Oye, amiga, siéntate que te voy a contar algo que me tiene aún mojada. Imagínate: mi hermana Aurelia y yo, Marta, de 28 años, soltera y adicta al sexo duro, vemos a nuestra madre Magdalena hecha mierda. Sesenta tacos recién cumplidos, divorciada, pelo blanco, pero cuerpo de infarto: piernas musculosas de tanto caminar, culo firme, tetas que apenas cuelgan. Pero está deprimida, dice que ya no le calienta a nadie, que el sexo se acabó para ella.
— Mamá, estás buenísima aún —le decimos Aurelia y yo una tarde, sentadas en su sofá con olor a lavanda—. No es en tu cabeza, los tíos babean por ti.
La preocupación por mamá y la idea perversa
Pero nada, ni caso. ‘Me siento vieja, chicas. Hace meses que no follo y ya no soy mujer’, solloza. Nos partió el alma. Antes la criticábamos por sus amantes jóvenes, pero ahora… vacío total.
Esa noche, hablando con Aurelia por WhatsApp, se me ocurre la locura: ‘¿Y si le pagamos un escort? Uno joven, guapo, con polla de campeonato para que reviva’. Ella flipa: ‘¿Un prostituto?’. ‘No, un asistente sexual, coño. Mira, pongo anuncio’.
Lo hacemos: ‘Mujer sexagenaria busca compañero de juegos mitad de su edad para revivir juventud’. Lleno de candidatos. Elegimos tres, los vemos en un café. El elegido: Bernardo, mestizo de 30, músculos finos pero marcados, sonrisa pícara, precio razonable. ‘Perfecto para mamá’, pensamos.
Lo presentamos en la fiesta de mi sobrina. Él coquetea suave: ‘Magdalena, qué piernas más sexys’. Ella se sonroja, pero dice ‘es simpático’. No sospecha nada.
Una noche, toca a su puerta con flores. Error número uno de mamá: lo deja entrar. Vestida ligera, piernas desnudas, tetas libres bajo la tela fina. Él la mira el culo al andar, se le pone dura pensando ‘esta tía es una perra en celo’. Al despedirse, beso que roza labios, ella tiembla.
Al día siguiente, la llama para cena. Error dos: acepta. Error tres: se pone como puta de 20: falda hasta medio muslo, espalda descubierta, sin sujetador, tacones que levantan el culo, uñas rojas, pelo suelto. ‘Como cuando salgo a que me follen bien’, admite después.
Cena genial. Él, técnico informático, justo lo que ella necesita para su PC. Paseo por el río, mano en mano, miradas de envidiosos. En el coche, ¡zas! La besa, le desata la espalda, manos en tetas. Ella gime bajito, casi abre su braguette para mamarle la polla, huele a macho. Pero resiste. ‘Otra noche’, promete él.
Sola en cama, mamá se arrepiente. ‘Qué tonta, esa verga debía estar dura como piedra’. Saca su dildo, imagina su polla, se corre pensando en penetración profunda, pero frustrada. Días sin noticias, se hunde otra vez.
El encuentro explosivo: felación, penetraciones y anal inolvidable
¡Llama él! ‘Te recojo en tu casa para un potito’. Ella, mini-vestido escotado hasta riñones. Se gira por bolso, él la abraza por detrás. Manos en tetas, beso en cuello. Olor a su colonia fuerte, piel caliente. Mamá se derrite: ‘¡Ay, Bernardo!’. Mano atrás, toca paquete enorme, palpitante.
Desata cuello, vestido cae. Solo tanga. Ella se arrodilla, libera polla: gruesa, venosa, glande hinchado, olor a huevos pesados. ‘¡Joder, qué pedazo de verga!’. Boca llena apenas, saliva chorreando, bolas pesadas en mano. Chupa como loca, gimiendo ‘Mmm, sabe a hombre de verdad’.
Saca lubricante, unta coño y culo, condón estrecho para ese calibre. Al sofá, titubeando. Él lame coño: lengua en clítoris, jugos dulces, ella agarra tobillos, arquea espalda. ‘¡Sí, chúpame el ano también!’. Él obedece, lengua húmeda en ano arrugado, ella grita placer.
¡Penetración! Brazos tensos, ojos fijos. Duele al principio, sin costumbre, pero luego: ‘¡Fóllame, coño, más adentro!’. Se retuerce, pies pataleando, muslos apretando, manos arañando. Él flipa: ‘¡Qué puta tan viva para 60!’. Cambian: misionero, perrito —culo perfecto rebotando—, lado, de pie contra pared, ella encima cabalgando salvaje.
Anal: ella pide ‘Métemela por el culo, despacio’. Él empuja, ella gira cabeza: ‘¡Sí, joder mi ojete!’. Aguanta eterno, ella balbucea orgasmos múltiples. Él se corre en condón, saca, eyacula en recto y espalda. Ella jadea, baba en almohada, sudor pegajoso, olor a sexo intenso.
—Nunca me habían follado tan bien —le dice besándolo.
Accro. Se ven dos veces semana: posiciones nuevas, sitios locos. Mamá rejuvenece, nosotras lo notamos. ‘Mamá folla, fijo’, digo yo. ‘Hay que parar el pago, sale caro’, contesta Aurelia.
Decimos a Bernardo: él debe decírselo. Ella enfurece con nosotras: ‘¡¿Me pagasteis un puto?!’. Pero calma: ‘Gracias, chicas, reviví’. Él promete visitas gratis ocasionales. Y sigue: plan q perfecto, la mantiene cachonda.