¡Ay, chicas, no os lo vais a creer! Todo empezó una noche al salir del cine. Mi marido y yo íbamos tan acaramelados, riéndonos de la peli, cuando noté que un tío joven nos seguía. Alto, moreno, con esa mirada curiosa. Cenamos en un restaurante íntimo, y ahí estaba él, fuera, vigilando como un perrito perdido. Luego, en el metro, se coló detrás. Pensé: ‘¿Qué querrá este?’.
Llegamos al hotel para nuestro ‘cita especial’ con mi amante. Él esperó fuera hasta que salimos. Desapareció, pero unos días después, ¡zas!, lo vi en un partido de rugby. Mi marido no se cortó y le preguntó qué coño pasaba. El chaval, Pablo, dudó, se puso rojo… y confesó que nos había visto tan felices, tan ‘compartiendo’, que quería un trocito. Había pillado que mi marido es candaulista, que le pone verme follar con otros.
El encuentro inesperado que lo cambió todo
Nos reímos y le dijimos: ‘Vente con nosotros a la próxima’. Esa noche, Pablo vio cómo mi amante me follaba como un animal delante de mi marido. Yo gimiendo, arqueándome, pidiéndole más. ‘¡Sí, fóllame duro!’, gritaba yo, sudando, oliendo a sexo puro. Pablo flipaba, con los ojos como platos. Al final, antes de irse, le hice una mamada de campeonato. Se corrió en mi boca sin tocarme, cerrando los ojos, temblando. ‘¡Joder, qué boca!’, murmuró. Le dejé mi tarjeta. Sabía que llamaría.
Y llamó. Quedamos en un bar de barrio. Estaba confuso. ‘¿Cómo puedes ofrecer a tu mujer así? ¿Y ella, cómo se deja follar sin vergüenza?’. Mi marido intentó explicarle, pero Pablo veía el amor como posesión. Su ex, Lucía, lo dejó por celos. Se imaginó a ella en mi lugar, gritando de placer: ‘¡Más fuerte, inyéctame la leche!’. Pero luego, mal rollo. Le aconsejé escribir cartas: una a sí mismo, otra a ella.
Funcionó. La convenció para cenar. Nos lo contó, y planeamos ayudarles. El sábado, entramos en el restaurante del brazo, como amigos. ‘¡Hola, qué casualidad!’, dijimos. Sandrine… bueno, yo, soy experta en romper hielo. Tactile al máximo: caricias en las manos, roces suaves. Hablamos de sexo, de parejas abiertas. Les conté cómo me masturbo delante de mi marido, cómo follo con otros y nuestro amor es más fuerte.
Lucía era como él: celosa, posesiva. ‘No soy puta’, dijo, pero sus ojos brillaban. Les di nuestra dirección. ‘Venid después’. Dudaron, pero a las 11:30, ¡timbre! Los abrazamos. En el salón, tensión. Yo me senté frente a ellos, pies entre sus piernas, subí la falda y… me abrí el escote. Mis tetas duras, pezones tiesos. Me toqué despacio, gimiendo bajito. ‘Mmm…’. Silencio total.
Me acerqué a mi marido, le chupé la polla suave, mirándolos. Luego lo monté, cara a ellos, mi culo perfecto rebotando. ‘¡Ah, qué dura está tu polla!’, jadeé, acelerando. Sudor, olor a excitación. ‘Vosotros también… follad’. Se miraron, y Pablo se lanzó a la boca de Lucía. La abrió de piernas y la empaló: ¡zas, zas! ‘¡Te quiero!’, gruñía él.
La orgía en casa: placeres compartidos y reconciliación
Yo me pegué a su espalda, besos en el cuello, masajeando huevos. Rozé la polla de Lucía al pasar, húmeda, caliente. Luego besé a Lucía: lenguas enredadas, saliva dulce. Pablo la follaba mientras ella me devoraba la boca. La aparté y le comí el coño: jugoso, salado, clítoris hinchado. ‘¡Sí, lame, joder!’, gritó ella, masturbándose.
‘Pablo, fóllame tú’, le pedí a cuatro patas, lamiendo a Lucía. Entró fácil, profundo. Olor a sexo, bofetadas de carne, gemidos. Mi marido se acercó a Lucía, la besó, mamó tetas. La tumbó, ella abrió piernas, labios vaginales relucientes. Él la penetró tierno, variando ritmo. ‘¡Qué estrecha, qué buena!’, murmuró.
Pablo se corrió en mí con un rugido, semen caliente llenándome. Mi marido hizo gozar a Lucía una, dos veces. La giró bocabajo, le lamió el culo: ano prieto, olor almizclado. Dedos dentro, ella gimiendo, follando su coño con la otra mano. Pablo la miraba, polla dura otra vez en mi boca.
Mi marido la enculó despacio. ‘¡Ay, duele… pero sigue!’. Gland dentro, ella gritando, luego pidiendo más. ‘¡Encula más fuerte, amor! ¡Mira cómo me folla el culo!’. Se corrió temblando, él dentro. Luego, Pablo y Lucía se follaron tierno. Nosotros nos fuimos, dejándolos.
Durmieron allí. Al desayuno, mano en mano, felices. Se reconciliaron. Ahora follan a tope, sin secretos. Él promete volver para que la encule yo… o él aprenda. ¡Qué noche, chicas! Todavía huelo a ellos.