El precio de la libertad: mi confesión erótica con Maxime y Quentin

¡Ay, chicas! No sé por dónde empezar… Tengo 27 años, soy española, vivo en Francia por estudios y… uf, Maxime es mi todo. Pero esa noche… Estaba desnuda en nuestra habitación de la colocation. Yo de pie, piernas abiertas, brazos contra el espejo grande. Él sentado en el suelo, su lengua en mi coño, tres dedos dentro, moviéndose rápido. Gemía bajito, el calor subía, mi clítoris hinchado palpitando contra su boca. Olía a mi excitación, ese aroma dulce y salado que me vuelve loca.

De repente, tocan la puerta. Yo aplasto mi sexo contra su cara, no pares, le susurro. Entra alguien. ‘¡Oh!’, dice una voz de chica. Sigo gimiendo, más fuerte, mis jugos chorreando en su barbilla. Maxime lame sin parar, dedos curvados tocando mi punto G. ¡Me corro! Grito, cuerpo temblando, piernas flojas. La chica sale justo entonces.

La llegada de Quentin a nuestra vida

Al día siguiente, era Manon, nuestra coloc. Me pide perdón, dice que no podía dejar de mirar mi cuerpo en éxtasis. ‘Tienes un cuerpo de ensueño’, me dice. Sonrío, le confieso que me excitó saber que nos veía. ‘Si no cuentas que somos exhibis, no diremos que eres voyeur’. Nos reímos, fantaseando con locuras en la colocation.

Maxime me dice que soy demasiado perfecta. Quiere que le haga celoso. ‘Ve a la ducha sin bata, cuéntame las reacciones’. Discutimos. Yo: ‘¿Y cuándo le digo stop al que me liga? ¿Cuando mete la lengua? ¿La mano en mi culito? ¿Su polla en mi ano?’ Se pone durísimo. Le pregunto si alguna vez quise a otro. Me sonrojo. Le cuento lo de Théo, su iniciación, y la mamá de Théo… Me folló porque quise tanto.

Mientras hablo, él dentro de mí, quieto. Yo le aprieto con mi vagina. Se corre, yo también, gritando.

Luego, Maxime habla de Quentin, su paciente en silla de ruedas. Chico guapo, musculoso arriba, pero no eyacula ni orgasmea. ‘Podrías conocerlo’, dice. Yo: ‘¿Estás seguro? Si lo hago, será contigo mirando, y me correré como loca’. Acepta.

Vamos a casa de Quentin. Bebemos, charlamos. Le digo: ‘¿Te gusto?’. ‘Tendrías que ser muy exigente’. Me desnudo lento. Sus ojos… wow. Me monto en sus piernas, beso su boca, dura y caliente. Sus manos en mis caderas, bajan a mis nalgas, amasándolas. Me quita la ropa, lame mis tetas, succiona pezones duros. ‘Qué buena estás, qué sabor…’. Gimo, miro a Maxime. Me corro en sus brazos, gritando.

Vamos a la cama. Me monto en su polla tiesa, dura como hierro. Muevo el culo lento, su olor a hombre fuerte, sudor mezclado con mi humedad. Me giro para ver a Maxime, froto mi clítoris. Él masajea mis tetas. ¡Otro orgasmo! Luego, me mojo los dedos, meto en mi ano… lo preparo. Maxime sufre, pero su polla dura.

Quentin me folla el culo, fuerte, profundo. Gruñe, yo chillo, placer quemando. Horas así, no paran. Al final, exhausta, dormida en sus brazos. Maxime entra, huele a sexo, sudor, mi coño.

El club libertino y las reconciliaciones

En la ducha, reímos, gemimos más. Al irnos, le digo a Quentin: ‘Serás mi amante cuando Maxime no baste. Vendré sola, haré todo lo que pidas, pero sin sentimientos’. Acepta. Me monto otra vez, beso febril, froto mi coño en su polla.

Días después, traigo a Manon. ‘Míranos o vete, pero no toques’. En la cama, nos besamos, lenguas enredadas, sabor a menta y deseo. Sus dedos en mi coño, yo en el suyo, chupando clítoris hinchado. Gemidos altos, cuerpos sudados pegados. Maxime mira, frustrado.

Voy a ver a Quentin sola. Guêpière, medias, sin bragas, abrigo encima. Maxime toca mis nalgas, pero: ‘No es para ti’. Vuelvo rota, follada toda la noche. ‘Te contaré todo mañana’, digo, durmiendo.

Otra vez, marcas de fusta en mi culo. Yo pedí castigo por puta. Compramos juguetes.

Con Manon y Quentin, doble penetración. Gode enorme de Manon en mi coño, Quentin en culo. Dolor-placer, estirada al límite. Orgasmos brutales, vecinos llaman.

Luego, estudio abroad, nos separamos. Años después, Maxime me ve en club libertin. Yo en levrette, guêpière, tetas fuera, follada por un tatuado enorme. Polla gruesa entrando-salida, mis gemidos. Doble peni con otro.

Me ve, paro. Lloro. Hablamos. ‘No soy yo, es mi cuerpo…’. Me lleva a su casa, dormimos. Fin de semana con padres, pide mi mano. ¡Sí! Y en baño, limpiamos su camisa… toda la semana follando.

Ahora casados, felices. Pero echo de menos esa locura. ¿Celos? Me hacen amar más.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *