¡Ay, chicas, no os lo vais a creer! Tengo 28 años, vivo para estas sensaciones fuertes, el sexo es mi vicio… y ayer, uf, probé algo que me dejó temblando. Me llamo Britaly, soy testeadora en el complejo. Me llamaron al centro 342. ‘Adelante’, me dijo el profesor Furion. Su voz grave, el aire fresco del lab con olor a metal y desinfectante. Me quitaron la ropa. Desnuda total, piel erizada por el aire acondicionado. Mis pezones duros ya, mis 95 de pecho expuestos, mi coño depilado reluciente bajo las luces. ‘Entra en la cabina’, ordenó. Rayos me escanearon, sentí cosquillas por todo el cuerpo.
Me tumbé en el sillón alargado, suave como terciopelo sintético. Puertas cerradas, clac. Electrodos en las sienes, fríos. ‘Vamos a simular un fantasma sexual’, explicó la asistente. No pillé ni papa, pero dije ‘Sí’. Ella dudó: ‘¿Cuál?’. ‘Cunnilingus, al azar’. Pulsó. Boom. De repente, pradera verde, sol tibio en la piel, olor a hierba fresca, pájaros piando suave. Intenté levantarme, pero no pude. Nota mental: punto negativo. Entonces, él apareció. Istéon. Cuerpo liso, sin tetas ni polla visible, pero hombros anchos. Voz neutra, sedosa: ‘Soy Istéon, aquí por tu placer. Elige cunnilingus. Abre las piernas’.
La convocatoria al centro de pruebas
Obedecí. Mis muslos temblando, coño ya húmedo por anticipación. Se arrodilló. Su aliento caliente rozó mis labios mayores. ‘¿Lista?’, murmuró. ‘Sí…’, susurré. Su lengua… ay, Dios. Caliente, húmeda, plana, lamió despacio desde el ano hasta el clítoris. Slurp, slurp, sonido húmedo, obsceno. Olor a mi excitación, almizclado, dulce. Picotazos eléctricos subiendo por mi vientre. ‘Mmm, qué rico’, gemí. Él aceleró, lengua en círculos alrededor del clítoris, hinchado, pulsando. Lo chupó, labios suaves succionando. ‘¡Ah! ¡Sí, así!’, grité. Mis caderas ondulaban solas, empujando contra su boca.
El éxtasis del cunnilingus virtual y más allá
Sentía su saliva mezclada con mis jugos, goteando por mi culo. Dentro de mí, calor creciendo, útero contrayéndose. Manos a mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras. ‘¡Más fuerte!’, supliqué. Él metió la lengua en mi vagina, follando adentro-afuera, chap-chap. Clítoris latiendo, a punto de explotar. Olores intensos: sudor mío, su aliento neutro. Sonidos: mis gemidos roncos, ‘¡Joder, qué bueno! ¡No pares!’, su lamida voraz. Vague de placer, ¡zas! Orgasmo brutal. Cuerpo arqueado, grito salvaje, chorros calientes saliendo de mí. Temblando, sudada, extasiada.
Istéon levantó la cabeza, labios brillantes con mi crema. ‘¿Has gozado?’. ‘¿Goza…? ¡Sí, hostia! ¿Qué fue eso?’, jadeé. ‘Orgasmo. ¿Otro fantasma?’. ‘¡Sí! ¡Todos!’, exigí. La máquina siguió. Ahora, él encima, polla virtual dura emergiendo, venosa, goteando precum salado. Me penetró despacio, estirándome, lleno. ‘¡Ay, qué gruesa!’, gemí. Bombeó fuerte, piel contra piel slap-slap, olor a sexo puro. Posiciones: misionero, perrito, yo cabalgando, tetas botando. Otro orgasmo, él ‘corrida’ dentro, caliente, falso pero real. Salí de la cabina horas después, piernas flojas, coño palpitando aún. Chicas, quiero más. ¿Y si la liberan al público? Mi vida cambió. Placer infinito, sin riesgos. ¿Quién se apunta?