Estaba sola en ese pequeño estanque al borde del bosque. El sol filtrándose entre las hojas me calentaba la piel. Me había quitado todo, la fina robe roja tirada a un lado. Agua fresca en mis pies, olor a tierra húmeda y hierba. Me tumbé bocarriba, piernas abiertas, sintiendo el aire en mi sexo depilado a medias. Un suspiro… y de repente, un estruendo. Un chico volando por encima de su bici, aterrizando con un golpe seco.
—Mierda, me he cortado… —murmuró él, tocándose la rodilla.
La caída que lo cambió todo
Yo me incorporé rápido, cubriéndome con la robe. Pero ya me había visto desnuda, sus ojos clavados en mí. Era guapo, cara de niño, cuerpo fuerte. Lo reconocí: Kevin, de la fiesta del pueblo. Aquel vistazo que le lancé y él se quedó tieso.
—¿Estás bien? He oído un bum fuerte. Ven, acércate al estanque a descansar. —Le tendí un pañuelo para la sangre.
Él balbuceaba, mirándome los pechos bajo la tela fina. Sus ojos bajaban, subían. Olía a sudor fresco de bici, a chico joven. Y entonces… su short se tensó. Su erección marcada, obvia bajo el calzoncillo flojo.
—Vaya, parece que ya te has recuperado… —reí suave, juguetona.
Se sonrojó, pero no huyó. Me acerqué, mi cara a centímetros de la suya. Nuestros alientos se mezclaron, cálidos, con sabor a menta del chicle que masticaba. Cerré los ojos y posé mis labios en los suyos. Suave al principio. Su lengua torpe, ansiosa, invadiendo mi boca. Gemí bajito, el sonido vibrando entre nosotros.
El beso duró… demasiado para él. Se apartó jadeando. Lo miré tierna, maliciosa. Tomé su cabeza, la bajé a mi escote. Inspiré hondo, mis tetas hinchándose contra su nariz. Olía mi piel, perfume mezclado con sudor ligero.
Pero vi en sus ojos un flash de duda. Algo pasado. Lo ignoré. Él levantó la vista, intenso, y me besó feroz. Lenguas enredadas, saliva chorreando. Sus manos en mi nuca, tirando suave.
Lo tumbé en la hierba suave. El sol calentaba nuestros cuerpos. Me quité la robe, breteles cayendo. Mis pechos firmes, pezones duros por el aire. Bajé la braguita despacio, mirándolo fijo. Su polla saltaba bajo el short.
Me senté a horcajadas sobre él. Froté mi coño húmedo contra su bulto. El roce… eléctrico. Él gemía: —Dios… Christelle…
—Shh, déjame a mí —susurré.
Deslicé su short y calzoncillo. Su polla dura, venosa, goteando precum. La olí: almizcle joven, salado. Besé la base, lengua subiendo al glande. La chupé lenta, succionando. Él temblaba, —¡Ahh! No pares…
Dos vaivenes y explotó. Chorros calientes en mi boca, salados, espesos. tragué un poco, el resto chorreó por mi barbilla. Se quedó laxo, avergonzado.
Placeres intensos y sorpresas húmedas
—Otra vez no… —pensé, limpiándome con hojas.
Pero él no huyó. Se levantó, me abrazó desnudo contra desnuda. Piel contra piel, su pecho duro, mi sudor pegajoso. Besos suaves ahora. Sus manos explorando, tímidas.
Me tumbó. Empezó por mis pies. Besos en los dedos, subiendo por pantorrillas, muslos. Su aliento caliente en mis ingles. Olía mi excitación, cyprine goteando.
—Qué bien hueles… —murmuró.
Posó labios en mi clítoris. Suave. Luego lengua. ¡Joder! Un escalofrío me recorrió. —¡Sí, ahí! —gemí ronca.
Lamió lento, círculos amplios. Luego puntas rápidas. Mi coño chorreaba, sonidos chapoteantes. Su lengua entraba, salía, saboreando mi jugo ácido-dulce. Pezones duros como piedras, tetas pesadas.
Diez minutos de magia. Lengua danzando, labios succionando mi clítoris hinchado. Introduje mis dedos en su pelo, empujando su cabeza. —Más fuerte… ¡Más!
Me corrí brutal. Cuerpo arqueado, temblores violentos. Gritos ahogados: —¡Me vengo! ¡Aaaah! Olas de placer, contracciones en el útero. Sudor frío, piernas temblando.
Después, él rígido de nuevo. Pero preguntó: —¿Es grande, no? Mi…
Reí, feliz. Lo abracé. Pero de golpe, ¡zas! Una bofetada. Sus ojos furiosos por inseguridad.
No lo pensé. Mi pie directo a sus huevos. Él se dobló, gimiendo de dolor.
Me vestí rápido, robe roja ondeando. Olor a sexo en el aire. Caminé sin mirar atrás. Aún tiemblo recordándolo. Ese chico… me dio el mejor orgasmo oral ever. Pero qué idiota.