Ay, chicas, no sé por dónde empezar. Tengo 28 años, estoy recién divorciada y mi vida sexual es… intensa. Mi amante, el bibliotecario con el que tuve a mi hijo, insistió en ser el padrino. No quise romper su matrimonio, pero bueno, el bautizo llegó. Éramos en la iglesia familiar, mi tío oficiaba la misa. Todo iba normal hasta que mi bebé se hizo pipí y caca en la couche. Me fui a la sacristía a cambiarlo, olvidé el bolso. Él apareció con él, sonriendo pícaro.
Vi el hisopo ahí, ese cacharro metálico para el agua bendita, con su mango largo y la bola hueca llena de agujeros en cruz. Solté una risa tonta: ‘Mira eso, parece un vibrador, ¿no?’. Él lo miró, arqueó la ceja. Yo estaba agachada con el bebé, falda subida un poco. De repente, siento sus manos: sube mi falda, tira de mi braga a un lado. ‘¡Ey, qué haces!’, susurro, pero el corazón me late fuerte. Siento algo frío en la vulva, húmedo. Es el hisopo, lo ha pasado por agua y crema del bebé. La bola toca mi clítoris, frota suave. ‘Para, loco, que viene gente’, digo, pero… no me muevo. Huele a incienso y a mi propia humedad creciendo.
El hisopo que encendió todo en la sacristía
Él gira el mango, vrí, vrí, la bola se abre paso. ‘¡Ohh!’, gimo bajito. Empuja hondo, hasta el fondo. Mi coño lo chupa, resbaladizo, caliente. Empieza a bombear: dentro, fuera, dentro… Ritmo rápido. Siento cada bulto, los agujeros rozando mis paredes, esa cremallera en el medio arañando justo bien. Jadeo, piernas temblando. ‘¡Para, por Dios!’, pero abro más las rodillas, arqueo la espalda. El sonido: chapoteo suave, mi respiración agitada, el bebé gorjeando ajeno.
La puerta cruje. Mi madre entra: ‘¡Venga, que empieza la misa!’. Él se pone recto, me pasa la crema como si nada, el hisopo clavado en mí. Yo roja como un tomate, coño palpitando lleno. Mamá nos empuja afuera. Debería sacarlo, pero… no puedo. Camino tiesa hacia la iglesia, cada paso frota la bola dentro, ondas de placer subiendo. Me siento en el borde de la silla, solo la punta de las nalgas. La misa: nos levantamos, sentamos, mi tío me llama al micro tres veces. Cada movimiento, renfonzo el hisopo con disimulo. Sudor frío, olor a cera de velas mezclado con mi excitación. Él me mira de reojo, sonrisa de sabelotodo. Odio eso, pero mi clítoris hinchado ama el roce constante.
Termina la ceremonia, estoy en las nubes, coño ardiendo, chorreando. Dejo a mamá con los invitados, pretextamos ir a casa por botellas ‘olvidadas’. Corro casi, él detrás. Cada zancada multiplica las sensaciones, gimo interno. Llegamos, cierro la puerta y… ¡zas! Lo beso furiosa, lengua dentro, mordiendo su labio. ‘¡Eres un cabrón!’, digo entre besos, pero le arranco la camisa. Él baja mi falda, braga empapada. La arranca. Me tumba en el sofá, lame mi clítoris hinchado mientras maneja el hisopo. ‘¡Aaaah, sí!’, chillo. Saca el hisopo casi todo, gruño frustrada. Lo pone en mi culo. Desliza fácil, lubricado por mis jugos. La bola entra pop, me llena atrás.
Explosión de placer en casa con sable y hisopo
‘Ciérrame los ojos’, dice. Obedezco. Oigo ruido, siento frío en el coño: abro ojos, ¡es el sable de la familia colgado en la pared! Limpiado con mi braga. Lo mete hasta la empuñadura, un movimiento. ‘¡Joder, qué frío, qué grueso!’, pero mi coño lo devora. Me folla con los dos: hisopo en culo, sable en coño. Ritmo alterno, lleno-vacío. Olor a metal y sexo, sonidos de chapoteos dobles, mi piel erizada. ‘¡Me corro, me corro!’, grito. Primera ola brutal, tiemblo entera. Sigue, segunda explosión, chorro saliendo. ‘Basta, amor, basta…’
Me suelta, voy al baño temblando. Vuelvo, veo su polla abultada. ‘No te dejo así’. Me arrodillo, abro pantalón, saco esa verga dura, venosa. La chupo golosa: lengua en el glande, suelto las bolas, huelo su sudor masculino. ‘¡Córrete en mi boca!’, pido. Él gime: ‘¡Ya!’, chorros calientes, espeso, salado. Trago todo, limpio con lengua. ‘Hay que devolver el hisopo’, dice riendo. Lo cojo, levanto falda (sin braga), me lo meto en el coño de un empujón. ‘Lo llevo de vuelta así mismo’. Vuelvo a la sacristía sola, lo dejo limpio. Nadie nota nada.
Ahora, cada vez que veo al cura usarlo, me mojo recordando. Carne débil, chicas, pero qué placer…