Ay, chica, no sabes lo que me pasó anoche en esa fiesta loca. Estábamos todas en una cadena humana, corriendo como locas por el parque, riendo, saltando las barreras. Yo, Carmen, de 28 años, con mi piel morena brillando bajo las luces, vestida solo con una piel corta de castor que apenas me cubría los pechos pesados y unas botas de ante. Y ella, Marta, tan dulce, con su kimono de seda que se le pegaba al cuerpo por el sudor. De repente, en una curva, se soltó de la mano y… ¡pum! Nos quedamos solas en el laberinto de setos altos, la noche espesa, solo un poco de luz filtrándose, oliendo a jazmín y tierra húmeda.
—Vaya, estamos perdidas aquí —dijo ella, jadeando, con una risita nerviosa.
Perdidas en la penumbra del laberinto
Yo la miré, sonriendo. —No me quejo, estar sola contigo… mmm, es un lujo. He vivido peores noches.
Se sonrojó, giró la cara. Intentamos salir, pero girábamos en círculos. El aire estaba pesado, calor sofocante, como antes de tormenta. Ella empezó a tambalearse, el alcohol le pegó fuerte. —No… no puedo más, me da vueltas…
La sujeté por los hombros, su piel caliente bajo la seda. —Siéntate aquí, contra el seto. —La ayudé, suave, protectora. Suspiré exagerado. —Hace un bochorno… Hay que quitarse esto.
Me desabroché la piel lentamente, botón a botón, hasta el ombligo. Mis tetas saltaron libres, firmes, blancas como porcelana, pezones duros por el aire fresco. Ella miró, bajó los ojos rápido, pero yo vi el deseo en su mirada. —Tú también, quítatelo, te sentirás mejor.
—No… —Sacudió la cabeza, pero yo no escuché. Le desaté el kimono, sus manos quisieron parar, pero las agarré firme. —Déjame, confía.
Se dejó, obediente. La seda cayó, revelando pechos pequeños, perfectos, puntiagudos, pezones rosados como botones. Temblé al verlos, el corazón me latía fuerte, un calor me subió por el vientre. —Eres… preciosa —susurré, voz ronca.
La puse en posición de indio, piernas abiertas, kimono subido hasta la ingle. Intentó taparse, pero paré su mano. —Quédate así… —Mis rodillas tocaron las suyas, piel contra piel, eléctrica.
Puse una mano en su muslo, suave, cálido, sudoroso. Ella saltó como tocada por rayo. La retiré, despacio, y le acaricié la cara en cambio, mejillas suaves, labios temblorosos. —¿No te parece… excitante? Casi desnudas, solas en la noche… Como si nos escondiéramos para amarnos.
Sonrió tímida, asintió. Le enredé los dedos en el pelo, la atraje. Nuestros rostros cerca, su aliento dulce con vino. Presioné mis labios a los suyos. Gimió, se apartó. —No tengas miedo… —La besé en la mejilla, bajé al cuello. Ella echó la cabeza atrás, gimiendo bajito.
Cubrí su garganta de besos húmedos, chupando la piel salada. Subí al mentón, mordí suave el lóbulo de la oreja, lengua aguda lamiendo. Ella tembló, respiración agitada. Volví a su boca, taquineando labios con la lengua. Esta vez, abrió, y mi lengua entró, explorando, dulce, picante su saliva.
El estallido del deseo incontrolable
Gimió profundo, respondió, lenguas enredadas, húmedas, calientes. El beso se volvió loco, bocas devorándose, halitos jadeantes. Mis manos bajaron a sus hombros, piel de gallina, luego a los pechos. Pezones duros en mis palmas, los apreté suave. Ella maulló, arqueó la espalda.
Me incliné, lamí su cuello, garganta, bajé a los pechos. Chupé un pezón, lo mordí delicado, tirando con labios. Gritó, animal, levantó las tetas hacia mí. —¡Ay, Dios… sí…! —Palabras rotas, gemidos.
La tumbé de espaldas, ella me arrastró, piernas alrededor de mi cintura, apretándome fuerte. Roulamos, cuerpos pegados, sudor mezclándose, olor a sexo en el aire. Besos furiosos, manos impacientes bajo la ropa. Sus dedos en mi espalda, uñas clavándose leve, dolor placentero.
Pero… de repente, su marido en su mente. Se tensó, me besó más para parar. —No… espera… —Pero el beso duró eterno, yo la devoraba.
Me aparté jadeante. —Marta, me vuelves loca. Eres tan… bella. —Mis ojos ardían.
Ella me miró, fascinada por mis labios carnosos. Se lanzó, besos hambrientos, manos en mi pelo. Tocamos pieles suaves, calientes, ella dudaba pero exploraba.
Gritos lejanos… el grupo volvía. Se levantó rápido, vistiéndose. —Lo siento… fue un error, borrachera. Olvídalo.
El grupo pasó, nos separó. Lágrimas me picaron los ojos, pero sequé. No me rindo fácil. La encontré después, le invité a mi casa. —Ven el finde, porfi.
—Sí… iré —dijo, sonriendo nerviosa.
Y ahora, chica, no veo la hora. Mi coño palpita solo de recordarlo. Esa piel, esos gemidos… uf.