Confesión ardiente con mi cuñado: la noche que no olvidaré

Me despierto despacito, con el calor de su cuerpo pegado al mío. Su pecho peludo contra mi espalda, y… ay, Dios, su polla dura como una piedra rozándome el culo. Huele a sexo, a sudor mezclado con el jabón del baño. Abro los ojos, la luz tenue del amanecer filtra por la ventana de la sala de baño. ¿Cuánto hemos dormido? No sé, pero mi coño rasurado aún palpita del cunnilingus de anoche.

—Rolando… —susurro, girándome un poco. Su mano ya está en mi teta, apretando suave, el pezón duro entre sus dedos. Me estremezco, un gemido se me escapa. Huele su aliento cerca, a licor y deseo.

El despertar prohibido

—¿Ya despierta, Antonia? —dice ronco, besándome el cuello. Su lengua lame mi piel, salada. Siento su verga palpitar contra mi muslo, enorme, venosa. La agarro instintivo, la aprieto. Está caliente, late.

—Sí… no pares. Me encanta sentirte así, tan duro. —Mis palabras salen entrecortadas, jadeos. Él ríe bajito, me voltea boca arriba en la toalla de la playa. Mis piernas se abren solas, invitándolo. Mi coño liso brilla, húmedo ya.

—Mira qué bonito te quedó el corazoncito —dice, pasando un dedo por el pubis. Tiemblo, el roce es eléctrico. Baja la cabeza, aspira mi olor. —Hueles a miel, a puta en celo.

—Lámeme, por favor… —suplico, arqueando la cadera. Su lengua ataca, plana y ancha sobre mis labios. Chupa el clítoris, lo succiona. ¡Joder! Gimo alto, las uñas en su pelo. Sonidos chapoteantes llenan el baño, mi jugo en su boca.

Me corro rápido, gritando su nombre. Cuerpo convulso, piernas temblando. Él sube, besándome con mi propio sabor en sus labios. Salado, dulce. Nuestras lenguas bailan, feroces.

—Ahora te follo como mereces —gruñe, colocándome a cuatro patas. Siento la punta de su polla en mi entrada, gruesa. Empuja despacio, centímetro a centímetro. Me llena, estira. Duele rico, placer punzante.

Placer sin límites en la semana extra

—Ay… ¡qué grande! Más adentro, cógeme fuerte. —Empujo contra él, chocando culos. Plaf, plaf. Sudor gotea, olor a macho. Sus bolas golpean mi clítoris, manos en mis caderas magullando.

Cambiamos posiciones. Yo encima, cabalgándolo. Sus ojos en mis tetas rebotando, pezones oscuros duros. Le pellizco los suyos, peludos. Gime, empuja arriba. Mi coño aprieta su verga, ordeñándola.

—Voy a correrme… ¡Antonia! —ruge, llenándome de leche caliente. Siento chorros, rebosando. Yo exploto otra vez, arañándole el pecho.

Nos quedamos jadeando, abrazados en el suelo frío. El teléfono suena lejano, pero lo ignoramos. Una semana entera con él. Mi marido y mi hermana lejos. Culpa? Un poco, pero el placer gana.

Después del desayuno —café y besos—, me lleva al salón. Nuevas fotos, pero ahora follando. Me pone de rodillas, chupando su polla. Flash. Saliva goteando, venas hinchadas en mi lengua. Sabor almizclado.

—Toda tuya, cuñado. Enséñame más —le digo, tragando hasta la garganta. Él gime, folla mi boca. Luego, en el sofá, misionero lento. Suspiros, besos tiernos entre embestidas.

La semana promete. Cada día, un nuevo pecado. Mi coño rasurado, su polla experta. No sé si podré volver a mi vida normal.

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