Ay, chica, no sé ni por dónde empezar. Acabo de vivir algo… uf, brutal. Tengo 28 años, soy de Madrid pero aquí en este desierto de mierda me siento como en casa. Me encanta el sexo, las sensaciones que te revuelven las tripas, el deseo que te quema. Te cuento como si estuviéramos solas, tomando un vino, eh…
Estaba dormida en la cama de ese motel cutre, con el olor a sudor y velas quemadas pegado a la piel. Mi novio, ese cabrón animal, me había follado antes como un loco. Sentí su polla enorme rozándome los labios mientras dormía. Mis labios se abrieron solos, carnosos, húmedos. Mmm, el sabor salado de su piel, el calor que subía. ‘Despierta, mi puta’, murmuró, pero yo ya estaba chupando, la boca llena, garganta apretada. Glug, glug, los sonidos húmedos llenaban la habitación. Sus manos en mis mejillas, empujando profundo. Tosí un poco, saliva por todas partes, bajando por mi barbilla hasta los pechos.
Despertar con el cuerpo ardiendo
Me levantó el culo, sus dedos hundiéndose en mis nalgas suaves, satinadas. Olía a sexo viejo, a mi coño mojado. Lamí su raja… no, espera, él lamió la mía. Su lengua en mis labios pequeños, el clítoris hinchado palpitando bajo su pulgar. ‘¡Joder, sí!’, gemí, piernas alrededor de su cuello, cabeza colgando del borde de la cama. Mi máscara de dormir aún puesta, todo negro pero sintiendo cada roce. Él gruñía, yo succionaba más fuerte, saliva chorreando por mi cara.
De repente, me volteó como un trapo. Caí de espaldas en el colchón, riendo nerviosa. ‘¿Qué haces, bestia?’, le dije. Me aplastó, su glande frotando mi entrada, resbaladizo. Entró de golpe, puños en mis caderas. ‘¡Ahhh!’, grité, brazos atrás agarrando la almohada, mordiéndome el labio hasta sangrar un poco. El sabor metálico en la boca. Luego sacó y fue al culo. Su polla acariciando mi raya, presionando el ano. Dolor placentero, estirándome. ‘¡Más despacio, coño!’, pero arqueé la espalda, molletes bailando contra su pecho.
Estábamos en eso, follando como posesos, cuando oí motores abajo. Voces roncas, puertas. Pero no paré. ‘Sigue, no pares’, le supliqué en mi idioma raro, jadeando. Él me llamaba puta, yo respondía gimiendo. Estaba a punto de correrme cuando se sacó, me agarró el pelo y metió en mi boca. ‘¡Traga, zorra!’, apretó mi nariz. Eyaculó fuerte, chorros calientes golpeando mi lengua, garganta. Tosí, escupí algo, pero tragué lo que pude. Sabor espeso, amargo. Me miró triunfante, yo con los ojos asesinos pero cachonda. ‘Joder, no te cortas un pelo’, le dije riendo, limpiándome la baba y leche de los pechos.
‘¿Me quieres?’, preguntó besándome labios salados. ‘Sí, bebé, por eso te dejo follarme así’. Nos reímos bajito. Pero entonces… ruido en las escaleras. Tipos gritando como coyotes. Mi novio salió desnudo, yo cogí el fusil Benelli, botas puestas, leche goteando aún de mi coño.
Entramos en la habitación del fondo. Orgía asquerosa: dos putas del burdel, una en cuatro con polla en boca y culo, otra con la cara enterrada en un coño. Hombres borrachos, hedor a cerveza rancia, sudor. Uno nos vio: ‘¡Mira esa polla y la puta detrás!’. Yo apunté al del sombrero. ‘¿Cómo te llamas, mierda?’, le dije lamiendo su corrida de mis dedos. ‘Jack’. ‘Sabe a cloaca, Jack’. Metí el cañón en su boca.
La orgía letal y el clímax sangriento
El viejo del motel apareció. Un tiro, ¡pum! Mi novio casi muere. Yo disparé, exploté la mandíbula del cabrón. Caos. Tipos saltando por la ventana, cristales rompiéndose. Abajo, Billy el gigante los machacó con su hacha, sangre negra chorreando. El gordo se meó encima, yo le metí el fusil en la garganta. ‘¿Sabes quién soy? Polly Jean Westwood’. ¡Bam! Cabeza reventada, sangre caliente salpicándome las tetas.
Después, con Billy llorando por su padre muerto, nos metimos al baño. Yo, Sal la soubrette y Kelly-Ann la enfermera, desnudas en la bañera con espuma y brillos. Agua tibia, velas parpadeando. Olía a jabón dulce, a coños calientes. Mi novio entró fumando, polla tiesa otra vez.
Kelly miró mi nuca, la espiral tatuada. ‘¿Qué es eso? ¿Pareja romántica?’. ‘No, somos freaks, señores de la noche’, reí. Ella masajeó mis hombros, tetas rozando mi espalda. ‘Polly, ¿puedo chupársela a tu hombre?’. Yo la besé, lenguas enredadas, pechos chocando. Sal lamió mi ombligo, bajando.
Su mano jabonosa en su polla, meneando. Yo mandé a Sal al coño: lengua en mi clítoris, chupando fuerte. Gemí alto, ‘¡Sí, así!’. Mi novio nos juntó las cabezas. Tres bocas en su verga: yo en la punta, ellas lamiendo lados. Lenguas tocándose, saliva por todos lados. Él gruñó, ‘¡Me corro!’. Chorros enormes: en mi cara, ellas cerraron ojos salpicadas. Barbouillé su leche por sus caras, metí en bocas hasta vaciarme. Ellas se besaron, pasándose semen, riendo locas.
Yo lamí mi mano, ronroneando. Él se fue jadeando. Pero en la habitación… el del sombrero crucificado al muro por Billy, clavos en hombros, sangre goteando. Mi novio lloró. Todos somos monstruos, chica. Sexo, sangre, balas. Y yo… quiero más.