Ay, chica, no sabes lo que me pasó ayer… Estaba en el sofá, con mi peinador lila apenas cubriéndome, mordiendo un croissant mientras leía su guion. Olía a café fresco y a pan caliente, ese aroma que me pone cachonda de buena mañana. Él me miró con esos ojos hambrientos, después de terminar su obra maestra en dos días. ‘¿Qué sorpresa me tienes?’, me dijo, con la voz ronca.
Me reí bajito, sintiendo ya el calor entre las piernas. ‘Siéntate ahí y no mires’, le grité desde la habitación. Puse la canción de Joe Cocker, ‘You can leave your hat on’, esa que vibra en el cuerpo como un latido. Salí con tacones altos, medias negras, liguero y un tanga diminuto que apenas tapaba mi coño húmedo. Mi pelo suelto, maquillaje fuerte, labios rojos listos para morder.
El desayuno que lo cambió todo
Él jadeaba ya, la polla marcando en sus pantalones. Ondulé despacio, rozando mis tetas grandes contra su cara. ‘No toques… aún’, le susurré, dándole una palmada juguetona. Olía a su excitación, ese olor masculino, sudor mezclado con deseo. Me giré, bajé el tanga lento, mostrando mi culo redondo. Sacudí las nalgas cerca de su nariz, y sentí su aliento caliente lamiéndome la piel.
‘Joder, hueles tan rico…’, murmuró él, besando mi carne suave. Metí un dedo en mi raja empapada, saqué jugos brillantes. Pero no, lo aparté. ‘Solo mira’. Me froté contra su bulto duro, el jean áspero contra mi clítoris hinchado. Zzzip, le bajé el pantalón, saqué esa verga gruesa, venosa, palpitante. La piel caliente, el prepucio atrás, gota de precum salada en la punta.
De espaldas, la tragué con mi coño chorreante. ‘Ahhh…’, gemí, bajando hasta el fondo. Calor, plenitud, mis paredes apretándolo como un puño. Subí y bajé lento, chapoteo húmedo llenando el aire. Olor a sexo crudo, almizcle de mi flujo mezclándose con su sudor. ‘¿Te gusta verme de puta?’, le dije, voz entrecortada, rebotando más fuerte.
El baile prohibido y el clímax explosivo
Me di la vuelta, cara a cara, tetas en su boca. Mordisqueó mis pezones duros, succionando fuerte, leche de placer bajando por mi espalda. ‘Déjame hacer, no te muevas’, ordené, montándolo como una yegua salvaje. Movimientos circulares, adelante-atrás, mi clítoris rozando su pubis peludo. ‘¡Más profundo! ¡Sí, joder!’, gritó él, manos en mi culo apretando.
De repente, su cara cambió. Como si viera un fantasma. Pero yo seguí, apretando, ordeñándolo. ‘¡Chihuahua’s!’, soltó raro, y explotó dentro. Chorros calientes, espeso semen llenándome, goteando por mis muslos. Yo vine segundos después, temblores, grito ahogado, uñas en su pecho. Sudor pegajoso, respiraciones jadeantes, olor a corrida fresca y coño satisfecho.
Caí en el sofá, exhausta, piernas temblando. ‘¿Qué te pasó al final?’, le pregunté, limpiándome con los dedos, probando el gusto salado. Él dudó, ‘Nada, un recuerdo loco…’. Pero algo raro flotaba. Hablamos de sueños raros, de un tal Konstantinos, pero bah, el placer era real. Hoy aún siento su polla fantasma dentro. ¿Quieres detalles más sucios?