Confesión ardiente: Mi balada lésbica en el bosque con Chantal y duchas prohibidas

¡Dios, acabo de volver de esa balada en el bosque con Chantal y aún me tiemblan las piernas! Tengo 27 años, soy de Madrid, y adoro estas aventuras que me hacen sentir viva, con el corazón latiendo fuerte y el coño palpitando. Empezamos la tarde con shorts ajustados, el mío me rozaba la raja cada paso, y el de ella… uf, le partía el culo en dos, se veía la mancha húmeda entre las piernas. Sudábamos, el aire olía a tierra caliente y pino, y nos mirábamos con esa hambre.

—Chantal, ¿crees que llegamos pronto a la fuente? —le dije, jadeando un poco, mientras subíamos la cuesta.

La caminata que nos encendió

Ella se giró, con los pechos moviéndose bajo la camiseta fina, sudor perlando su escote.

—Paciencia, cariño. Mira cómo te has puesto… —me susurró, rozando mi culo con la mano.

Llegamos al borde del bosque, nos escondimos tras unos arbustos. El silencio, solo pájaros lejanos. Nos abrazamos, olía a su axila salada, a su coño marino. La besé, tongues enredadas, babas mezcladas. Mis dedos bajo su short, notando la costura clavada en sus labios hinchados, resbaladizos. Ella metió la mano en mi braga rota, dos dedos dentro, chapoteando mi jugo.

—Ah… sí, así… —gemí, montándome en su mano.

Sus caderas se movían, yo la masturbaba por encima del tejido empapado. Olores fuertes: sudor agrio, coño almizclado. Nuestros pechos se aplastaban, tetillas duras rozándose. Vino un orgasmo brutal, gritamos juntas, piernas flojas, nos caímos en las zarzas. Ramas pinchando la piel, pero ni lo sentimos. Nos quedamos abrazadas, corazones tronando, pieles pegajosas.

Desperté con frío, ella me besaba el cuello.

—Lucía, mi amor, hay que movernos, nos enfriaremos —murmuró Chantal, su aliento caliente en mi oreja.

—Cinco minutos más… hueles tan bien —respondí, oliendo su sudor fresco.

Salimos del matorral, desnudas casi, rayos de sol calentando nuestras marcas rojas. Subimos a la cisterna, ¡por fin agua! Un grifo viejo, chorrito marrón al principio. Nos quitamos todo: mi short se pegaba al coño, al despegarlo, ¡plop!, olor intenso a sexo viejo.

—Pásame la cantimplora —dijo ella, riendo.

La llenamos, agua fría. Primero la lavé yo. Brazos arriba, axilas peludas sudadas. Mojé el trapo de mi braga, pero… la olí primero. Ácido, salado. Lamí, lengua raspando el sabor. Ella se estremeció.

—¿Qué haces, loca? —susurró, pero no se apartó.

Lamí la otra, piel suave ahora. Bajé a sus tetas pesadas, las levanté, agua fría goteando. Chupé el pezón grande, moelleux, succionando fuerte. Ella gemía bajito, mano en mi pelo.

Lavándonos con agua, sudor y pipí juguetón

—Sigue… mmm…

Limpieza del culo: hojas pegadas, tierra en la raja. Agua corriendo, froté fuerte, oler su ano terroso. Delante, coño hinchado, labios rojos. Ecléctelo con cuidado, jugos blancos saliendo.

—Tengo que mear —dijo ella, ruborizada.

Me tumbé.

—Méame encima, por favor. Fantaseo con eso.

Se agachó, abrió labios, jet caliente salpicando mis tetas, vientre. Amarillo, fuerte olor amoniaco, picaba en rasguños. Lamí un poco, salado, agrio. Ella rió nerviosa.

—Perdona el sabor…

Ahora mi turno. Ella me puso en cuatro, juego de mamá:

—Pequeña sucia, ¡mira tu culo embarrado!

—Perdón, mamá… snif —jugué, abriendo nalgas.

Frotó duro, dedos rozando mi ano, coño chorreando. Me dio nalgadas, palmadas resonando, piel ardiendo.

—¡Ay! Más…

Metió dedos en mi coño, tres, follando rápido, agua y jugos chapoteando. Yo grité, orgasmo rompiéndome, squirt salpicando el cemento. Ella me lamió después, limpiando todo.

Nos vestimos a medias, besándonos lento. Bajamos el monte, coños contentos, pieles frescas. Nunca olvidaré ese olor a nosotras, ese pipí compartido. ¿Repetimos pronto?

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *