Éramos el 23 de enero. La reunión pintaba tensa. Mi novio Miguel y yo habíamos llamado a la banda: Simona, Anton y Cassandre. Lo del réveillon les había quedado atravesado. Para dejar claro que no era para bromas, solo pusimos zumos y galletas secas en la mesa. Al principio, hablábamos de todo y nada, bajito. Se oía más el clinc de los vasos en la mesita que las charlas susurradas. Luego me levanté, un poco solemne.
—Amigos, sí, os sigo llamando amigos. Esa noche de Fin de Año casi nos peleamos todos. Hay que admitirlo. Todo iba bien hasta medianoche. Estábamos felices, juguetones. Pero pasamos de niños buenos a adultos malos. Descontrol total. Hoy quiero saber exactamente cuándo perdimos el norte. No culpo a nadie, pero la primera en desviar la fiesta fue Simona, sin duda.
La tensión de la reunión y los recuerdos del réveillon
La rumana, que miraba sus uñas de los pies, saltó:
—¿Por qué yo? ¿Por quitarme la blusa? Me manché de vino, la limpié con agua. ¿Es delito enseñar tetas cuando todos lo hicimos el verano pasado? ¿Hay fechas para eso? Tenía calor, me sentía a gusto, con amigos… ¿Por qué esconderme? Y Bertila, yo sí llevaba bragas.
Cassandre se mosqueó, pero no habló de inmediato. Todos la mirábamos. El silencio pesaba. Se levantó:
—No es lo mismo ir sin bragas —que nadie debía saber— que quitarte la camisa para lucir pecho. Para mí es filosofía. Me encanta ir desnuda bajo la falda. Me da igual.
Yo, ya cabreada, ataqué:
—No te mira nadie si no subes a la mesa, con el culo brillante bajo las velas.
Cassandre:
—¡Cuando subí, los chicos ya tenían las pollas fuera! No seáis injustos. Siempre culpamos a las chicas. Los tíos nos calientan y luego inocentes. ¿No es una fiesta? Estaba en pelotas, como siempre. ¡Mirad!
Levantó la falda rápido: su mata pelirroja, espesa, oscura. Olor a mujer, leve, almizclado. Todos tragamos saliva.
Miguel, con su acento andaluz, titubeó, voz ronca:
—Sí, lo lamento… Bueno, no del todo, pero nos pasamos. Las chicas se quitaron todo, nosotros igual. Bailamos con la orquesta, como decimos en Granada. Tenemos sangre caliente…
Yo:
—Vale, calor, alcohol, felicidad. Nos desnudamos como en la playa. Pero ¿meter la polla de un tío en la boca? ¿No?
Simona, picada:
—Lo dices por la de tu Miguel. Olvidas que la untó en crema del pastel. Para nosotras rumanas, no se tira comida.
Anton, avergonzado:
—En la mía no había crema, y la chuparon igual.
Cassandre:
—Claro, cuando Simona empezó… No dejo sola a una amiga.
Yo:
—¡El vicio de mamar! Y yo, ¿qué? ¡Me quedé como idiota!
Miguel:
—¡No mucho!
Yo:
—No, porque tú y tus locos me desnudasteis, me tumbaron en la mesa y empezó la follada.
Cassandre:
—¡Partouze, qué palabra!
Yo:
—¿Cómo llamas tú a que me follen por delante y detrás por todos los tíos?
Cassandre:
—Exageras: solo dos, y uno tu novio.
La orgía revive con el viejo del tercero
Yo:
—Y las chicas también me lamió el coño, ¿no? Vale, Fin de Año, locuras. Anton, no tenías que pasarle a Miguel tu rollo bi. Pero peor: ¿quién tiró la ropa a la calle?
Simona:
—Otro para mí.
Yo:
—Sí. ¿Un juego? Desnudos en la nieve. Fotos de vecinos en internet. ¡Yo en primer plano, con bragas en mano y zanahoria en el culo!
Anton:
—La zanahoria… pudiste…
Yo:
—Y ¿quién invitó al del tercero?
Cassandre:
—Solo le dije sube a brindar. ¡Reveillon!
Anton:
—Fantasía de ella: follar con viejo.
Cassandre:
—Es tierno. Polla floja, mona…
Miguel:
—Conmigo sí me manoseó. Uñas sucias, hedía, pedos constantes. No mi rollo ser enculado por un viejo.
Yo:
—Ahora sube cada noche. Olvidado. Brindemos champagne.
Alivio. Risas. Hablamos de Traviata en la ópera. Timbra la puerta. El viejo Trombinard. Besos. Olor rancio, sudor viejo, aliento agrio.
Yo:
—Monsieur, hoy Cassandre. Ella sin bragas, le mola su edad y verga pequeña. Tú eliges bien.
Miguel:
—Me ponen…
Anton:
—Tiernos. Simona, estás mojada, mi dedo lo nota. Odor a coño excitado, salado.
Simona:
—Tu índice, querrás. ¡Anton, cómete el coño!
Sus lenguas chocan, succiones húmedas, gemidos ahogados. Cassandre ya arrodillada ante el viejo, polla blanda en boca. Chupa despacio, saliva gotea, gruñidos roncos del viejo. “Ay, niña, qué boquita…” Yo siento calor subiendo, pezones duros rozando blusa. Miguel me besa cuello, manos bajan falda. Dedos en mi humedad, chap chap chap. Huele a sexo, a crema vieja del réveillon recordado.
De repente, todo explota otra vez. Simona cabalga Anton, polla gruesa entrando, resbaladiza, paf paf paf contra muslos. Grita: “¡Más hondo, joder! Siento tu glande en el útero.” Olor sudor, coño abierto. Cassandre monta al viejo, verga medio tiesa frotando clítoris pelirrojo. Él jadea, manos arrugadas amasando tetas. Miguel me dobla sobre mesa, lame mi culo, lengua caliente, círculo en ano. “Bertila, qué ano apretado, sabor dulce.” Empuja polla, entra de golpe, ardor delicioso, lleno. Anton sale de Simona, me folla boca: sabor salado, venas pulsando garganta. Cassandre grita orgasmo, viejo chorrea semen aguado en su tripa.
Yo tiemblo, venida brutal, jugos chorreando piernas. Ruidos: pollas chapoteando coños, gemidos, pedos húmedos. Sudor perla pieles, mezclado olores: esperma, coño, viejo. Al final, exhaustos, riendo. El réveillon nunca acaba.