Eh… no sé por dónde empezar. Acabo de bajar del tren, aún huelo a él, a sudor mezclado con ese perfume de hombre maduro. Estaba en primera clase, Paris a Brive, sola en el compartimento. El sol de la tarde entraba lánguido, calentando el aire. Yo, con mi pelo corto alborotado, camiseta azul desabotonada un poco, jeans rotos en las rodillas. Me aburro, miro el móvil, pero nada. Entonces entra él. Un tío mayor, digamos 50, traje arrugado, libro de filosofía en la mano. Cubierta fea, con un tipo pensativo. Se sienta enfrente, suspira.
Nuestras miradas chocan. Sus ojos bajan a mi tatuaje, ‘sueña siempre’ en el escote. Sonrío. Él aparta la vista, finge leer. Huele a colonia cara y nervios. El tren arranca suave, campos dorados pasan rápido.
La chispa en el compartimento vacío
—¿Mal libro? —le suelto, voz juguetona.
Se sorprende, levanta la vista. —Sí… superficial. Sin humor.
Río bajito. —Si buscas risas, no compres filosofía en la estación, guapo. ¿Estudias o qué?
—No, busco curro. ¿Y tú? ¿Filósofo de gare?
Se relaja, hablamos. Sus manos grandes gesticulan. Yo me muevo, camisa se abre más. No llevo sujetador, pezones duros por el aire fresco. Él nota, traga saliva. Huele a deseo ahora, ese olor almizclado.
De repente, le digo: —¿Te follo por 50 euros?
Pálido. —¿Qué?
Río. —Es broma… o no. Solo tengo 50 en el bolso. ¿Me follas tú por eso?
Sus ojos brillan. Malicia. Cierro la cortina con un tirón. Chk, el ruido del tren ronronea de fondo. Me siento en sus rodillas, labios suaves contra los suyos. Sabe a café y menta. Lengua entra, húmeda, danzando.
—Quítate la camisa —susurro en su oreja, aliento caliente.
Manos temblorosas obedecen. Piel cálida, vello oscuro. Bajo la cremallera de sus pantalones. Su polla salta, dura, venosa. La agarro, piel suave y caliente. —Joder, qué verga más gorda —gimo.
La chupo despacio. Glup, glup, saliva resbala. Huele a hombre, a pre-semen salado. Él gime ronco: —Para… no corras ya.
—No, tú mandas… por ahora —digo, lamiendo el glande, lengua plana.
El éxtasis que nos fusionó
Me levanto, jeans al suelo. Sin bragas, coño mojado, pelos finos brillando. Empujo su cabeza al respaldo. Me monto. Su polla roza mi entrada, resbaladiza. Bajo lento. Ahhh… me llena, estira las paredes. Calor líquido nos une.
—Dios, qué bueno estás —jadeo, ojos en blanco.
Subo y bajo, clac clac contra sus muslos. Sudor perla mi espalda. Sus manos en mi culo, apretando carne. Tetas pequeñas rebotan, pezones rojos duros. Él chupa uno, dientes suaves. Placer eléctrico sube.
—No corras… espera —ordeno, voz entrecortada.
Acelero, coño aprieta su polla. Orgasmos me sacuden: ¡Ah! ¡Sí! Temblores, jugos chorreamos. Él resiste, gruñe.
Me quito la camisa. Tetas libres. Él las mama, succiona fuerte. Mordiscos dulces. Luego me giro, culo a su cara. —Lámeme todo.
Lengua en mi ano, húmeda, profunda. Zlurp zlurp. Gimo como pájita: ¡Más! Manos en sus huevos, apretando. Otro orgasmo, piernas tiemblan.
—Fóllame el culo ahora —pido.
Bajo, su polla en mi ano apretado. Duele rico, entra poquito a poco. Grasa natural ayuda. Cabalgo salvaje, piel contra piel, slap slap. Huele a sexo puro, sudor, fluidos.
—Corre dentro —suplico.
Él agarra mis caderas, empuja arriba. —¡Fóllame fuerte!
Exploto los dos. Su leche caliente inunda mi culo, chorros calientes. Colapso en él, pechos contra su pecho, respiraciones jadeantes. Tren frena, Brive cerca.
—Tu libro era una mierda, menos mal —digo riendo.
Le dejo 50 euros y una nota: ‘Mismo día, año que viene. Mejor libro. Sin retraso.’ Me visto rápido, beso fugaz. Desaparezco. Aún siento su semen goteando.