Ay, amiga, si supieras lo que viví el miércoles pasado… Entré al local de reuniones, el corazón latiéndome fuerte, oliendo a café rancio y sudor fresco de la oficina. Roméo estaba ahí, con su fuegoillet en la mano, recitando como un tonto con Yul. Flora, esa zorra, me miró con ojos de serpiente, lamiéndose los labios. ‘T’es en avance’, me soltó, pero yo sabía que tramaba algo.
Me senté, cruzando las piernas, sintiendo el roce de mis medias contra la piel. Empezaron a declamar, voces graves, pasos lentos. ‘Ô Roméo, Roméo, ¿por qué eres Roméo?’, recitó Flora de repente, subiendo al ‘balcón’ imaginario. Sus manos bajaron, deslizándose por su falda, tocándose entre las piernas. Los chicos rieron, yo me quedé helada. El aire se cargó de olor a excitación, testosterona pura.
La tensión en la primera repetición
Roméo se acercó, titubeante. ‘Euh… ¿La escucho o le respondo?’, balbuceó. Flora lo atrajo, pegándolo a su cuerpo, besándolo con lengua, frotándose contra él. Sentí un pinchazo de celos ardiente en el estómago, mi coño se humedeció traicionero. ‘¡Salope! ¡Suéltalo!’, grité, pero ella siguió, gimiendo bajito, ‘Tómame entera…’. Magnus se acercó, bajando la cremallera, su polla saltando dura, venosa.
Flora se arrodilló, quitándose la blusa, pechos grandes rebotando libres, pezones rosados erectos. Chupó a Magnus primero, slurp slurp, saliva goteando, olor a sexo crudo llenando la habitación. Yul sacó la suya, masturbándose furioso, jadeos roncos. ‘¡Roméo!’, le grité, pero él dudaba, polla abultando en los pantalones. Alberto se unió, bajando su pantalón, ‘Bah…’. Flora succionaba alternando, gorgoteos húmedos, manos volando sobre vergas palpitantes.
El beso que desató el caos sexual
Yo exploté: ‘¡Tirémonos de esta casa de locos!’. Salí dando portazo, pero oía los gemidos detrás: Flora ahogándose en pollas, ‘Mmm, dadme más…’, risas guturales, palmadas en carne. Roméo me siguió al fin, ‘¡Espera!’, pero yo ardía, celosa y cachonda. Esa noche, en casa, lo follé salvaje, imaginando su polla en Flora, mis uñas en su espalda, ‘¡Dime que no la deseas!’, gritaba mientras cabalgaba, jugos chorreando, orgasmos explotando como fuegos artificiales.
Al día siguiente, en el salón de descanso, Flora coqueteaba con Roméo, ‘¿Me echaste de menos?’. Yo no estaba, pero supe todo. Y Johanna… ay, esa chica se masturbaba pensando en él, gemí en su cama ‘¡Romeoooo!’. El plan siguió: fingir ruptura, pero el deseo crece. Amiga, esta historia no acaba, mi cuerpo tiembla recordándolo, olor a semen, piel sudada, placer prohibido. ¿Quieres detalles de la cena con Johanna? Uff, eso es otra confesión…