Ay, chicas, no sé por dónde empezar. Bueno, todo pasó hace unos días, como si fuera ayer. Fred, ese comercial de ojos azules, pelo rubio oscuro, casi 1,80. No es un Adonis, pero tiene ese encanto… simpático, que te hace decir sí a un café. Lleva cuatro años viniendo a la oficina, trayendo suministros a mis jefes. Siempre se reía fuerte, me guiñaba el ojo de lejos. Yo, 27 años, soltera pero con mi chico en casa, sentía esa chispa.
El jueves pasado, ¡zas! Cambiamos al tuteo. ‘¿Por qué no viniste al café la otra vez?’, me dice con esa sonrisa. ‘Caí mal, tenía un dossier’, respondo. ‘Estaba decepcionado, ¿sabes?’. Le miro fijo: ‘Invítame otra vez y voy’. Al día siguiente, por teléfono, me pasa su móvil. ‘Llámame cuando quieras ese vaso’. Esperé cuatro días. Le texto: ‘Esta noche, tal sitio. ¿Libre?’. Claro que sí.
El primer café y el cambio de tú
Llego, él en su coche. Aparcamos, entramos al pub vacío. Huele a cerveza rancia y madera húmeda. Nos sentamos frente a frente. Él nervioso, juguetea el vaso, evita mis ojos. ‘¿Qué te pasa?’, le digo directa. ‘Nada… es que eres guapa’. Río. ‘Tú también me gustas, Fred. ¿Casado, eh? Dos niños, el peque de dos meses’. Se sonroja. ‘Sí, pero… contigo es diferente’. Hablamos de todo, deseo en el aire. Al bajar del coche: ‘¿Cuándo nos vemos?’. ‘¿Mañana almuerzo?’. ‘Vale’.
Al día siguiente, mismo pub. Ya no nervios, risas. Nos besamos por encima de los platos. Sus labios suaves, sabor a vino tinto y tabaco. ‘Mmm, sabe bien’, murmuro. Él gime bajito. Toda la semana así: llamadas, besos en la calle Mouffetard. ‘Me estás volviendo loco’, dice. ‘Como un crío de 12 años’. Yo: ‘Pues ven, juguemos’. El miércoles, media tarde libre. Me recoge en Place d’Italie. Vamos a Saint-Germain-en-Laye. Paseamos de la mano, la gente nos mira raro por la diferencia de edad. Me excita. Viento fuerte, me pego a él. Su olor: colonia fuerte, piel salada. Le beso el cuello. ‘Vamos a un sitio calentito’, susurro.
La primera follada en el hotel de lujo
Hotel 4 estrellas. Recepción: el tipo nos mira mal, sin maletas, cash. Subimos. Él sentado en la cama, tieso. ‘No quiero que pienses mal’, dice. Yo, de rodillas frente a él, subo mi falda gris despacio. ‘¿Arriba o abajo primero?’, pregunto, mostrando ligueros negros, tanga. Sus ojos se abren. Le desnudo: camisa blanca, corbata. Su pecho suave, algo de vello. Bajo al pantalón, su polla dura contra la tela. La saco, gruesa, venosa. Huele a hombre, a deseo acumulado.
Me monto a horcajadas, él aún vestido. Froto mi coño mojado contra su verga. ‘Joder, qué dura’, gimo. Le pongo el condón, experta. Me empalo despacio. ¡Ahhh! Duele rico, me llena. Grito: ‘¡Sí, Fred!’. Él empuja fuerte, manos en mis tetas, pellizca pezones. Sudor, jadeos. Cambio: de lado, él detrás, me folla profundo. Olor a sexo, pieles chocando, slap-slap. ‘Más rápido’, pido. Gime: ‘Eres tan apretada…’. No me corro, pero él sí, gruñendo, temblando.
Después, abrazados. ‘¿Haces correr a tu mujer?’, pregunto. Se ríe nervioso: ‘Supongo’. ‘Pues yo quiero más’. Pero noche, debe volver. Llama a su casa: ‘Saliendo de reunión, amor’. Yo sonrío. En casa, mi chico triñando papeles. Le quito todo, pongo pie en su muslo, muestro ligueros. ‘Te deseo tanto’. Esa noche, orgasmo brutal con él. Fred… affaire a seguir. ¿Qué haré ahora?