Su cuerpo era una obra de arte. Solo un tanga amarillo chillón semi-transparente y una blusa vaporosa blanca, cerrada con un botón. Cuerpo atlético, tetas libres y firmes bajo la tela fina. Vientre plano, monte de Venus abultado. Piernas largas, muslos duros y perfectos. Ese culo… Dividido por la tira amarilla, globos musculosos con esa curva africana que me volvía loca.
La habitación era luminosa, ventana abierta a un patio con plátano y pájaros piando. Música suave de fondo. Paredes con pósters de chicas desnudas en poses calientes. Un gran cama en el centro.
Pagamos rápido. Me desnudé, me tumbé boca abajo en la cama. Ella se quitó la blusa, quedando en tanga. Sus manos untadas en aceite suave empezaron por mi espalda. Lentas, expertas, evitando lo sensible. Deliciosa tortura.
Bajó a piernas, moldeando gemelos, muslos… Luego mis nalgas. Sus dedos rozaban mi coño y ano de vez en cuando. Mi clítoris palpitaba. ‘¿Te gusta, preciosa?’, murmuró con voz ronca.
‘Sí… No pares…’, gemí.
Ahora masajeaba mis labios mayores, bolas de mis ovarios casi. Mi coño chorreaba. Erección dolorosa en mi clítoris.
El masaje que me llevó al éxtasis total
‘Me da la vuelta’, susurró.
Obedecí, mi sexo expuesto, hinchado, húmedo. Ella sonrió tiernamente. ‘Mira cómo estás… Qué rica.’
‘¿Quieres que te toque? Me encanta’, dijo lamiéndose los labios.
Vertió aceite en sus tetas enormes, empezó a masajearlas. Mis manos volaron a ellas. Aréolas negras hinchadas, pezones duros como piedras. Los pellizcaba, tiraba suave. Ella jadeaba: ‘Sí, así… Más fuerte.’
Sus manos en mi torso, pezones míos erguidos bajo sus dedos. Bajó al vientre, ondas de placer. Piernas, masaje firme. Rozaba mi coño, labios empapados.
Al fin, mano izquierda en mi clítoris, masturbándome despacio. Derecha amasaba mis labios, dedo en ano. ‘Relájate, te va a volar la cabeza.’
Besaba mi pecho, chupaba pezones. Bajó… Boca cerca de mi sexo. ‘Quiero comerte entera.’
Desenrolló un condón en un dildo que sacó? No, directo a mí. Lengua en clítoris, succionando como piruleta. Gemí fuerte. Olor a su excitación mezclada con aceite, almizclado, dulce.
Dedos en mi ano, masajeando próstata femenina, punto G interno. Yo metí dedos en su coño: jugos frescos, viscosos, calientes. Clítoris suyo tieso bajo mi pulgar. ‘¡Joder, qué bien lo haces!’, gritó ella.
Aceleró: mano frenética en clítoris, boca devorándome, dedo profundo. Lengua girando, succionando. La ola creció. Me arqueé, grité: ‘¡Voy a correrme! ¡No pares!’
Explosión. Orgasmo brutal, chorros de placer, contracciones interminables. El mejor de mi vida. Ella lamió todo, sonriendo: ‘Bienvenida al cielo, nena.’