Ay, amiga, si supieras lo que me pasó… Estaba temblando en esa celda oscura, el olor a humedad y hierro viejo me ahogaba. La Duquesse de Longueville me miró con esos ojos fríos, su perfume dulzón invadiendo todo. ‘Ven, catin’, me dijo con voz ronca, acercándose tanto que sentí su calor entre las piernas.
No pude resistir. Sus manos, frías como el acero del collar que me puso al cuello, bajaron por mi pecho. ‘Quítate eso’, ordenó, y mis dedos temblorosos desabrocharon el corsé. Mis pechos saltaron libres, los pezones duros por el miedo… o el deseo. Ella rió bajito, ‘Mira qué tetas tan ricas, Caroline. Aramis te las chupaba bien, ¿eh?’
La trampa en los sótanos
Me empujó contra la pared húmeda, su boca se clavó en mi cuello. Mordiscos suaves, lametones calientes. Olía a jazmín y sudor excitado. ‘Abre las piernas, puta’, susurró, y yo… Dios, yo obedecí. Sus dedos se colaron bajo mi falda, rozando mi coño ya mojado. ‘Estás empapada, zorra. Te gusta esto.’
Grité cuando metió dos dedos dentro, curvándolos justo ahí, en ese punto que me hace ver estrellas. Plop, plop, el sonido húmedo resonaba en la celda. Mis caderas se movían solas, contra su mano. ‘Sí, así, muévete para mí’, jadeó ella, besándome el hombro. Su lengua sabía a vino tinto, amarga y dulce.
Me volteó de espaldas, mi cara contra la piedra fría. Sentí su aliento en mi culo. ‘Qué nalgas tan perfectas.’ Luego, su lengua… ay, su lengua lamiendo mi raja desde atrás. Chup, chup, sorbiendo mis jugos. Gemí fuerte, ‘¡No, por favor… oh, sí!’ Mis rodillas flaqueaban, el placer subiendo como fuego.
‘De rodillas ahora’, mandó. Caí al suelo sucio, su coño delante de mí, depilado, hinchado, brillando. ‘Lámeme, como Aramis te enseñó.’ Dudé un segundo, pero el collar tiraba. Acerqué la boca, inhalé su aroma almizclado, salado. Mi lengua tocó su clítoris, redondo y duro. Ella gruñó, agarrándome el pelo. ‘Más profundo, lengua adentro.’
Placeres forzados y orgasmos incontrolables
La lamí como loca, saboreando su miel espesa. Sus muslos temblaban, apretándome la cabeza. ‘¡Sí, catin, así! ¡Me corro!’ Gritó, un chorro caliente me salpicó la cara. Tragué, excitada como nunca. Entonces me levantó, me tumbó en un jergón mugriento. ‘Tu turno.’
Se sentó en mi cara, restregando su coño chorreante. Asfixiada pero gozando, lamí todo. Sus pechos rebotaban encima, pezones rosados. Bajó, 69 perfecto. Sus dedos en mi ano, uno entrando despacio. ‘Relájate, te va a gustar.’ Dolor y placer mezclados, grité en su coño.
Cambié de posición: ella de perrito, yo detrás. Metí la lengua en su culo, dedos en su chucha. Brincaba, ‘¡Fóllame más!’ Olía a sexo puro, sudor, fluidos. Mi clítoris palpitaba, toqué el mío mientras la follaba con la mano. Orgasmos dobles, gritos ahogados, cuerpos sudados pegados.
Al final, exhaustas, ella me besó suave. ‘Buena chica. Mañana más.’ Me dejó allí, temblando de placer residual, el sabor de ella en mi boca. ¿Salvación? ¿Aramis? Ahora solo quiero más…