Ay, amor, acabo de llegar a casa y aún huelo a sal, a crema solar y a su coño jugoso. Te cuento todo como si estuviera susurrándotelo al oído, eh… Caroline y yo, esta tarde, fue una locura total. La encontré en la parada del bus, radiante con su minifalda vaquera y ese top que le apretaba las tetas. La cogí de la mano, piel suave, cálida, y la llevé a mi cala favorita. Nadie va allí, es nuestra.
Saltamos la verja, el metal frío contra mis muslos. Extendimos las toallas en la arena caliente, que quema un poco las plantas de los pies. ‘Muéstrame tu bikini, preciosa’, le dije. Se desató el top rosa, ¡uf!, tetas firmes, pezones ya duros por el aire marino. Sonreí, pasé la lengua por mis labios. ‘Ahora tú’, murmuró ella, voz ronca.
La playa escondida y el primer toque
Me quité el top rojo de un tirón, el short de jean bajando con meneos del culo. Mi bikini amarillo, diminuto, deja ver todo. Nos miramos, el sol brillando en nuestras pieles sudadas, olor a mar y a excitación. ‘¡La última en el agua es una puta!’, grité riendo. Corrimos, splash, agua tibia envolviéndonos, sal en la boca. Emergió delante de mí, agua chorreando por su pelo rubio. Le alisé el cabello, mojado, pegajoso. ‘Perdiste, Caroline. Eres mi traidora, mi zorra’, susurré antes de besarla. Lenguas enredadas, cuerpos frotándose bajo el agua, sus tetas contra las mías, duras como piedras.
Salimos, arena pegándose a las piernas húmedas. Nos tumbamos. ‘No te quemes sin crema, cariño’, dije sacando el tubo. Se quitó el top, pezones erguidos. Unté mis manos, crema fría deslizándose. Empecé por el cuello, hombros… subiendo lento a sus tetas. Las masajeé, rodando los pezones entre dedos, ella gimiendo bajito, ‘Mmm… Marie…’. La crema chorreaba, mezclada con sudor. Bajé a las piernas, muslos temblando. ‘¡Quítame el tanga!’, suplicó. Lo arranqué, empapado de mar y de ella. Dedos alrededor de su coño hinchado, olor fuerte, almizclado. Uno entró, caliente, apretado. ‘¡Sí, joder, hazme correr!’, gritó. Dos, tres dedos, chupando mi dedo con su jugo salado, dulce. Se corrió temblando, grito ahogado por las olas.
De la calle al apartamento: orgasmos sin fin
‘Ahora yo…’, dijo jadeando. Pero no, ‘Más tarde, vamos a mi casa’. Nos vestimos, mirándonos con hambre. Caminando por la calle, su tanga mojado le rozaba, caminaba torpe. ‘No aguanto más’, susurró. La metí en un callejón oscuro, pared fría en su espalda. Mano bajo su falda, dedos en su coño chorreante. Me pegué a su culo, follándola con la cadera mientras la masturbaba. Ella metió su mano también, frotando clítoris. ‘¡Me corro! ¡Ahhh!’, gemido eco en la sombra, olor a sexo en el aire húmedo.
Llegamos a mi piso, pequeño, cálido. Directo a la ducha, agua caliente golpeando pieles. Nos enjabonamos, espuma resbalando por curvas. La doigte bajo el chorro, ella gritando ‘¡Más profundo!’. Se corrió entre mis manos, jugos diluidos en agua. Secas, a la cama. Primera vez, 69, su lengua en mi coño, yo lamiendo el suyo, sabores mezclados, gemidos ahogados en carne. Luego misionero, tribbing, frotando coños calientes, sudorosas. Metí el dildo, grande, vibrando. ‘¡Fóllame fuerte!’, pedía. La puse a cuatro patas, embistiéndola, nalgadas rojas. Orgasmo tras orgasmo, sábanas empapadas, olor a sexo puro.
Horas después, agotada, la dejé ir. Mi coño palpita aún, recordando. ¿Quieres detalles más sucios? Pregúntame…