Era una tarde de esas que terminan cansándote el cuerpo. Mi jefe me dejó libre pronto para que pudiera ordenar las cajas en mi nuevo piso. Me había mudado hace unos días, después de romper con mi ex después de cinco años. El último año, el sexo era un desierto total, aunque al principio eso fue lo que nos unió. Saqué las llaves, abrí la puerta del edificio y subí las escaleras, muerta de pensar en desempaquetar todo.
A unos metros de mi puerta, otra se abrió. Salió un chico joven, alto, con una sonrisa que iluminaba el pasillo.
El encuentro casual que lo cambió todo
—Hola, tú debes ser la nueva. Soy Juan.
—Hola, soy Rosa.
—Si necesitas algo, aquí estoy.
Se fue hacia las escaleras y no pude evitar mirar su culo. Firme, pequeño, justo como me gustan. Sacudí la cabeza para quitármelo de la mente y entré.
Pasé la tarde y la noche deshaciendo cajas. De repente, vi que me faltaba un destornillador para montar la estantería. Salí y toqué a la puerta del vecino simpático. Abrió con una sonrisa pícara.
—¿En qué puedo ayudarte, bella dama?
Sonreí.
—La bella dama necesita un destornillador de estrella. ¿Me lo prestas? Te lo devuelvo mañana sin falta.
—Claro, pero voy contigo y el destornillador.
—Sé arreglármelas, pero vale, si quieres.
Desapareció un segundo y volvió con la herramienta. Cerró su puerta y me siguió a la mía.
—Ahora que estás aquí, aprovéchate… Quiero poner esas dos estanterías ahí.
Le señalé el sitio y lo dejé trabajar. Yo meanwhile metía la ropa en el armario y la cómoda.
Juan sudaba un poco, el olor a hombre fresco me llegaba. Pensé que se iría en cinco minutos, pero se quedó montando todo. Cuando terminó, entró en mi habitación. Me vio doblando mi ropa interior, tangas de encaje, sujetadores sexys. Tosió para avisar.
Me asusté, solté todo al suelo. Me puse roja como un tomate y me agaché a recoger.
—No te cortes, he visto de todo.
—No eran los míos.
Se agachó a ayudarme, rozando mi mano. El calor de sus dedos me erizó la piel.
—Listo, ya están a salvo en el cajón.
—¿Te invito a cenar para agradecerte? Es tarde, no he comido y no quiero sola. Puedo hacer pasta con mi salsa de tomate casera…
—Con gusto, yo tampoco he cenado.
Abrimos una botella de vino tinto, olor intenso a uva madura. Cociné hablando con él. Es informático, le gusta la misma música que a mí. El vino nos acercó, las risas fluían. Cenamos, charlamos, el ambiente se cargó de electricidad.
Del beso inocente al sexo explosivo
Llegó la hora de despedirse. Lo acompañé a la puerta.
—Gracias por la cena más rica de mi vida. Espero verte pronto.
No sé qué me pasó. Me acerqué y lo besé suave en los labios. Toda la noche deseando esa boca carnosa. Me aparté rápido, roja, pidiendo perdón.
Él se quedó quieto, sintiendo aún mis labios calientes. Me miró hablando nerviosa y no aguantó. Tomó mi cara entre sus manos grandes y me besó tierno. Respondí con hambre, abriendo la boca para su lengua. Nos besamos largo, pasional, lenguas enredadas, saliva dulce mezclada con vino.
Sus manos bajaron, me quitó la camiseta. Tosió al ver mi sujetador morado de encaje, mis tetas perfectas. Yo desabroché su camisa, su torso musculado justo lo que necesitaba. Besé su pecho suave, piel salada, subí al cuello lamiendo despacio.
Él desabrochó mi sujetador, mis pechos libres. Besó la parte de arriba, luego los pezones duros. Gemí bajito, ‘ahh…’, excitada. Mordisqueó suave, chupó uno mientras pellizcaba el otro. Agarré su cabeza, presionándolo contra mí. Olor a su pelo limpio, su aliento caliente.
Atacó mi pantalón, lo bajé con mi tanga morada. Estaba empapada, olor a excitación fuerte. Él se quitó todo, su polla dura, venosa, goteando precúm. La toqué suave, temblando de deseo. Hacía tiempo que no sentía esto.
Lo tiré al colchón en el suelo, me subí encima. Froté mi coño mojado contra su polla, resbaladizo, caliente. Él abrió mis labios con los dedos, rozó mi clítoris hinchado. Me arqueé, ‘¡joder, sí!’. Hizo círculos, introdujo un dedo. Estaba ardiendo, chorreando jugos.
No aguanté. Me puse sobre su cara. Su lengua atacó, lamió mi clítoris, metió en mi coño. Gemí fuerte, ‘¡ay, Dios!’, gritos ahogados. Sabor salado de mi humedad en su boca.
No más espera. Lo puse a cuatro patas, condón puesto rápido. Último lametón y empujó su polla despacio. ‘Mmmh…’, gruñí de placer. Caliente, apretada alrededor de él. Empezó a bombear, lento al principio.
Nunca había follado así. Mi ex lo odiaba por ‘degradante’. Sentí todo: su polla profunda, sus huevos chocando mis nalgas, ‘plaf, plaf’. Aceleró, yo moví caderas a su ritmo. Olor a sexo puro, sudor mezclado.
Empujaba fuerte, profundo. Mi coño lo apretaba, no quería soltarlo. Sentí el orgasmo venir, spasms, chorros de jugo. Grité, ‘¡me corro, aaaah!’. Él clavó dedos en mis caderas, folló violento y explotó gruñendo, llenando el condón.
Caí jadeando. Él salió, se tumbó a mi lado. Miré su polla semi-dura, cubierta de mis jugos. La lamí, sabor a mí misma, salado dulce. Endureció rápido. La chupé entera, garganta profunda, mano en huevos suaves.
—Voy a correrme…
Aceleré, lengua en el glande. Explotó en mi boca, semen caliente, espeso, tragué todo con gusto.
Me acurruqué contra él, sus brazos me envolvieron. Dormí profunda.
Al despertar, confusa. Nadie a mi lado, pero una nota.
Querida Rosa,
Gracias por esta noche increíble.
Espero verte pronto,
sabes dónde estoy.
Juan
Sonreí, feliz como nunca. El nuevo vecino iba a ser mi mejor vecino.