Ay, amiga, no sabes por dónde empezar. Acabo de llegar a casa, aún huelo a sexo por todas partes. Ese salón lujoso, con su alfombra carmesí suave bajo mis rodillas… Dios, fue una locura total. Llevaba ese conjunto de encaje que me regaló mi pareja, tan inocente al principio. Pero ella apareció, la mujer esa del corsé negro, como salida de un sueño perverso. Olía a cuero y perfume caro, intenso. Me miró fijamente y dijo: ‘De rodillas, perra. Muéstrame lo que vales’.
Me arrodillé temblando, el corazón en la garganta. Con su fusta, me corrigió: un golpecito bajo los pechos para enderezarme, dos entre las rodillas para abrir las piernas. ‘Bien, así. Ahora, saca las tetas y manos atrás’. El viejo desde su sillón ronroneó: ‘Una mamada se hace con tetas al aire y manos en la espalda’. Obedecí, el aire fresco en mis pezones duros. Sentía la humedad entre mis muslos ya.
De Rodillas Ante la Dominatrix
Llegaron uno a uno. El primero, polla gorda, mate, circuncidada. Me encanta eso, sabes, la piel suave sin prepucio. ‘Abre la boca, saca la lengua’, ordenó ella, empujándome la cabeza. Se hundió en mi garganta, ¡glug glug!, casi vomito, saliva chorreando por mi barbilla. Olía a hombre, a sudor limpio. Me miró a los ojos mientras eyaculaba, chorros calientes, salados, directo al estómago. Lo tragué todo, limpié hasta la última gota con mi lengua. ‘Buena chica’, murmuró él saliendo.
Diecisiete, amiga. Los conté. Pollas de todos tamaños, venas palpitantes, sabores distintos: algunos dulces, otros amargos. Baveaba tanto, lágrimas, rímel corrido. Ella me pellizcaba los pezones, ‘¡Más profundo, puta!’, me azotaba el culo rojo. Entre cada una, gemía: ‘Sí, dame más…’. Mi cara era un desastre: esperma en grumos, brillando bajo la luz tenue. El último me llenó la boca hasta rebosar, tragando con esfuerzo, ¡gulp!.
Entonces ella se acercó, su coño depilado a centímetros. ‘Huele’, dijo. Almizcle femenino, excitante. ‘Lame’. Me tendí la lengua, saboreando su humedad dulce, labios hinchados. Se puso a cuatro patas sobre la mesa: ‘Ahora el culo’. Lamí su ano, suave, lubricándolo con su propio jugo. Gemía fuerte: ‘¡Sí, métela toda!’. Chupaba su clítoris, dedos dentro, ella se corría gritando, squirt en mi cara.
Del Oral al Anal: El Clímax Brutal
Pero no paró ahí. Cinco tíos listos para mi culo. Siempre se lo negué a mi pareja, duele, decían. Pero uno untó lubricante frío entre mis nalgas, dedo primero: ¡pop!, entró fácil. Luego su verga gruesa: ‘¡Aaaah!’, grité, quemaba al principio. Me empujaron la cara al culo de ella: ‘¡Lame mientras te follan!’. Pistoneaba duro, plof plof, olor a sexo anal subiendo. Eyaculó dentro, caliente, rebosando.
El siguiente, enorme, entró suave en mi ano dilatado. ‘¡Joder, qué apretado aún!’, dijo. Me corrí entonces, temblores, coño palpitando sin tocarlo. Los otros cuatro: misionero anal, perrito, de lado… Crema blanca chorreando de mi culo a coño, muslos pegajosos. El último gruñía: ‘¡Toma, zorra!’, llenándome hasta el borde. Al final, el viejo: ‘Gira y deja caer’. Abrí nalgas, ano abierto como un pozo baboso, esperma goteando lento, ¡plip plip! sobre la alfombra.
Me vine a casa destrozada, pero feliz. Fue liberación pura. ¿Qué piensas, amiga? ¿Repetiría? Claro que sí.