Ay, chicas, no sé por dónde empezar… Mi vida va perfecta, ¿sabéis? Casada con un tío guapo, vivo en el sur de Francia, trabajo como consejera conyugal, pero el sexo… uf, con mi marido es bueno, pero no como antes. Él prefiere lo anal, y yo… bueno, echo de menos esas locuras salvajes. Hace unos días, paseando por el centro iluminado buscando regalos de Navidad, lo vi. A ÉL. Mi antiguo amante, el que me abrió los ojos al placer hace ocho años. Mi corazón latió fuerte, el coño se me mojó al instante solo con verlo de lejos.
Lo seguí entre la multitud, sudando, con el olor a vainilla de mi perfume mezclándose con mi excitación. Entró en esa boutique de lencería que conozco bien, la de la directora simpática. Yo ya estaba dentro, probándome conjuntos sexys: negro con encaje, transparencias que dejan ver mis labios depilados. ‘¡Mira cómo te queda!’, me dice ella abriendo la puerta. Y ahí está, mirándome por los espejos. Sus ojos… Dios, esa mirada que me volvía loca. Me pongo roja, pero sonrío. Él también. Risas nerviosas, un fou rire que nos contagia a los tres.
El destino nos cruza de nuevo en la boutique
‘¿Os conocéis?’, pregunta la directora. ‘Sí, hace ocho años’, digo yo saltando a sus brazos, besándolo casto pero sintiendo su polla dura contra mí. ‘¿Qué tal este conjunto?’, le pregunto pavoneándome, subiendo los pechos en el sujetador. ‘Perfectos, como siempre’, responde él, ojos clavados en mi pubis a través del tanga. Huelo su colonia, esa misma de antes, y mi humedad gotea. La directora se va, y yo me desnudo más: solo medias y portaligas. ‘¿Y este naranja?’, giro, arqueo la espalda. Su bulto crece, enorme. ‘Ven, desabróchame el sujetador’, le digo juguetona.
Hablamos de todo: mi marido, parecido a él físicamente, pero sin la pasión por la lencería. ‘Me folló el culo por primera vez, me encanta ahora’, confieso susurrando. ‘Gané la apuesta’, ríe él. Mi tanga está empapado, lo saco del bolso: ‘Míralo, todo por ti’. Él me lo regaló todo: negro, naranja, rojo. Salimos al café, frotando mi muslo contra el suyo bajo la mesa, mano en su polla tiesa. ‘Para, me corro’, gime. Pero no paro.
Explosión de placer en mi casa
En su coche, en el parking, agarro sus llaves. ‘Quiero verte la polla, lamerla una última vez’. La saco, dura como piedra, venosa, oliendo a macho. La acaricio, chupo la punta salada, pero él frena: ‘No podemos, tenemos vidas’. ‘Solo mirarnos, tocararnos en mi casa’. Vamos a mi château alquilado, aire antiguo, libros por todas partes. Le sirvo Perrier, pero vuelvo en sujetador y medias, piernas abiertas en el sillón.
‘Enfúndate la polla, mírame’, ordeno. Me abro el coño depilado, húmedo, rosado, olor almizclado subiendo. Me meto un dedo en el culo, luego dos, gimiendo ‘Ahhh… sí…’. Él se pajea furioso, mano arriba-abajo, glande brillante. ‘Espera’, corro por mis juguetes: un dildo fino negro para el ano, uno grueso para el coño. Los lamo, saliva chorreando, me los clavo. ‘¡Mira cómo me follo por ti!’. Gemidos roncos, sudor perlando mi piel, tetas botando. Él gruñe, chorros blancos saliendo, yo bebo su leche caliente, salada, tragándola toda.
No paramos. A cuatro patas, le muestro mi culo abierto, metiendo el grueso: ‘¡Fóllame así mentalmente!’. Empujo, siento el estiramiento ardiente, placer eléctrico subiendo por la espalda. Su semen en mis nalgas lubrica más, me corro gritando, cuerpo temblando, coño contrayéndose vacío. Nos duchamos por separado, olor a sexo impregnado en el aire. Nos prometemos no vernos más, guardar esto como tesoro secreto. Volví a mi vida, pero… uf, chicas, sigo oliendo su esencia en mis bragas.