Confesión Caliente: Mi Primera Vez con una Mujer en la Mesa de Billar

Nunca había sentido ni la más mínima atracción por una mujer antes de conocer a Juliana. Ni ella por mí, creo. Pero la vida da vueltas raras, ¿no? Cuando nos presentaron, nos quedamos mirándonos con la boca abierta, sin entender qué nos pasaba. ¿Un flechazo? Imposible. ¡No con una mujer! Pero el deseo no se manda.

Esa noche, en mi club de billar, intentábamos ignorar esa electricidad que nos quemaba desde hacía semanas. Yo cerraba todo, oliendo a madera vieja y cerveza derramada. Ella vino a verme, sin avisar. Nuestras labios chocaron de golpe, como imanes. Su boca suave, besos tiernos… el tiempo se paró. Me abandoné, apretándola contra mí. Sudor fresco, piel caliente. Olía a su perfume mezclado con deseo.

El Encuentro que lo Cambió Todo

De repente, Juliana se apartó, jadeando. Sus ojos grandes, asustados.

—¿Tienes miedo? —le susurré, voz ronca.

—Sí… un poco —dijo, como una chica tímida, mordiéndose el labio.

Yo no tenía miedo. Estaba borracha de ella. Le cogí la mano, la pegué a mi pecho. Apoyó la cabeza en mí, suspiro suave contra mi cuello.

—No tengas miedo… —murmuré en su oreja, lamiendo el lóbulo.

Volvimos a besarnos, fieros. Se quitó la camiseta, piel clara, pechos firmes. Los acaricié, pezones duros bajo mis dedos. Gemidos bajos, ‘mmmh… sí…’. Nos desnudamos despacio, como amantes. Su cuerpo… perfecto, suave como terciopelo. Olía a vainilla y excitación húmeda. Me dolió no haber probado esto antes.

A pesar del nerviosismo, Juliana me miró:

—Quiero que seas tú la primera…

La cargué, piernas alrededor de mi cintura. La senté en el borde de la mesa de billar, verde y áspera bajo su espalda. No era romántico, pero joder, qué caliente. Extendí sus muslos, su coño depilado brillando, húmedo. Pero quería más… su culo. Pasé la lengua por su ano apretado, salado, caliente. Salivita para lubricar. Metí un dedo despacio.

—Ahh! —soltó, arqueándose, respiración agitada.

Otro dedo, girando suave. Se relajó, ojos cerrados, gimiendo bajito: ‘Sí… más…’. Su ano cedía, cálido, palpitante. Olía a sexo puro, intenso. Nunca sentí algo así. Meses de deseo reprimido explotaban.

Pasión Desnuda en la Mesa Verde

—Espera… —dije, buscando lubricante en el cajón. (Nada de condones, pero jugo natural).

Volví, ella se levantó, me besó profundo, lengua danzando. Mano en mi pelo.

—¿Lista?

—Sí… fóllame —susurró, volviendo a la mesa, culo arriba.

Entré lento, dos dedos primero, luego tres. Ritmo suave, ‘plop plop’ húmedo. Sus gemidos subían: ‘¡Ay, Dios! Más fuerte…’. Sudor perlando su espalda, yo chorreando. La follaba analmente, profundo, sintiendo sus contracciones. Quería que me follara ella después, pero el clímax llegó.

Gritó alto, culo apretándome los dedos, chorro de su coño salpicando la mesa verde. Yo exploté con ella, orgasmos mezclados, gritos eco en el club vacío.

Me retiré despacio, ano rojo e hinchado. Nos tumbamos en la moqueta, pegadas. La abracé.

—Te quiero —murmuré, corazón latiendo.

Sonrió, ojos brillantes.

—Yo también te quiero.

Allí, en medio del billar, nos dormimos abrazadas. Y cada noche, aún la siento contra mí.

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