Confesión ardiente: Mi noche salvaje con mi chico y un desconocido en webcam

Oye, te lo cuento como si acabara de pasar, porque aún siento el calor en la piel. Vivo con mi chico, Javier, y él viaja mucho por trabajo. Solo tenemos fines de semana para follar como locos. El viernes pasado, llegó exhausto pero yo ya estaba ardiendo. Lo abracé fuerte, mis tetas contra su pecho, besos húmedos con lengua que sabían a menta de mi chicle. Olía a su colonia mezclada con el sudor del viaje, mmm.

—Ven, tengo algo que enseñarte —le susurré al oído, mordisqueándole el lóbulo. Lo arrastré al salón, la pantalla del portátil brillaba con MSN abierto. Estaba chateando en vídeo con Pablo, un contacto nuevo que había conocido esa tarde. Nerviosa, le dije—: No te enfades, amor, mira lo que estaba haciendo antes de que llegaras.

El regreso caliente y la sorpresa en pantalla

Pablo dudó, pero se animó. Bajó la cámara… joder, su polla tiesa, gruesa, venosa, saltó a la vista. La agarró con la mano y empezó a pajearse lento, el glande brillando de precúm. El sonido de su piel resbalando, chap chap suave. Javier se quedó quieto, pero vi sus ojos clavados, su respiración acelerada. Me miró, sonrió pícaro. Me eché en sus brazos, su mano bajando por mi espalda, apretando mi culo.

—Muéstrame tus tetas, Katia —escribió Pablo. Javier no esperó, me quitó la blusa, desabrochó el sujetador negro de encaje. Mis pezones duros como piedras, rosados, expuestos al aire fresco. Pablo jadeó audiblemente, su mano volando más rápido, saliva en los dedos para lubricar.

Sus caricias me volvían loca. Javier bajó la cremallera de mi falda, el tanga asomando, húmedo ya. Olía a mi coño excitado, ese aroma almizclado que nos enloquece. La falda cayó, quedé en tanga. Pablo: —¡Más, por favor, quiero ver todo!

Javier se arrodilló delante de mí, girándome para la cam. Besó mis muslos, bajó el tanga despacio, besando cada centímetro. Mi coño chorreaba, labios hinchados, clítoris palpitando. Lamida mi raja de arriba abajo, lengua plana, sorbiendo mis jugos salados y dulces. Gemí alto, —¡Ay, sí, Javier, chúpame más! —Agarré su cabeza, empujándola contra mí, el ruido de succión, slurp slurp, me ponía a mil.

Del striptease al clímax compartido

Pablo gemía: —¡Joder, qué puta maravilla! Ahora chúpale la polla a él. Me puse de rodillas, saqué la verga de Javier, dura como hierro, venas marcadas, olor a macho puro. La lamí desde la base, lengua girando en el glande, succioné fuerte, hasta la garganta casi, babeando toda. Él gruñó, —¡Cariño, qué boca tienes!

No aguantaba más. Puse la silla, subí un pie, coño abierto de par en par para Pablo. Javier metió dos dedos, chapoteo húmedo, luego su polla en la entrada. La frotó, untándola de mis fluidos, —¿Quieres que te folle delante de él? —Sí, fóllame ya —jadeé. Empujó lento, centímetro a centímetro, estirándome, llenándome. Calor, roce, plenitud total.

Pablo no pudo más, se pajeó furioso y corrió chorros blancos sobre su vientre, gruñendo como animal. Javier empezó a bombear, lento al principio, luego fuerte, palmadas contra mi culo, mis tetas rebotando. —¡Me vengo! —grité, clítoris frotándose solo, oleadas de placer. Él eyaculó dentro, caliente, espeso, goteando.

Pablo se corrió otra vez, flojito. Nos miramos Javier y yo, riendo exhaustos. Le dimos las gracias a Pablo, que pidió vernos en persona. —Ya veremos —dijimos. Cerramos la cam, nos abrazamos, su semen bajando por mis piernas. Aún tiemblo recordándolo.

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