¡Ay, chicas, no os podéis imaginar lo que me pasó hace unos días! Estaba con mi chico, William, en ese parque cerca de la zona comercial. Hacía un calorcito delicioso, el sol filtrándose por las hojas, olor a hierba fresca y tierra húmeda. Llevaba mi minifalda vaquera cortita, sin bragas debajo, y un top transparente azul marino que dejaba ver mis tetas justo como me gusta. Encima, un chaleco negro entreabierto para no llamar tanto la atención… pero claro, quien mira bien, ve todo.
Caminábamos de la mano, notando las miradas de algún tío en el parking. Sus ojos clavados en mi escote profundo, el roce del aire en mis pezones que ya se ponían duros. Llegamos al parque, me quité los zapatos y pisé la hierba suave, fresca bajo los pies. ‘¿Hay un sitio tranquilo a la sombra?’, le pregunté a William con una sonrisa pícara.
El encuentro en el parque con el voyeur encantador
Me tumbé sobre el chaleco en el suelo, brazos en cruz, pecho al aire a través del top. Él se agachó a mi lado, su mano grande y cálida sobre mi teta izquierda. La acariciaba despacio, círculos suaves, pellizcando el pezón. ‘Eres una puta provocadora’, me susurró al oído, su aliento caliente rozándome la piel. ‘¿Yo? ¡Si no he hecho nada!’, respondí riendo bajito, pero abriendo un poco las piernas para que viera mi coño depilado, ya húmedo.
Jugaba con mis pezones, los hacía endurecerse más, mientras gente pasaba a lo lejos. Oía sus pasos, algún murmullo. De repente, ‘¡Hola! ¿Puedo unirme?’. Nos sobresaltamos. Un hombre de unos 40 aparentes, pelo blanco, gafas, sonrisa confiada. ‘Henri’, se presentó. Se sentó frente a mí, ojos devorando mis tetas. ‘Preciosa transparencia… y esa ausencia de braguita, mmm’. Me sonrojé, pero me gustó. ‘¿Tú también juegas a esto?’, le pregunté.
Hablamos, nos contó de su mujer exhibitionista como yo. Sacó fotos, ella rubia y buenorra. Me puse de lado, una teta colgando pesada, la otra apuntando al cielo, piernas abiertas sin darme cuenta. Él miraba mi coño sin pudor, rosado y brillante. William me acariciaba aún. Henri se acercó, mano en mi barbilla, me hizo mirarle. ‘Eres hedonista total’, dijo. Su otra mano en mi rodilla, subiendo lento por el muslo interior. Piel erizada, cosquilleo subiendo.
‘Oooh…’, gemí cuando rozó mi clítoris hinchado. Me miró William, asentí. Cabeza atrás, piernas bien abiertas, su dedo entraba suave en mi humedad. ‘Hmmm… sí…’, jadeaba. Olor a sexo empezando a mezclarse con la hierba. Dedos girando dentro, frotando paredes calientes, chupetazos de jugos. Temblores, suspiros ahogados. ‘¡Ahhh!’, exploté en un orgasmo largo, cuerpo arqueado, coño contrayéndose alrededor de su dedo. Qué subidón, chicas, con el riesgo de que nos pillaran.
Champagne, caricias y la sorpresa en el coche
Después, otra vez con nuestros amigos Matthieu y Angèle. Champagne a tope para soltar inhibiciones. Ellas con faldas y blusas sin nada debajo. Paseo por terreno baldío, tetas medio fuera, joggers con pollas duras en los shorts. ‘¡Mirad esas erecciones!’, reía yo. En casa, mesa redonda: hombre-mujer-hombre-mujer. Botellas volando, yo y Angèle achispadas, riendo a carcajadas.
‘¿Por qué no nos enseñáis las tetas?’, propuso Matthieu. Zas, fuera blusas. Sus lenguas limpiando salsa de mis pezones, succionando fuerte. ‘¡Hihihi, qué cosquillas!’, chillaba. Luego, sofá para mí con él, sillón para William con ella. Yo cerré ojos, fingiendo sueño por el alcohol. Su boca en mis tetas, chupando avaricioso, olor a saliva y piel sudada. Gemía bajito, ‘Sabe bien, ¿eh?’. Él gruñía feliz.
Desperté después, todo normal, pero con picardía en el aire. Días después, en su casa. Yo con mi top transparente otra vez. Angèle en vestido verde, tetas botando libres. ‘¡Vas a derretir la banquise!’, bromeó Matthieu. Ella me pidió ir a la pastelería. En el coche, ‘¡Saca la polla, Williamounet!’. Manó despacio, piel suave envolviéndola. ‘Me encanta pajear otra verga’, susurró, olor a su perfume y mi excitación.
‘¿Qué te gusta de mí?’, preguntó mientras subía y bajaba. ‘Tu lado salvaje, puta perfecta’, respondí. ‘¡Pues vacíame la boca!’. Se inclinó, labios calientes envolviendo mi glande, lengua girando. ‘¡Joder, qué buena feladora!’, gemí. Succión profunda, saliva chorreando, bolas tensas. ‘¡Me corro!’, avisé. Tragó todo, limpiando gota a gota. ‘¿Satisfecho, biquete?’, sonrió lamiéndose labios.
De vuelta, paramos. Le abrí la falda, coño carnoso, clítoris grande. Dedos dentro, ‘¡Mételos más! ¡Síii!’, gritó. Besos voraces, lengua dulce con sabor a mi semen. La hice correrse fuerte, jugos empapando asiento, olor almizclado intenso. ‘Eres un peligro’, jadeó. Y sí, chicas, fue solo el principio. Ahora, intercambio de mensajes codificados, planes cochinos. Mi cuerpo aún tiembla recordándolo. ¿Queréis más detalles?