¡Dios, aún tiemblo al recordarlo! Mi marido me llevó a ese gîte libertino este fin de semana primaveral. Yo, con 28 años, abierta como nunca, excitada por la idea. Él, en sus cincuentas, sabe que adoro esto. Llegamos, nos recibe el anfitrión. Cena preparada para cinco, pero ellos no comen con nosotros. Subo a la habitación, me visto con mi lencería Agent Provocateur: encaje negro, transparencias que marcan mis pezones duros. Me miro al espejo, el corazón late fuerte, mi coño ya humedece.
Bajo las escaleras a las 20h. Ruidos abajo. Tres tíos en el bar, charlando. Cuarentones en plena forma. Se giran, ojos clavados en mí. Siento un cosquilleo en el clítoris, mareo leve. Sonrío a mi marido, sé que seré la reina. ‘¡Hola, guapos!’, digo con voz ronca. Se presentan: Marco, italiano robusto, manos ásperas; Yohann, alto rubio, deportista; Célestin, martiniqués, prof de gym, piel oscura y firme.
La llegada al paraíso prohibido
Aperitivo. Yo sirvo, coqueteo. ‘¿Qué os gusta en la cama?’, pregunto riendo. ‘A mí, las mujeres como tú, calientes’, dice Marco. Manos rozan mis muslos, risas. Calor sube. Mi marido me lleva al salón, me pone a cuatro patas, venda en los ojos. ‘Descubridla’, dice. Sus manos everywhere: pechos apretados, nalgas abiertas, dedos en mi coño chorreante. ‘¡Mmm, qué mojada!’, gruñe Yohann.
Boca abierta, buscan mis labios. Primera polla: gruesa, glande enorme, bolas peludas, olor a hombre maduro. ‘Marco, ¿verdad?’, digo lamiendo. Chupó fuerte, saliva gotea. Segunda: larga, curva, circuncidada, sabor vainilla. ‘¡Yohann, rico!’. Tercera: enorme, densa, piel fresca, almizcle exótico. ‘¡Célestin, joder, qué monstruo!’. Ríen. Ropa vuela. Yo solo collar y medias. Dedos en ano y coño, gimo: ‘¡Más, folladme ya!’.
Vendas cae. Miro a mi marido, conexión total. Yohann me agarra por caderas, levrette profunda. ‘¡Ahhh, sí, clávamela!’, grito. Bombeada ritmada, huevos chocan contra mi clítoris, chapoteo húmedo. Chupo a Marco y Célestin, mano en freños, babas por barbillas. Marco cambia, su polla gorda me llena: ‘¡Me corro!’. Orgasmos míos, temblores.
El clímax con tres vergas duras
Veo a Célestin tumbado, verga negra brillante. Monto, empalo despacio: ‘¡Ufff, me parte!’. Subo y bajo, tetas rebotan. ‘Yohann, el culo, porfi’, suplico. Lengua en mi ano, saliva caliente, entra suave. ‘¡Sííí, los dos!’. Doble penetración: coño y culo llenos, fricción loca. Marco en boca, folla garganta: ‘¡Traga, puta!’. Grito, squirt, olor a sexo denso, sudor, semen.
Jalearon dentro, luego fuera: leche caliente en tetas, cara, boca. Lamo pollas limpias, gusto salado. Mi marido me besa, me folla en esa mezcla pegajosa. ‘Te quiero así’, murmura. Duchita rápida, picamos algo. Brindamos. ‘¡La primera DP, flipé!’, confieso. Ojos en Célestin. ‘Otra ronda?’, pide mi marido. Sonrío, chupo las cuatro pollas: suyas tres duras de nuevo, la de él tiesa.
Noche larga. Célestin en mi culo: ‘¡Despacio, amor!’. Entra, me estira, placer dolor. Mi marido mira, se pajea. Follando sin parar, orgasmos múltiples, cuerpos sudados, gemidos eco. Al amanecer, exhausta, feliz. ‘Volveremos’, le digo a mi rey candaulista.