Ay, chica, no sabes lo que me pasó la semana pasada. Estaba en ese tren de París a Brive, con el calor pegajoso del verano francés colándose por las ventanas. Yo, con mi falda negra ajustada, las piernas cruzadas, sintiendo el roce suave del cuero de mis zapatos contra la piel. Olía a café rancio y a sudor viejo en el compartimento. Frente a mí, un tipo guapo, traje impecable, BlackBerry en mano, trabajando como si el mundo dependiera de él.
Al principio, no le presté atención. Leía mi Cosmopolitan, garabateando notas, pero de reojo… uf, esas manos fuertes tecleando. Entonces, me pasa el periódico con su número y un ‘HELLO’ en un globo. Sonreí por dentro. ¿En serio? Levanté la vista, lo miré fijo, esos ojos intensos. ‘Gracias’, le dije bajito, voz ronca, mientras guardaba el papel.
El flirt irresistible en el compartimento
Saqué mi iPhone, corazón latiendo fuerte, bum-bum contra el pecho. Le mandé: ‘¿Hola? ¿Pensabas que caería rendida con eso?’. Su cara… priceless, sorpresa y luego esa sonrisa lobuna. ‘¿Quién sabe?’, respondió rápido. Y así empezó, mensajes volando: ‘Sonreíste’. ‘Mentira’. Le envié foto de sus labios pillados, él me devolvió una mía, ¡con la polla marcada en el pantalón! ‘Bonito traje’, le pinché. ‘Eres conocedora… pero verás lo que aguanto’.
El tren traqueteaba, vibraciones subiendo por mis muslos. Me solté el moño, pelo negro cayendo en cascada, olor a mi perfume, vainilla y jazmín. Sus ojos se clavaron, vi cómo tragaba saliva. ‘¿Aún sereno?’, le escribí. ‘Lección número 8’, contestó. Aubade, la foto de esa guêpière de encaje violeta, mi favorita, ceñida a mi cintura, haciendo que mi culo parezca eterno.
Bajé en Brive, pero él se fue primero, mirada prometedora. Semanas después, le mandé la guêpière al despacho, con nota: ‘La lección 8. Cumplo’. Sabía que vendría. Y vino, esa noche en Toulouse, hotel de lujo. Llamó a la puerta, traje arrugado, ojos hambrientos. ‘Eres tú’, murmuró, voz grave, mientras entraba y me empujaba contra la pared.
Sus labios en mi cuello, mordiendo suave, olor a su colonia amaderada mezclada con sudor fresco. ‘Me volviste loco’, gruñó, manos subiendo mi falda, dedos gruesos rozando mis bragas húmedas. ‘Shh, ahora te enseño’, le susurré, tirando de su corbata. Lo besé fuerte, lengua invadiendo su boca, sabor a menta y deseo. Caímos en la cama, sábanas frescas contra mi piel caliente.
La lección número 8: pasión desenfrenada
Le arranqué la camisa, pezones duros bajo mis uñas. Bajé, zipper lento, su polla saltando libre, gruesa, venosa, goteando precum salado. La lamí desde la base, lengua plana, hasta la cabeza hinchada. ‘Joder, qué boca’, jadeó él, manos en mi pelo. Chupé fuerte, succionando, bolas pesadas en mi palma, olor almizclado subiendo. Tosió un gemido gutural, caderas empujando.
Me puse a cuatro patas, culo alto, guêpière nueva puesta para él, encaje mordiendo mi piel. ‘Fóllame ya’, le rogué, voz temblorosa. Entró de un golpe, polla abriéndome, estirándome, jugos chorreando por mis muslos. Plaf, plaf, piel contra piel, sudor goteando, cama crujiendo. ‘Más fuerte’, grité, uñas clavadas en sábanas. Me giró, misionero, piernas sobre hombros, penetrando profundo, rozando mi punto G, olas de placer subiendo.
Sus bolas golpeando mi culo, olor a sexo crudo, almizcle y fluidos. ‘Me corro’, avisó, voz rota. ‘Dentro, lléname’, supliqué. Se tensó, polla palpitando, chorros calientes inundándome, mi orgasmo explotando, coño contrayéndose, gritos ahogados. Colapsamos, jadeos pesados, piel pegajosa, beso lento con sabor a nosotros.
Al día siguiente, desayuno en la cama, su mano aún en mi muslo. ‘Vuelve pronto’, le dije guiñando. Y sé que lo hará. Ay, qué vicio este juego de desconocidos.