Polvo Salvaje en Cala Secreta

Ay, amiga, si supieras lo que me pasó el otro verano en esa calita escondida… Estaba quemándome al sol, el arena ardiendo me clavaba en los pies, olía a sal y a marisco podrido de las rocas. Yo, con mi pareo flojo cubriéndome lo justo, el tanga empapado de sudor y excitación porque adoro sentirme expuesta así, salvaje. Miraba el horizonte, las olas rompiendo con ese chof chof rítmico, cuando noté que un tío me seguía. Alto, con ojos de artista perdido, cargando un cuaderno. Lo pillé mirándome el culo mientras bajaba por el sendero pedregoso.

Me giré, le sonreí con esa mirada que dice “ven si te atreves”. “¿Qué miras tanto, eh?”, le solté bajito, voz ronca por el calor. Se acercó, nervioso, oliendo a café y sudor fresco. “Perdona, es que… eres increíble”, balbuceó. Le mostré mi tatuaje en el hombro: “Ay de quien me roza, soy como soy”. Se le iluminaron los ojos, como un lobo hambriento. “Me arriesgo”, murmuró, y ya estaba. Lo llevé a una alcoba de rocas, sombra fresca contra el sol que nos achicharraba.

El pareo se deslizó solo, plof al suelo, mis tetas al aire, pezones duros como piedras por la brisa marina. Olía a mi coño mojado, ese aroma dulce y salado que me vuelve loca. Él jadeaba ya, “Dios, qué piel tan suave…”, y me tiró al suelo. La arena caliente me raspaba la espalda, delicioso dolor. Me subí encima, a horcajadas sobre su polla tiesa, dura como hierro. La froté contra mi raja empapada, “Mírame, cabrón, fóllame ya”. Se metió de un empujón, ay, ese estirón brutal, llenándome hasta el fondo. Gemí fuerte, “¡Sí, joder, así!”, mis caderas girando, chupando su verga con mi coño apretado.

Sus manos en mis tetas, pellizcando, mordiendo mis labios hasta saborear sangre salada. “Eres una diosa salvaje”, gruñía él, mientras yo le arañaba el pecho, dejando surcos rojos que olían a hierro y sudor. Cambiamos, él encima, embistiéndome como un animal, plaf plaf contra mi clítoris hinchado. Sudor goteando en mi boca, salado y caliente, mis uñas en su culo empujándolo más adentro. “¡Más fuerte, rómpeme!”, chillaba yo, olas de placer subiendo, mi coño contrayéndose, chorros de jugo salpicando su pubis. Él gemía, “Me vas a matar, puta…”, pero yo reía, “Eso es, muérete en mí”.

Orgasmos en cadena, su leche caliente explotando dentro, mezclándose con mis fluidos, goteando por mis muslos. Nos fusionamos, corazones latiendo juntos, respiraciones entrecortadas. Luego, ternura: lo besé suave, lamiendo su cuello salado, acurrucada en su pecho marcado. “Quédate así un rato”, susurré, oliendo su piel, saboreando el semen en mis dedos. La luna salía, mar negro lamiendo la arena fría.

Pero soy como soy, fugaz. Me escabullí cuando dormía, dejando el pareo como recuerdo, mis huellas hacia el agua. Al amanecer, lo imaginé despertando solo, oliendo a nosotros, con mi tatuaje grabado en su mente. Ahora, en Madrid, revivo ese polvo cada noche, tocándome pensando en su polla. Fue real, brutal, inolvidable. ¿Quieres detalles más sucios?

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