Confesión caliente: Mi rendición final a Caius en la Roma antigua

¡Ay, chicas, no os lo vais a creer! Vengo de la villa, sudada, con el cuerpo aún temblando. Soy Gallia, tengo 28 años, y… bueno, esta noche ha sido… uff, una locura. Todo empezó cuando Caius llegó tarde del palacio. Su mirada cansada, pero hambrienta. Me miró como siempre, con esa ternura que me derrite, aunque yo… prefiero las mujeres, ¿sabéis? Pero él es diferente.

—Gallia, ¿qué pasa con la nueva? —me dijo mientras cenaba, su voz grave resonando en el atrio.

La rebelde Germa y mi castigo implacable

—Germa, la germana. Es una fiera, Caius. No obedece, no trabaja. La tengo encadenada. ¿Me das permiso para castigarla?

Asintió, y yo… sentí ese cosquilleo. Mandé a Domitilla y Prosia por ella. La trajeron: pelo rojo fuego, ojos desafiantes, cadenas en los tobillos tintineando. Olía a tierra y sudor salvaje, como un bosque húmedo.

La puse de rodillas en el calabozo. Encadené sus tobillos y cabeza en el cepo. Preparé el jengibre… esa pasta ardiente. Prosia untó aceite de oliva en su culo prieto, redondo. Germa gruñó, se retorció. Empujé el olisbos de madera, grueso, empapado en jengibre. Entró lento, profundo. Sus gemidos… ay, como un animal herido, ahogados, guturales. El olor picante del jengibre se mezcló con su sudor. La dejé así, temblando, mientras yo iba con Caius.

En su cámara, la numidia Fatilla y la tracia Anjia esperaban. Desnudas, pieles brillantes de aceite. Fatilla, mi favorita, con tetas pequeñas pero pezones duros como piedras negras. Anjia, caderas anchas, coño peludo. Caius se recostó. Yo las dirigí.

Anjia chupó su polla primero. Labios calientes envolviéndola, saliva chorreando, glug-glug con cada bajada. Yo puse a Fatilla sobre su cara. Ese olor… ¡Dios, chicas! Cuatro días sin tocarla, masturbándose cada noche. Coño negro, labios hinchados, rosados dentro, jugo espeso y dulce como miel salvaje. Caius lamió, lengua hundiéndose, chasquidos húmedos. Fatilla jadeó: ‘¡Ahh, domine!’. Yo embestí su culo con mi polla de cuero, plof-plof contra nalgas carnosas, oliendo a almizcle y aceite.

Luego, el ballet. Nos pusimos en triángulo: Fatilla lamiéndome el clítoris, lengua plana y rápida, succionando mi humedad salada. Anjia en el culo de Fatilla, lamiendo su hoyo apretado. Mis dedos en el coño de Anjia… ¡y de pronto! Squirt blanco, cremoso, chorreado en mis manos. Lo unté en su ano, metí la mano entera, puño lento, estirándola. Ella gritó: ‘¡Más, Gallia, más!’.

Caius la folló entonces. Polla gruesa entrando en su coño chorreante, mientras yo lamía sus bolas. Él eyaculó dentro, gruñendo como león.

Volví al calabozo. Germa aún gemía, culo rojo, hinchado, mancha escarlata. Le quité el olisbos. Mañana, pimientos en su coño. La dejé sufrir.

De vuelta, las dos lenguas en Caius: bolas lamidas, polla dura de nuevo, lengua en su ano. Yo mirándolo, deseándolo por primera vez como hombre. Luego, solos. Fatilla y Anjia se fueron.

La noche que me abrí a Caius por completo

Al día siguiente, con el sol saliendo, liberé a Germa. Piernas rígidas, dolorida. La cravaché: zas-zas en su coño aún sensible. La encadené en las letrinas. Ocho esclavas cagando y meando en su boca. Lengua forzada a limpiar culos sudorosos, pis caliente salado en su cara. Olor a mierda y orina, gemidos ahogados.

Por la tarde, pimientos. Pasta roja en su boca primero: cara ardiendo, tos, lágrimas. Luego en su coño, masajeando, frotando clítoris hinchado. Gritaba: ‘¡Mmmph!’. Tres horas. Finalmente: ‘¡Ama!’. Bróker. La curé con bálsamo fresco, hojas de lirio oliendo a hierbas dulces.

Noche con Doria, la ibera. Carne gruesa, vello espeso. La inspeccioné: dedo en coño húmedo, luego en ano. Godemiché ancho en su culo todo el día. Caius quería verla azotada.

En su cama, yo con fouet y piel de jabalí áspera. Doria a cuatro patas, godemiché saliendo de su ano dilatado. Caius lo movió: en-fuera, lubricado, chap-chap. Nuestras manos se unieron… y pasó.

—Ven, Caius… despacio. Soy casi virgen.

Frotó su polla en mi raja, clítoris palpitando. Entró: lleno, caliente, estirándome. ‘¡Joder, qué grueso!’. Lo apreté, besos salvajes, lengua saboreando su boca a vino y Fatilla.

Luego, de perrito. Lamí su ano: sabor almizclado, lengua dentro. Polla en mi culo fácil, resbaladizo de años con esclavas. Mano en piel de jabalí en mi coño: áspero, frotando clítoris. ‘¡Más fuerte! ¡Ven!’. Eyaculamos juntos, gritos ecoando.

—Te amo, Caius. Siempre te he amado.

Ahora soy suya. Mañana, esposa. Pero con mis chicas también. ¡La vida es placer!

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