Ay, amiga, no sabes… Acabo de despertarme sudada, con el corazón latiendo fuerte. Estoy en Kinshasa, en esta casa enorme con jardín lleno de flores y mangos. Mi Jean duerme a mi lado, su pecho sube y baja tranquilo. Yo, María, 28 años, española abierta al sexo como nadie, lo miro y siento ese cosquilleo ya entre las piernas.
Me levanto sigilosa, voy al baño. Una amiga nigeriana me habló de esto: crema perfumada de canela y vainilla, te untas toda y el chico te lame hasta dejar limpio. Uff, el deseo me quema. Me echo crema por todo el cuerpo: orejas, cuello, brazos, tetas, tripa, coño… hasta los pies. Huele dulce, especiado, me excita olerla en mi piel chocolateada –sí, morena de sol español.
El regreso a casa y la sorpresa matutina
Vuelvo a la cama, meneo las caderas. ‘Cariño, despierta… Tengo una sorpresa.’ Él abre los ojos, huele el aroma. ‘¿Qué es esto, Lydia? No, María, mi puta traviesa.’ Se incorpora, yo lo empujo juguetona. ‘Solo con la boca y lengua, nada de manos. Limpia todo y soy tuya.’ Sus ojos brillan, hambrientos.
Empieza por mis orejas. Su lengua caliente, áspera, lame lento. ‘¡Ji ji! ¡Me haces cosquillas!’ Río, retuerzo. Baja al cuello, chupa suave, huelo su aliento mezclado con canela. Gimo bajito. Se arrodilla, agarra mi tobillo. Lame la pantorrilla, sube despacio, roza la rodilla, se mete entre muslos. ¡Ay! Siento su nariz cerca de mi coño abierto, palpitante, pero desvía a la cadera. ‘¡Joder, torturador!’ Suspiro fuerte, piernas tiemblan.
Repite con la otra pierna. Cada lamida quita crema, deja mi piel húmeda, sensible. Sabor suave en su lengua, no como el olor. Llega al pubis, lame mi vello rizado, roza el clítoris hinchado. Olor musgoso mío sale, cubre la crema. Me muero de ganas. ‘¡Por favor, chúpame ahí!’ Suplico, pero él resiste, héroe.
Ahora brazos: dedos, codos, axilas. Ríe cuando le digo que huele a sudor mezclado vainilla. Sube a cara: ojos cerrados, frente, nariz, mejillas. Evita mi boca, protesto. ‘¡Bésame, cabrón!’ ‘No, reglas tuyas.’ Limpia mi ombligo, lengua entra un poco, cosquillas profundas. Vientre entero: lame círculos, yo arqueo espalda.
Lo empujo al suelo, pies en cama. Limpia garganta, pliegues bajo tetas. Rodea pezones duros, chocolate oscuro. Describe ochos, gimo alto. ‘¡Ahh… por fin!’ Cuando chupa pezón izquierdo, tiro cabeza atrás. Muerde suave, tira con labios. Pierdo control, manos en su pelo. ‘¡Fóllame ya!’
El juego de la crema: lamidas y placer incontrolable
Pero no. Baja al coño: labios mayores gruesos, crema ya ida por mis jugos. Lame ninfas rosadas, brillantes. Penetra lengua en mi cueva, bebo mis mieles saladas. Sube a clítoris, lo mama. ‘¡Sííí! ¡No pares!’ Agarro su cabeza, follo su cara. Gemidos míos llenan cuarto, ‘¡Ven, métemela!’
Me tira al bed, me abre piernas. Su polla dura, venosa, apunta. Guío con mano, entra despacio. ‘¡Dios, qué suave eres!’ Dentro, veludo caliente me aprieta. Llora de placer, lágrimas en mejillas. ‘¿Lloras?’ ‘De felicidad, amor.’ Bombea lento, profundo, muerde orejas, cuello. Acelera, alterna golpes.
De repente, ruedo, lo monto. ‘Ahora yo.’ Cabalgo, aprieto coño alrededor. Tetas rozan su pecho, pezones duros contra suyos. Besos en cara, suaves. Manos en pelo, nuca. Respiramos jadeantes, sudor perla pieles. Siento venirle, jets calientes me llenan. Yo exploto, grito largo, ‘¡Aaaahhh!’ Caigo sobre él, exhausta.
Susurro: ‘Gracias a mi amiga.’ Él: ‘De mi parte también.’ Dormimos abrazados, olor a sexo, canela, vainilla.
Despertamos al mediodía, duchamos mutuo. Jabón resbaloso, besos, lo aprieto fuerte. Bajamos a comer, padre nos mira pícaro. ‘¡Pareces pescadora de perlas!’ Río, orgullosa. Comemos, hablamos de mi ‘magia’ congoleña –soy mestiza, secretos de familia. Pero eso… otra confidencia.