Hace unos meses, navegando por la red sin rumbo, di con este sitio de relatos, Revebebe o algo así. Desde entonces, es mi pausa secreta en el curro. Me siento en mi escritorio, finjo que miro mails, y devoro las últimas publicaciones. Uso los filtros por categorías, busco autoras que me ponen a mil. Las mujeres escribís de puta madre, chicas. Vuestras confesiones me encienden el coño al instante.
Hoy mismo, estaba allí, piernas cruzadas bajo la mesa, sintiendo cómo mi tanga se humedecía. Leí una sobre una tía que se follaba al profe en el despacho, él le metía los dedos en el culo mientras ella gemía bajito. ‘¡Sí, métemelo más profundo!’, decía ella en el relato. Mi clítoris palpitaba, olía a mi propia excitación mezclada con el café de la oficina. Intenté concentrarme, pero mi mano bajó sola, rozando por encima de la falda. ‘Joder, qué ganas de pajearme’, pensé.
Descubriendo el vicio de los relatos en la oficina
Otro relato: una secretaria a cuatro patas, el jefe embistiéndola por detrás, sus tetas enormes balanceándose. ‘¡Fóllame como a una perra, papi!’, gritaba. Yo ya no aguantaba. Mi pezón se endurecía contra la blusa, el sudor me perlaba el escote. La polla imaginaria me llenaba la boca, salada, venosa, goteando precum. Me levanté disimulando con una carpeta, ‘Voy al baño un momento’, dije a mi compi, voz temblorosa.
El baño estaba limpio, afortunadamente. Cerré el pestillo, subí la falda hasta la cintura. Mi tanga empapada, la saqué a un lado. Olía a sexo puro, ese aroma almizclado que me vuelve loca. Me senté en el váter, piernas abiertas, y empecé a tocarme. Primero suave, círculos en el clítoris hinchado. ‘Mmm, sí…’, murmuré. Imaginé a un tío del relato arrodillado, lamiéndome. Su lengua áspera en mis labios mayores, chupando mi jugo dulce y salado.
El clímax en el baño: fantasías que explotan
‘¡Lámeme el coño, cabrón!’, le dije en mi cabeza. Metí un dedo, luego dos, chapoteando dentro de mi humedad. El sonido era obsceno, ¡plop plop!, eco en el cubículo. Mis tetas, 85D bien firmes, saltaron libres de la blusa. Las apreté, pellizcando los pezones rosados, duros como piedras. El placer subía en oleadas, mi ano se contraía queriendo atención. Escupí en un dedo y lo metí despacio, ‘¡Ahhh, joder, qué rico!’.
Cambié de posición, me puse de pie, una mano en la pared, culo al aire. Imaginé su polla gorda rozando mi raja, el glande morado empujando. ‘¡Métemela toda, rómpeme!’, gemí bajito. Me follaba a mí misma con la mano, dedos rápidos, el clítoris frotado con el pulgar. Olor a sudor, a coño en celo, a semen imaginario. Mis rodillas temblaban, el orgasmo venía como un tren.
‘¡Me corro, sí, sí, fóllameee!’, susurré entre dientes. Explosé, jugos chorreando por mis muslos, contracciones brutales en la concha y el culo. Me dejé caer, jadeando, lamiéndome los dedos con gusto a mí misma. Me recompuse, sonrisa tonta, y volví al escritorio como si nada. Pero ya ansío la próxima pausa… Gracias a vosotras, putitas confesoras, por estas descargas salvajes.