Ay, chicas, no sé por dónde empezar. Bueno, ayer mismo, ¿sabéis? Estaba con él, al borde del estanque, el sol poniéndose, el aire cargado de ese olor a tierra húmeda y hierba fresca. Nos habíamos encontrado en el bosque, como por casualidad, pero las dos sabíamos que no lo era. Hablábamos de tonterías, de libros, de Madame Bovary, y de repente… sus ojos se clavaron en los míos. ‘Ven aquí’, me dijo con esa voz ronca, grave, que me eriza la piel solo de recordarlo.
Me acercó a ese gran bloque de granito cubierto de musgo suave, mullido bajo mis nalgas cuando me sentó allí. Mi corazón latía fuerte, bum-bum, como un tambor lejano. Sentí su aliento caliente en mi cuello, olía a vino dulce y a hombre, a sudor ligero. ‘¿Quieres esto?’, murmuró, mientras sus labios rozaban los míos. No respondí, solo abrí la boca, y su lengua entró, jugosa, salada, explorando cada rincón. Gemí bajito, ‘Sí… sí, por favor’.
El encuentro que lo cambió todo
Sus manos, ásperas, expertas, desabrocharon mi blusa despacio, botón a botón. El corsé se aflojó, y mis pechos saltaron libres, los pezones duros como piedras, sensibles al aire fresco. ‘Qué tetas tan perfectas’, gruñó él, lamiendo uno, chupando fuerte. Sentí un tirón eléctrico directo al coño, húmedo ya, palpitante. Olía a mi propia excitación, ese aroma almizclado que me vuelve loca.
Me bajé la falda yo misma, impaciente, ‘Quítamelo todo’, le supliqué. Él rio, una risa baja, animal, y arrancó mi tanga con un tirón seco, rasgándola. El sonido del tejido rompiéndose, el aire frío en mis muslos desnudos, mis labios hinchados expuestos… Me mordí el labio, ‘Joder, hazlo ya’. Sus dedos gruesos me tocaron primero, rozando mi clítoris hinchado, resbaladizo de jugos. ‘Estás empapada, puta golosa’, dijo, metiendo dos dedos dentro, curvándolos, tocando ese punto que me hace ver estrellas. Entraban y salían con un chap-chap húmedo, mi coño chorreando, el olor intenso subiendo.
No aguanté más. ‘Fóllame, por Dios’, jadeé, envolviendo mis piernas en su cintura. Él se bajó los pantalones, su polla saltó dura, venosa, goteando precum, enorme, palpitante. La vista me dejó sin aire: gruesa, roja, lista para destrozarme. Me penetró de un golpe brutal, sin piedad, estirándome hasta el límite. ‘¡Ahhh!’, grité, dolor y placer mezclados, sus pelotas golpeando mi culo con un plof-plof rítmico.
La explosión de placer sin límites
Me follaba como un loco, embistiéndome contra la piedra, mis pechos rebotando, sudor goteando entre nosotros, salado en mi lengua cuando lo lamí de su cuello. ‘Más fuerte, rómpeme’, le rogaba entre gemidos. Él gruñía, ‘Te voy a llenar, zorra’, acelerando, su polla hinchándose dentro. Sentía cada vena rozando mis paredes, el calor, la fricción ardiente. El estanque chapoteaba cerca, pájaros piando, pero solo oía nuestros jadeos, slap-slap de piel contra piel.
De repente, el orgasmo me golpeó como una ola. Mis uñas en su espalda, arañando, ‘¡Me corro! ¡Síiii!’, chillé, mi coño contrayéndose, lecheando su polla, chorros calientes bajando por mis muslos. Él no paró, siguió machacándome hasta que explotó dentro, ‘¡Toma, toda mía!’, rugiendo, su semen caliente inundándome, goteando fuera con cada último empujón.
Caímos exhaustos, yo temblando, piernas flojas, olor a sexo por todas partes, semen y mis jugos mezclados en el musgo. Me miró, sonriendo, ‘Eres mía ahora’. Yo solo suspiré, satisfecha, adolorida, viva. Como Emma, pero real, crudo, inolvidable. Chicas, ¿queréis más detalles?