Estaba allí, tirada en el tablón viejo de la fuente, en medio de la garriga seca de Andalucía. El sol lamía mi piel desnuda, caliente, pegajosa de sudor y agua fresca. Me había quitado todo: la camiseta, los shorts, las bragas… nada. Solo yo, abierta de piernas, con un pie en el agua fría que me hacía cosquillas. El aire olía a tomillo y tierra caliente, y yo… uf, me sentía viva, cachonda, con el coño expuesto al viento.
De repente, crujidos en los matorrales. Lo vi venir, un tipo normal, sudado por la caminata. Se paró en seco, los ojos clavados en mí. Se escondió un poco, pero yo lo pillé. Sonreí para mí, sin moverme. ¿Me había visto? Claro que sí. Sus pasos se acercaban, ruidosos, rompiendo ramitas secas. Yo, quieta, cabeza echada atrás, pechos apuntando al cielo, pezones duros por el sol.
El encuentro inesperado junto a la fuente
—Hola… ¿paseando? —le dije sin abrir los ojos, voz ronca, juguetona.
—Hola… —balbuceó él.
¡Crac! El tablón cedió bajo su peso. Cayó a medias en el agua, piernas chapoteando, atrapado como un idiota. Me giré riéndome a carcajadas, mis tetas botando. Él, patético, brazos extendidos, riendo también pero rojo de vergüenza. Agua fresca salpicando, olor a barro húmedo subiendo.
Me levanté despacio, sintiendo su mirada devorándome. Mi monte de Venus hinchado, la raja entreabierta brillando. Pezones tiesos, aréolas arrugadas con esos puntitos que se endurecen. Me acerqué, piernas a cada lado de su cara, riendo aún.
—¿Quieres ver? Pues mira bien… —susurré, agachándome un poco.
Con los dedos abrí mi coño para él. Rosa húmedo, olor fuerte a excitación, clítoris hinchado saliendo como una perlita dura. Gotitas de mi jugo perlaban los labios. Moví las caderas, adelante atrás, provocándolo. Él, inmóvil, ojos como platos.
—Ahora… prueba —ordené, bajando más.
Su lengua salió, torpe al principio. Lamida caliente, áspera, en mi entrada. Uf… gemí bajito. Sabor salado en su boca, mi coño chorreando. Lo guié con las caderas, restregándome en su nariz, su barbilla. Olor a sexo crudo, sudor nuestro mezclándose. Lamía mi ano también, contrayéndose, relente terroso que me volvía loca.
—Más fuerte… sí, ahí, el clítoris… ahhh… —jadeaba yo, ahogándolo un poco.
Sus músculos tensos, yo temblando. Mi orgasmo vino brutal: piernas abiertas al máximo, aplastándole la cara, chorros calientes en su boca. Grité, eco en el agua quieta. Luego, lo solté, mareada, aire fresco en mi piel mojada.
El dominio total y el clímax explosivo
¡Plop! Salté al agua, fría chocando mis pechos. Nadé bajo él, manos en sus piernas. Subí, desabrochando su pantalón empapado. Olía a hombre sudado, excitado.
—¿Qué haces? —protestó él.
—Shhh, no te muevas —dije imperativa.
Le bajé los calzoncillos. Su polla dura, venosa, goteando precum salado. La agarré, piel suave y caliente en mi mano húmeda. Masturbé despacio, sintiendo latir. Luego, boca abierta, la chupé. Lengua girando en el glande, sabor almizclado, bolas pesadas lamiéndolas. Él gemía, ‘¡joder, qué rico!’, caderas queriendo empujar pero atrapado.
Lo dejé al borde, palpitando. Subí al tablón, agachándome sobre su polla. Fui bajando, mi coño tragándosela centímetro a centímetro. Estrecha, caliente, jugosa. Gemí al fondo, clítoris rozando su pubis.
—Ahora yo mando… —susurré, empezando a cabalgar.
Arriba abajo, lento al principio, sintiendo cada vena estirándome. Sus manos crispadas en la madera, crujiendo. Aceleré, nalgas chocando su vientre, ‘plap plap’ húmedo. Olor a sexo intenso, sudor goteando. Él gruñía: ‘¡Más, fóllame fuerte!’.
Clímax juntos: yo gritando, coño contrayéndose ordeñándolo, él eyaculando chorros calientes dentro. Temblamos, pegados, jadeos entremezclados.
Me levanté despacio, su semen chorreando por mis muslos, pegajoso. Él exhausto, aún atrapado. Me vestí tranquila, shorts sin bragas, camiseta pegada a tetas sudadas.
—¿Me ayudas? —suplicó.
Sonreí, me fui silbando por el camino. Lo dejé allí, riendo sola. Uf, qué subidón… volveré, a ver si pica otro.