Dios mío, chicas, acabo de llegar a casa y aún tiemblo. Tengo que soltarlo todo, como si os lo contara en un café, bajito, con la voz entrecortada. Soy Valeria, 28 años, profe de filosofía en el instituto. Abierta al placer, sí, me encanta el sexo, las emociones fuertes, sentirme deseada hasta el fondo. Pero esto… esto ha ido demasiado lejos. O justo lo que necesitaba.
Era jueves, fin de clase. Stéphane, mi alumno de 18, se acerca discretamente. ‘Profesora, ¿está desnuda hoy bajo su falda?’, susurra. Sus palabras me queman. Toda la semana me ha mandado notitas: ‘No olvidaré cómo gozó bajo mis caricias’. Mi corazón late fuerte, huelo su colonia fresca mezclada con sudor joven.
La declaración ardiente de Stéphane en clase
‘¿Te das cuenta de lo que haces?’, le digo, pero mi voz sale débil. Se pega a mí, sus manos en mis caderas. ‘Cuando toqué tus nalgas desnudas, ¿era un fantasma? ¿Y tu humedad entre mis dedos, como un río?’. No puedo retroceder. Su aliento caliente en mi cuello. ‘No era un espejismo, Stéphane. Era un oasis. Bésame…’
Me aplasta contra la puerta del aula. Su cuerpo duro, joven, contra el mío. ‘No podemos aquí…’, murmuro. ‘Nadie queda en el instituto’. Su erección presiona mi vientre. Bajo la mano a su bragueta, siento esa polla rígida que soñé toda la semana. La libero temblando. Enorme, roja la cabeza, piel oscura. La acaricio con ambas manos, late como un animal.
Bajo el pantalón, admiro sus piernas atléticas. Toco sus huevos pesados, sus nalgas firmes. Huele a macho puro, hormonas. Saco la lengua, rozo el glande. ‘Por favor, profesora…’, implora. Juego: lamo, retiro, lamo la verga. Está loco. Mi coño chorrea, meto dedos en mi tanga, recojo mi jugo y lo unto en su polla. Nuestro olor mezclado me marea.
La engullo. Glande en boca, lengua en la base. La meto profunda, siento su pulso en mi garganta. Chupo fuerte, palpo huevos, meto dedo en sus nalgas. Él gime: ‘Sí, oh sí… voy a…’. Me corro en la boca su leche espesa, salada, caliente. Trago todo, mi victoria. Yo exploto también, rodillas flojas.
Nos besamos, sabores mezclados. ‘Queda entre nosotros’, digo. Sale primero él.
Lunes, cuarta reposición en casa de Franck. Llego vestida decente: falda negra, blusa blanca. Silencio raro. ‘Cherifa enferma, Hélène con deberes’, dice Franck. Solo ellos dos y yo. ‘Nueva escena: un blason del cuerpo’, anuncia.
El blason del cuerpo y el éxtasis compartido
‘Ponte esto’, saca una camisola transparente de Cherifa. Me cambio, vergüenza. ‘Todo, incluidas bragas’. Me tumbo boca abajo en el sofá, piernas sobre Franck. ‘Como en El desprecio’, dice. ‘¿Te gustan mis pies?’. Él lame mi planta: ‘Tu pie tiene caderas, tetas, coño…’. Su lengua húmeda me estremece, cosquilleo eléctrico.
‘¿Mis tetas?’. Él describe: ‘Se yerguen, traicionan tu pudor’. Manos en mis muslos. ‘¿Mis piernas?’. Caress las sube, roza mi calor.
‘¿Mis nalgas?’. Levanta la camisola. Ven mi coño mojado, rosado. Silencio. Sus dedos en mi raja, deslizan en mis labios empapados. Gimo. Me quitan la camisola, desnuda total.
Manos everywhere: espalda, cuello, culo. Levanto nalgas, invito. Se desnudan, pollas tiesas. Una entra en mi coño, profunda, fácil. No sé de quién. ‘¡Sí, folladme!’. Me llena, pechos apretados.
Cambio: chupo a uno, el otro me penetra. Grita al correrse dentro. Trago la leche del otro. Yo reviento, olas de placer.
Desnudos en la moqueta, pensativos. ‘¿Última vez?’, pregunto. ‘¡No!’, ríen. Ya duros otra vez. Me ponen en pinza: uno delante, chupando; el otro atrás, dedo en ano. ‘Si te fuerzo…’, dice. Me arrodillo, ilusión de violación. Su polla en mi culo: duele al principio, luego gloria. Me follan doble, exploto en gritos ahogados.
Ahora, ¿qué le digo a mi marido? Él nota algo, pero calla. Me excita saber que fantasea. Pero si supiera… Ay, chicas, estoy perdida en este deseo.