Follando en Tren con Desconocido Caliente
¡Ay, amiga, no te imaginas lo que me pasó el otro día en el tren! Estaba volviendo de Madrid, agotada del curro, con las piernas cruzadas y el móvil en la mano. El vagón iba a reventar, bodies pegados por todos lados. Yo llevaba una falda ligera, de esas que se suben solas con el calor, y una blusa que se me transparentaba un poco por el sudor. Olía a mezcla de perfumes baratos, café rancio y ese tufo a axilas que sube en verano.
De repente, siento una mano rozándome el muslo. Al principio pienso: “Hostia, un pervertido”. Pero no, era suave, como una caricia accidental. Miro y veo a un tío de unos 35, moreno, con ojos verdes que me clavan. Nuestras miradas chocan y… ¡pum! Sonrisa. “Perdona”, murmura bajito, con voz ronca que me eriza la piel. “No pasa nada”, le digo yo, mordiéndome el labio. Y en vez de apartarse, su mano se queda ahí, quieta, caliente contra mi piel.
El tren traquetea, bodies se mueven. Su dedo sube un milímetro, roza el borde de mis bragas. Huelo su colonia, madera y algo salado, como mar. Mi coño palpita ya, se moja solo. “¿Quieres que pare?”, susurra en mi oreja, aliento caliente. “No… sigue”, respondo yo, voz temblorosa. Dios, el corazón me late en el clítoris. Empieza a masajearme despacio, círculos suaves sobre la tela. Siento la humedad empapando todo, el olor a mi excitación subiendo.
“¿Qué lees?”, pregunta, señalando el móvil. “Historias… eróticas. De un sitio loco, Revebebe”. Él ríe bajito. “Yo escribo ahí. ¿Cuál te gusta?”. “Una de tren… como esta”. Su dedo se cuela dentro, toca mi clítoris hinchado. Gimo suave, ahogado por el ruido del tren. “Joder, estás chorreando”, dice, ojos brillantes. Meto la mano en su pantalón, polla dura como piedra, venosa, caliente. La aprieto, masturbo despacio. Pre-semen en mi palma, pegajoso, salado cuando me lo llevo a la boca disimuladamente.
Bajamos en la misma parada, un pueblo fantasma a medianoche. Corremos a su piso viejo, puerta cierra con clic. Nos arrancamos la ropa. Su boca en mis tetas, chupando pezones duros, mordisqueando. “¡Ay, sí, así!”, grito. Huele a sexo puro, sudor fresco. Me tumba en la cama chirriante, abre mis piernas. Lengua en mi coño, lamiendo lento, sorbiendo jugos. “Sabe a miel salada”, gruñe. Me corro rápido, squirteo en su cara, chorros calientes que le mojan la barba.
Me pone a cuatro, polla rozando mi entrada. “Despacio… lléname”, suplico. Entra de golpe, gruesa, estirándome. ¡Plaf, plaf! Golpes húmedos, bolas contra mi clítoris. Gime: “¡Tu coño aprieta tanto!”. Cambio, me monto encima, cabalgo salvaje. Sus manos en mi culo, dedos jugando mi ano, untados en mis jugos. “¡Métemelo ahí!”, pido. Lubrica con saliva, entra lento el dedo. Doble placer, me corro otra vez, contracciones ordeñándole la polla.
Se gira, me folla en misionero, miradas clavadas. “Córrete dentro”, le digo. Acelera, gruñe como animal, chorros calientes llenándome, semen goteando. Colapso sobre él, pieles pegajosas, olores mezclados: semen, coño, sudor.
Al amanecer, café y risas. “Escribe nuestra historia”, le digo. “Ya lo hice en mi cabeza”. Me voy con las piernas temblando, coño dolorido pero feliz. Amiga, fue puro sueño hecho carne. ¿Repetir? Cuando el tren pite.



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