Estábamos de vacaciones en Collioure, ¿sabes? Mi marido se largó todo el día en un barco con un colega. Yo, para no aburrirme, decidí ir de compras a Perpignan. Pasear sola, flâner por las calles… me encanta de vez en cuando.
Estacioné el coche y empecé a deambular por esa ciudad que no conocía de nada. Primero, un cafecito en una terraza monísima. La calle peatonal estaba llena de vida, vitrinas con cosas preciosas que te llaman.
La tentación en la boutique de lencería
Entro en una tienda, veo una capita roja ligera, cortita, escotada… perfecta para calentar a los tíos en verano. La pruebo en el probador. Me queda genial, un poco corta pero joder, qué sexy. Me la llevo.
Sigo caminando, mirando escaparates, resistiéndome a no comprar todo. Y entonces, en una callejuela, ¡zas! Una boutique de lencería. De lejos, ya ves conjuntos super sexys… y lo mejor, hay tallas grandes como la mía. Entro atraída como un imán.
Me recibe una sonrisa enorme. Rubia, ojos azules que te desnudan, más bajita que yo, embarazadísima. Veinticinco o veintiocho años, carita de niña. Lleva un top escotadísimo, pechos hinchados por el embarazo, pezones duros marcándose bajo la tela fina. Falda cortísima, curvas exageradas, redondita pero con piernas finas. Me encanta.
—Hola, ¿puedo probar ese conjunto amarillo de la vitrina? —le digo.
—Claro, pasa al probador, te lo llevo ya —responde con voz suave.
Me desvisto. Me deja el conjunto en el taburete. Es un poco pequeño, le pido la talla superior. Vuelve, y… el cortinón se abre de golpe.
—Aquí tienes la otra talla —dice, mirándome de arriba abajo en un segundo. No se me escapa esa mirada…
—Eres una mujer preciosa —añade.
—Gracias, tú también, estás guapísima.
Me dice que pruebe, pero no cierra el cortinón. Sorprendida, pero no molesta —somos tías, ¿no?—, me quedo un momento en pelotas delante de ella mientras me pongo la otra.
Entra en el probador de repente.
—Te ayudo con el sujetador.
Siento su vientre calentito contra mi espalda. Sus manos rozan mis caderas altas.
—La braguita te queda perfecta —susurra, y sube las manos a mis tetas enormes, sopesándolas.
—El sujetador también, te sostiene sin aplastar esa pecho tan bonito.
No digo nada, mi respiración ya lo dice todo. jadeos cortos… Silencio pesado. Entonces, desabrocha el sujetador. Lo deja caer.
Sus manos masajean mis tetas libres, pezones duros como piedras. Me derrito, dejo que haga… Me giro, frente a ella. Mis tetas al aire.
No duda, me besa. Boca suave, hambrienta. Lenguas que se enredan, saliva dulce. Su vientre caliente contra mí.
Lentamente, quitándose el top mirándome fijo.
—Sus pechos… enormes, como obuses llenos de leche. Aréolas rosadas, hinchadas.
—¿Quieres chupármelos? —me pide con voz ronca.
El sexo desenfrenado en la tienda
Su lenguaje crudo me pone a mil. Me lanzo, chupo un pezón. Gime bajito, “ahhh…”, y siento la leche tibia en mi boca, sabor dulzón, adictivo. Paso al otro, ella acaricia mi espalda, mis hombros.
—Sigue, por favor… no pares.
Bajo su falda. Sin bragas. Sudorosa, olor fuerte a hembra excitada, musgoso, delicioso. Mientras mamo sus tetas, meto la mano entre sus piernas. Pelito rubio, empapada. Dedo en su raja resbaladiza, ella empuja contra mí.
Apenas la toco y…
—¿Me la chupas? —susurra.
¡Sí, joder, te la chupo!
—¿Aquí? No cabe…
—En la tienda, en la moqueta.
—¿Y si entra alguien?
—Tranquila, cerré con llave cuando entraste.
Esta pícara lo tenía planeado. Salgo tras ella. Sus nalgas gorditas se menean, piel perfecta, sin un defecto. Nos besamos como locas, lenguas voraces.
Ella mama mis tetas ahora, mordisquea pezones. Luego, se tumba en la moqueta, piernas abiertas. Yo de rodillas, extasiada: su barriga enorme, tetas lecheras, coño rubio chorreando.
Se toca ella misma, dedos en el clítoris.
Me pongo a cuatro patas ante su sexo. Beso suave primero, olor intenso a excitación. Luego, lengua abriendo labios carnosos, encuentro su clítoris grande, sensible. Grita “¡Sííí!”.
La devoro como una bestia: lengua dentro, boca frotando, nariz en su humedad. Ella tiembla, gruñe como animal, y explota en orgasmo, jugos calientes en mi cara.
Pero yo estoy que reviento. La monto, coño en su boca.
—Lámeme, porfa…
Ella lame torpe al principio, pero encuentro el ángulo perfecto. Su lengua en mi clítoris, yo me muevo cabalgándola. “¡Ohhh, dios!” Jugo, placer eléctrico… ¡Me corro fuerte, gritando!
Nos vestimos juntas, riendo. Me cuenta que su novio no la toca desde que está embarazada, pero ella está ninfómana, y de repente le van las mujeres curvilíneas como yo. Se creía hetero…
Le pago la lencería. Antes de irme, otro beso guloso, lengua profunda.
Salgo a la calle flotando. Esa noche se lo cuento a mi marido. No se lo cree… pero esa misma noche me folla como un loco. Los tíos son así, cuanto más les engañas, más te dan.