Vale, os voy a contar algo que me pasó hace como diez años, pero lo siento como si fuera ayer. Tenía veintitrés, acababa de empezar a currar un poco con mi padre en su sala de juegos arcade en las afueras de Madrid. Yo soy grande, eh, con curvas por todos lados, tetas enormes que rebotan al andar, culo ancho… como mi viejo, que es un armario con bigote y siempre oliendo a bocata de chorizo. La sala era mi territorio: moteros, chavales gritones hablando de motos y tías, yo en medio con mi chaqueta de cuero raída, botas y vaqueros ajustados que me marcaban todo.
Llegó él un día. Estudiante, flaco, pelo peinado, pinta de pijo de universidad. Se llamaba Javier. Yo lo vi pidiendo monedas a mi padre, y… uf, algo me dio. Su piel suave, ese olor a colonia fresca. Me miró de reojo, se puso rojo. ‘¿Quieres jugar al pinball conmigo?’, le solté de golpe, empujándolo un poco. Él, nervioso: ‘Eh… vale, pero tú empiezas’. Me puse a machacar el flipper, ¡pam pam!, la bola rebotando, luces parpadeando, mi sudor corriendo por la espalda, el calor de la sala pegajoso.
El primer roce en el flipper
Él jugaba fatal, sudando, rozándome el brazo cada vez. ‘Joder, qué cerca estás’, murmuró. Yo reí fuerte: ‘¿Te molesta mi calor, pijo?’. Su mano rozó mi cadera, accidental… o no. Mi coño empezó a palpitar, húmedo ya, oliendo a deseo. ‘Terminamos esta y salgo a tomar aire. Espérame en la placita de la iglesia en media hora. No se entere nadie’. Él asintió, con los ojos brillantes.
Aparecí con el coche de mi padre, un Seat viejo rugiendo. ‘¡Sube, cabrón!’. Arrancé, saliendo a una carretera solitaria. Él no paraba de mirarme las tetas bajo la camiseta. ‘Para de babear, sé que me quieres follar. Yo también estoy empapada por ti. Vamos a casa, estaremos solos hasta la noche’. Su mano en mi muslo, áspero el vaquero, pero subiendo, apretando carne blanda.
Entramos por el garaje, subimos a mi cuarto: posters de Camela por las paredes, bragas tiradas oliendo a mi coño del día anterior, sujetador colgando. ‘Siéntate’, le dije, tirando cómics del colchón sucio. Me tiré encima, boca a boca, lengua dentro, saliva mezclada, sabor a chicle y cerveza. Sus manos bajo mi camiseta, amasando mis tetas pesadas, pezones duros como piedras. ‘¡Joder, qué gordas!’, gimió. Yo le bajé los pantalones: polla tiesa, venosa, goteando pre-semen salado.
Follada brutal en mi habitación
No esperamos. Lo tumbé, abrí piernas, mi coño hinchado, labios gordos brillantes de jugos. ‘Métemela ya’. Entró de un empujón, ¡zas!, estirándome, calor húmedo envolviéndolo. ‘¡Aaaah, coño!’, grité, corriéndome al instante, paredes contrayéndose, chorros calientes. Él bombeaba fuerte, piel contra piel chapoteando, olor a sexo rancio subiendo. Gemía: ‘¡Eres una puta salvaje!’. Cambiamos: yo encima, rebotando, tetas azotándole la cara, sudor goteando en su boca.
Me la chupó después, lengua en mi clítoris hinchado, saboreando mis jugos agrios. ‘Sabe a miel, joder’. Yo se la mamé, garganta profunda, bolas peludas en mi barbilla, gemidos roncos. Anal: lubricado con saliva, entró lento, ardor delicioso, culo apretado ordeñándolo. ‘¡Fóllame el culo más fuerte!’. Fist: mi mano en su coño… no, él metió dedos, luego puño parcial, yo aullando de placer doloroso. Eyaculó dentro, semen caliente llenándome, goteando.
Siguieron horas: misionero, perrito con nalgadas resonando, 69 oliendo a sudor y semen. No condón, puro riesgo. Al final, exhaustos, piel pegajosa. ‘No quiero que acabe’, susurró. Yo: ‘Ni yo, pijo. Pero mis colegas se reirán, tu gente te mirará mal’. Aun así, seguimos. Al principio, vergüenza: sus amigos de la uni se cachondeaban, mi familia decía ‘ese niñato no es para ti’. Pero le planté cara: ‘Si te da corte, déjalo. Puedo ser tu puta secreta’. Él: ‘No, te quiero tal como eres, gorda y viciosa’.
Hoy, con veintiocho, es mi marido. Dos niñas gorditas como yo. Follamos tres veces al día: mañanas con mamada rápida, noches de sodomía. Superamos todo: su curro me discriminó por gorda, lo dejó; mi familia nos dio la espalda al principio. Pero aquí estamos, felices, follando como animales. ¿Quién lo diría?