Cumple salvaje con esposas y corrida facial

Ay, chicas, no os imagináis lo que me pasó anoche en mi cumpleaños. Tenía 28 tacos, y lo organicé todo para Kevin, ese tío de 38 que me tiene loca desde hace meses. Me folla como un dios, sabe exactamente cómo hacerme explotar. Preparé la mesa con mantel blanco, velas titilando, cena fría y champán helado en la nevera. Me metí en la bañera con espuma hasta el cuello, el agua caliente rozándome la piel, oliendo a lavanda. Flotaba, excitada ya solo de pensarlo.

Me sequé despacio, piel suave y húmeda. Me depilé el coño con cuidado, lisito como a él le gusta, rozando la cuchilla y sintiendo el cosquilleo. Me eché perfume en el cuello, en las tetas, entre las piernas… Maquillaje ligero para que mis ojos brillaran. Pelo suelto cayendo por los hombros. Y la ropa… uf, esa robe nueva negra, de tirantes finos, hombros y espalda al aire. Pedí una talla menos, se pega al cuerpo como un guante. Nada debajo, directo sobre la piel desnuda. Mis pezones ya duros marcando, y entre las piernas… ya estaba mojada, el calor subiendo, olor a deseo propio.

Sonó el timbre. Corrí. Ahí estaba él, ramo en una mano, paquete en la otra. “¡Feliz cumpleaños, preciosa!”, dijo con esa voz grave que me pone. Vaso para las flores, rápido. Me miró de arriba abajo: “Joder, esa falda… ¿Te atreverías a salir así?”. Reí, ruborizada. El escote roza los pezones, el culo apretado bajo la tela fina. Me sentía puta, pero cachonda perdida.

Cenamos, pero yo no cataba nada. Una copa de champán burbujeante y ya volaba. Sus ojos clavados en mí, yo ajustando tirantes que se caían. “Ábrelo ya”, le rogué. “Paciencia, guarra”, contestó él sonriendo. Rasgué el papel… Menottes. De verdad, como de poli, metal frío y pesado. Me quedé tiesa, cara ardiendo. “¿Me vas a meter en la cárcel?”. “En la mía de amor, sí. Prueba”. Me cogió las manos atrás, clic, cerradas. Cambré la espalda, tetas empujando la tela. Me besó la boca, lengua profunda, saboreando vino y saliva. Gimeé bajito: “Mmm…”.

Sus labios bajaron al cuello, hombros, espalda desnuda. Piel erizada, piernas temblando. Quería abrazarlo, pero las esposas mordían las muñecas, dolorcillo que me ponía más. Jadeaba fuerte. Manos suyas sobre la tela, sintiendo mi desnudez. Pellizcó pezones duros: “Estás sin nada, ¿eh?”. “Sí… fóllame ya”. Una tirante cayó, teta fuera, libre. La chupó, mordisqueó el pezón sensible. Arqueé, orgasmo subiendo como lava. “¡No… espera!”. Demasiado tarde, exploté gimiendo alto, coño palpitando, jugos chorreando por muslos.

“¡Tómame ahora, por favor!”. Se reía suave, juguetón. Bajó la falda por encima del vientre, yo abrí piernas sin pudor, coño hinchado, mojado reluciente bajo luces tenues. Olor a sexo fuerte, almizclado. Lamía despacio, lengua plana en los labios, rozando clítoris tieso. “¡Joder, qué rica!”. Otro orgasmo me pilló desprevenida, grité: “¡Aaaah!”, cuerpo convulsionando, esposas tintineando.

“Tu polla… dame tu polla”. A rodillas, él quitó pantalón. Verga tiesa, venosa, cabeza roja brillante, olor masculino intenso. La acercó a mi boca. Abrí: “Sí, métemela”. Chupé voraz, lengua girando en el glande salado, venas pulsando. Él gemía ronco: “Así, cabrona…”. Sentí otro clímax retorciéndome el vientre. Se sacó, chorro caliente en la cara, boca abierta tragando lo que podía, salado y espeso. Más en cuello, tetas goteando.

“Bon aniversari, Ana…”. Más tarde me soltó, piel marcada roja. Me llevó desnuda a la cama, beso casto en frente y se fue sigiloso. Me quedé temblando, feliz, oliendo a él por todas partes.

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