Follada Anal en Playa y Preñada por Científico Loco
¡Ay, chica, no te imaginas lo que me pasó ayer en esa playita de ensueño! Estaba yo tumbada boca abajo sobre la arena calentita, todavía mojada del baño en el mar, el sol pegándome en la espalda como un beso ardiente. Horacio, mi marido, se me tiró encima de repente, riendo como loco. Sus manos ásperas me abrieron las nalgas… y ¡zas!, su polla dura, gruesa, resbaladiza de mi propia saliva y el agua salada, se coló directo en mi culo. “¡Joder, Mel, qué apretadito estás!”, gruñó él, empujando lento al principio, ese roce quemante que me hace jadear. Yo gemí fuerte, “¡Sí, amor, métemela toda, rómpeme!”, la arena se me clavaba en las tetas, el olor a sal y sudor nuestro mezclándose con el del océano. Cada embestida era un ¡plaf! húmedo, sus huevos golpeándome el coño, que chorreaba jugos por los muslos. Olía a sexo salvaje, a mar, a piel tostada. Me corrí primero, temblando, apretándolo tanto que él maldijo, “¡Hostia, vas a vaciarme ya!”. Siguió follando, más rápido, sudando sobre mí, su aliento caliente en mi cuello. Se corrió dos veces, llenándome el culo de leche caliente, esa sensación pegajosa goteando fuera mientras yo reía, exhausta, “¡Eres un animal, doudou!”.
Nos levantamos, enlazados, yo desnuda y reluciente, él con la polla semi tiesa colgando. “Si quieres un hijo, cambia de agujero, guapo”, le dije juguetona, frotándome contra su pecho peludo, oliendo su semen mezclado con arena. Él sonrió cínico, “La probabilidad es de niño, casi seguro… pero joder, qué argumentos tienes”. Me besó, lengua profunda, sabor salado y a mí. Caminamos a la cabaña, el sol abrasando, mi coño palpitando aún del anal. Dentro, ducha a chorros calientes, jabón espumoso resbalando por mis curvas. “Vamos a hacer un bebé con todo el confort”, murmuró, metiéndome dos dedos en el coño mientras el agua nos azotaba. Gemí, “¡Sí, fóllame vaginal ahora, lléname de por vida!”. Me empotró contra la pared, piernas enroscadas en su cintura, su polla entrando suave, profunda, rozando mi punto G. ¡Splash! de agua, mis tetas rebotando contra él, “¡Más fuerte, Horacio, dame tu semilla!”. Él jadeaba, “Te quiero preñada, Mel, mi puta perfecta”. Se corrió rugiendo, chorros calientes inundándome, yo squirteando alrededor de su polla, piernas flojas.
Después, en la cama king size, aún húmedos, hablamos. “Recuerdas cuando te apunté con la pistola?”, susurré, acariciando su polla floja. Él rio, “Sí, creíste que era débil… pero mira, aquí estamos, compartiendo secretos”. Le conté de Henri, ese cabrón chantajista, cómo lo liquidé follando y ¡pum!, doblemente feliz. “Lo descuarticé, amor, como buena cocinera”, confesé, excitada de nuevo. Él me miró, ojos oscuros, “Eres mi cómplice ahora, en mi plan… el virus, la esterilidad futura, todo”. Yo dudé, “Pero ¿y si revelo?”. “Sería caos, suicidios… quédate conmigo”. Asentí, montándolo otra vez, cabalgando lento, tetas balanceándose, olor a sexo fresco. “Hagamos un hijo antes del fin del mundo”, gemí, corriéndome apretada. Él eyaculó profundo, “Sí, mi reina”.
Todo arreglado con una pildorita suya, imperceptible, que me hace amarlo más. Ahora, en este paraíso del Partido Único, follamos sin parar, planeando herederos en un futuro jodido. Pero ¡uf!, qué placeres antes del apocalipsis…
(628 palabras)



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