Confesión Erótica: Mi Noche Salvaje con un Desconocido en Beaune

Caía una llovizna fina, chicas. Mis tacones de aguja chapoteaban en el pavimento mojado. Eran las cinco de la mañana en Beaune. Llevaba medias de rejilla y un corsé negro apretándome las tetas. Volvía a casa después de una noche loca en el club de los ‘Once mil Vergas’. Mi abrigo ceñido contra el pecho, el frío colándose entre mis muslos desnudos.

Yo, Sofía, 28 años, española en Bourgogne por los vinos. Pelo rubio largo, ojos azules, boca carnosa. Mi marido es un pringado, pero no divorcio. Él es figura pública, yo tengo mi dominio vitivinícola. Independiente, cachonda a tope.

El Accidente Bajo la Lluvia y el Rescate Inesperado

Subí a mi Mini roja, arranqué. Puse Nabucco en el CD. ‘Mi marido es un nulo’, pensé. Recordaba la noche: coca para ponerme a tono, Bernard, mi maestro de bodega y amante, me guió al club. Me vendó los ojos, chupé pollas anónimas. ‘Ellos te conocen, tu gozo será mayor’, me dijo.

De repente, un gato en la calle. Embardé, pillé las papeleras. Neumáticos chillando, olor a goma quemada. Paré a metros de un tío caminando.

Él corrió. Abrió la puerta, mi cabeza cayó a sus pies. Vomité en el arroyo. Mi tacón roto, muslo en rejilla asomando.

—¿Estás bien, señora?

Levanté la vista. Alto, moreno, barba de tres días, unos 35. Olía a cerveza y tabaco.

—Dios, qué pinta tengo…

—Tuve suerte de no matarte. Ibas rápido.

Era Balou. Le reconocí vagamente. Me ayudó a arreglarme.

—No es bueno ir casi desnuda bajo un abrigo, con esta lluvia.

—Cállate y ocúpate de tus asuntos.

Intenté arrancar. Nada. Él probó. Muerto.

—Taxi a las cinco? Olvídalo. Ven a mi piso, café. Vivo cerca.

—No te conozco.

—Soy un tipo normal, no un violador. Tú decides, burguesa.

Acepté. Temblaba de frío, pezones duros rozando el corsé. Lluvia otra vez, aire helado en mi coño húmedo aún de la noche.

Su piso: caos de soltero. Olor a café y croissants del microondas.

—Ducha ahí. Peinador.

Me metí bajo el agua caliente. Jabón, vapor empañando el espejo. ‘Qué puta soy’, pensé. 28 años, piel firme, tetas redondas, culo prieto. Me sequé, peinador enorme envolviéndome.

—Café, Eli… digo, Sofía.

—Llámame Sofi. Mmm, delicioso.

Comí croissants, él me miraba las piernas. Pelo mojado, olor a su jabón en mi piel.

—¿Vives solo?

—Sí, ya ves el desorden.

Charlamos. Vida, vinos. ‘Es majo, guapo. Me equivoco con él’, pensé.

Explosión de Placer en su Apartamento Humilde

Me levanté, peinador abriéndose, muslo blanco. Sentí su mirada quemándome el culo.

Volví con su jersey. Llamé taxi. Besos castos.

—Nos vemos, ¿vale?

Días después, le mandé vino de mi bodega. Él vino a agradecer.

Vestida rústica: pantalón escocés, botas. Visita a chais. Solos.

Explicando barricas, olor a roble y vino nuevo. Degustamos.

—Tu compañía me enerva ya, Sofi.

—¿Quieres probar mi néctar?

Le besé el lóbulo. Mano en su bragueta. Dura. La saqué.

Polla gruesa, venas pulsantes, olor masculino intenso.

—Desde aquella noche te deseo.

De rodillas, la lamí. Gland morado, salado. Chupé despacio, succionando. Él gemía: ‘¡Joder, qué boca!’

—Para, voy a correrme.

—No aún.

Dedos en sus huevos, lengua en el frenillo. Él gritó, esperma caliente en mi boca, cara, pelo. Tragué, lambí.

—Nunca tan bien.

Al dormitorio. Desnuda, él lamió mis tetas, pezones duros crujiendo. Dedos en mi coño empapado, olor a excitación.

—Fóllame el culo.

De rodillas, lengua en mi ano, lubricando. Polla entrando, estirándome. Dolor-placer. ‘¡Más profundo!’

Clavándome, mano en clítoris. Grité, orgasmo violento, jugos chorreando.

Él corrió dentro, gruñendo.

Luego misionero. Piernas en su cintura.

— Mírame al correr.

Pompadas fuertes, piel chocando, sudor salado. Besos, mordiscos. Corrimos juntos, chillidos míos, rugidos suyos.

Noche de vinos, pollas, orgasmos. Ahora quiero más. ¿Y tú, chica, has vivido algo así?

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *